


Los encargados de abrir fuego fueron Última Tormenta, la jovencísima banda de ska-punk nacida en 2024. Su directo, fresco y desenfadado, puso a bailar a toda la sala desde el primer minuto. Uno de los momentos más celebrados llegó con la interpretación de su reciente single “¿Quién Quieres Ser?”, que transformó la pista en un auténtico torbellino de ritmos festivos, pogos y saltos desenfrenados.
El relevo cayó en manos de Paüra. Tras una intro que fusionó a la perfección la energía de SD con el espíritu irreverente de NOFX, el cuarteto barcelonés irrumpió en el escenario desplegando toda la crudeza y honestidad que los define. Con Héctor al frente de las voces, Adri a la guitarra, Jona al bajo y Guillem imprimiendo un ritmo frenético desde la batería, demostraron por qué se han ganado una reputación impecable en directo.
El repertorio avanzó con rabia y contundencia a través de himnos como “Escups Verí”, “No Sempre hi Serem” y la celebrada “Temps o Vida”, extraída de su EP El costat fosc. También hubo espacio para la crítica social más explícita con temas como “Soterren Barcelona”, “Cançó 7”, “Homenitat” y la incendiaria “Feixista Cabró”. El cierre llegó por todo lo alto, enlazando “Somnis i Trencats”, “Punt i Final” y la demoledora “Tot Va Malament”, dejando el listón altísimo gracias a su explosiva combinación de punk rock melódico y letras en catalán.
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La emblemática sala Upload Barcelona se convirtió en una caldera de sudor, cerveza y folk punk desatado cuando The Rumjacks irrumpieron como una estampida irlandesa dispuesta a incendiar la noche. No hubo tregua ni respiración posible: “Come Hell or High Water” abrió la veda como un puñetazo de guitarras rugiendo al borde del colapso, un disparo directo al pecho que marcó desde el primer segundo el tono salvaje y combativo del concierto. Sin dejar caer la tensión, “Kirkintilloch” apareció envuelta en melancolía obrera, aroma de taberna y raíces escocesas e irlandesas, antes de volver a lanzarse al caos eléctrico.
Sobre el escenario todo parecía a punto de descarrilar, pero el quinteto funcionaba como una máquina de guerra perfectamente oxidada: miradas cómplices, gritos entre canciones, sonrisas canallas y una química brutal que convertía cada tema en una celebración colectiva. Johnny McKelvey comandó la demolición desde el bajo con actitud de viejo pirata callejero, disparando coros enormes mientras recorría el escenario azuzando pogos y levantando puños. A su lado, Dougie Busch golpeó la batería con precisión de locomotora desbocada, sosteniendo un muro de sonido veloz, sucio y demoledor. Karl Smith escupió riffs afilados y distorsionados como botellas rotas contra el asfalto, mientras Matt Rad convirtió acordeón y mandolina en auténticas armas de agitación masiva, saltando sin parar y llevando el ADN celta de la banda al límite de la euforia.
Al frente de semejante vendaval apareció Mike Rivkees, ya completamente consolidado como líder absoluto de la banda. Con una mezcla perfecta de actitud punk y sensibilidad folk, alternó voces rasgadas y melodías tabernarias mientras hacía bailar la flauta y la mandolina entre pogos y vasos volando. Rivkees no dejó un solo rincón de la sala intacto: chocó manos, gritó estribillos cara a cara con la primera fila y convirtió cada canción en un ritual de hermandad callejera.
La pista respondió transformándose en una auténtica batalla festiva. Durante “A Fistful O’ Roses”, la sala explotó entre circle pits, crowd surfing y avalanchas humanas empujadas por su contagioso ritmo ska-punk. “Cold Like This” se transformó en un homenaje colectivo cuando el público rugió las partes de Ken Casey con gargantas rotas y puños en alto, mientras la banda sonreía viendo cómo la multitud hacía suya la canción. Con “Bullhead”, puro punk celta acelerado y sin anestesia, Upload alcanzó temperaturas criminales: cuerpos chocando, cerveza por el aire y una sensación constante de glorioso descontrol.
Entonces llegó “Sainted Millions”, y el caos se convirtió en comunión. Todo el mundo coreando el estribillo como si fuese el último himno antes del naufragio, la banda alineada al frente del escenario y cientos de voces rugiendo al unísono en uno de esos momentos que justifican años enteros de conciertos. La intensidad continuó con “Father’s Fight”, antes de desembocar en el estallido inevitable de “An Irish Pub Song”, convertida ya en una auténtica bomba de celebración etílica y sarcasmo punk. La sala entera saltó poseída entre cerveza derramada y carcajadas colectivas, enlazando sin descanso con la oscuridad frenética de “Lizzie Borden” y el groove infeccioso de “Rhythm of Her Name”.
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Uno de los momentos más bestias de la noche llegó con la medley que unió “Uncle Tommy”, “Jolly Executioner”, la versión del clásico de Billy Bragg “To Have and to Have Not” y “Patron Saint O’ Thieves”. Una auténtica descarga de punk obrero, espíritu tabernario y rebelión callejera donde la banda sonó afilada, compacta y peligrosamente viva. Smith y McKelvey se cruzaban constantemente sobre el escenario como dos hooligans poseídos, empujando todavía más a una audiencia completamente fuera de control.
En el tramo final, The Rumjacks demostraron que también saben golpear desde la emoción. “Across the Water” permitió recuperar el aliento entre coros marineros y vasos levantados, antes de volver al ataque con los riffs monumentales de “Bounding Main”. La rabia política regresó con “The Pot & Kettle”, puro combustible para cantar con el puño en alto, preparando el terreno para la recta final incendiaria formada por “Hestia” y “Light in My Shadow”, dos explosiones de distorsión, folk acelerado y actitud punk sin filtros.
Tras un respiro mínimo, la banda volvió para rematar la faena con unos bises devastadores. “Whitecaps” reventó de nuevo la sala con una violencia controlada y gloriosa, mientras “Goodnight & Make Mends” aportó un último instante de honestidad y camaradería antes del cierre definitivo. Y entonces llegó el desmadre total: “I’ll Tell Me Ma” convirtió Upload en una taberna gigantesca donde ya no existía separación entre banda y público. Mike Rivkees terminó prácticamente mezclado con la primera fila mientras Matt Rad, Johnny McKelvey, Karl Smith y Dougie Busch vaciaban las últimas gotas de energía sobre el escenario.
Lo de aquella noche no fue solo un concierto. Fue una revuelta folk punk, una misa pagana de cerveza y distorsión, una celebración salvaje donde The Rumjacks dejaron claro que siguen siendo una de las bandas más incendiarias, sólidas y peligrosamente adictivas del punk celta internacional.



Los encargados de abrir fuego fueron Última Tormenta, la jovencísima banda de ska-punk nacida en 2024. Su directo, fresco y desenfadado, puso a bailar a toda la sala desde el primer minuto. Uno de los momentos más celebrados llegó con la interpretación de su reciente single “¿Quién Quieres Ser?”, que transformó la pista en un auténtico torbellino de ritmos festivos, pogos y saltos desenfrenados.
El relevo cayó en manos de Paüra. Tras una intro que fusionó a la perfección la energía de SD con el espíritu irreverente de NOFX, el cuarteto barcelonés irrumpió en el escenario desplegando toda la crudeza y honestidad que los define. Con Héctor al frente de las voces, Adri a la guitarra, Jona al bajo y Guillem imprimiendo un ritmo frenético desde la batería, demostraron por qué se han ganado una reputación impecable en directo.
El repertorio avanzó con rabia y contundencia a través de himnos como “Escups Verí”, “No Sempre hi Serem” y la celebrada “Temps o Vida”, extraída de su EP El costat fosc. También hubo espacio para la crítica social más explícita con temas como “Soterren Barcelona”, “Cançó 7”, “Homenitat” y la incendiaria “Feixista Cabró”. El cierre llegó por todo lo alto, enlazando “Somnis i Trencats”, “Punt i Final” y la demoledora “Tot Va Malament”, dejando el listón altísimo gracias a su explosiva combinación de punk rock melódico y letras en catalán.
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Sobre el escenario todo parecía a punto de descarrilar, pero el quinteto funcionaba como una máquina de guerra perfectamente oxidada: miradas cómplices, gritos entre canciones, sonrisas canallas y una química brutal que convertía cada tema en una celebración colectiva. Johnny McKelvey comandó la demolición desde el bajo con actitud de viejo pirata callejero, disparando coros enormes mientras recorría el escenario azuzando pogos y levantando puños. A su lado, Dougie Busch golpeó la batería con precisión de locomotora desbocada, sosteniendo un muro de sonido veloz, sucio y demoledor. Karl Smith escupió riffs afilados y distorsionados como botellas rotas contra el asfalto, mientras Matt Rad convirtió acordeón y mandolina en auténticas armas de agitación masiva, saltando sin parar y llevando el ADN celta de la banda al límite de la euforia.
Al frente de semejante vendaval apareció Mike Rivkees, ya completamente consolidado como líder absoluto de la banda. Con una mezcla perfecta de actitud punk y sensibilidad folk, alternó voces rasgadas y melodías tabernarias mientras hacía bailar la flauta y la mandolina entre pogos y vasos volando. Rivkees no dejó un solo rincón de la sala intacto: chocó manos, gritó estribillos cara a cara con la primera fila y convirtió cada canción en un ritual de hermandad callejera.
La pista respondió transformándose en una auténtica batalla festiva. Durante “A Fistful O’ Roses”, la sala explotó entre circle pits, crowd surfing y avalanchas humanas empujadas por su contagioso ritmo ska-punk. “Cold Like This” se transformó en un homenaje colectivo cuando el público rugió las partes de Ken Casey con gargantas rotas y puños en alto, mientras la banda sonreía viendo cómo la multitud hacía suya la canción. Con “Bullhead”, puro punk celta acelerado y sin anestesia, Upload alcanzó temperaturas criminales: cuerpos chocando, cerveza por el aire y una sensación constante de glorioso descontrol.
Entonces llegó “Sainted Millions”, y el caos se convirtió en comunión. Todo el mundo coreando el estribillo como si fuese el último himno antes del naufragio, la banda alineada al frente del escenario y cientos de voces rugiendo al unísono en uno de esos momentos que justifican años enteros de conciertos. La intensidad continuó con “Father’s Fight”, antes de desembocar en el estallido inevitable de “An Irish Pub Song”, convertida ya en una auténtica bomba de celebración etílica y sarcasmo punk. La sala entera saltó poseída entre cerveza derramada y carcajadas colectivas, enlazando sin descanso con la oscuridad frenética de “Lizzie Borden” y el groove infeccioso de “Rhythm of Her Name”.
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Uno de los momentos más bestias de la noche llegó con la medley que unió “Uncle Tommy”, “Jolly Executioner”, la versión del clásico de Billy Bragg “To Have and to Have Not” y “Patron Saint O’ Thieves”. Una auténtica descarga de punk obrero, espíritu tabernario y rebelión callejera donde la banda sonó afilada, compacta y peligrosamente viva. Smith y McKelvey se cruzaban constantemente sobre el escenario como dos hooligans poseídos, empujando todavía más a una audiencia completamente fuera de control.
En el tramo final, The Rumjacks demostraron que también saben golpear desde la emoción. “Across the Water” permitió recuperar el aliento entre coros marineros y vasos levantados, antes de volver al ataque con los riffs monumentales de “Bounding Main”. La rabia política regresó con “The Pot & Kettle”, puro combustible para cantar con el puño en alto, preparando el terreno para la recta final incendiaria formada por “Hestia” y “Light in My Shadow”, dos explosiones de distorsión, folk acelerado y actitud punk sin filtros.
Tras un respiro mínimo, la banda volvió para rematar la faena con unos bises devastadores. “Whitecaps” reventó de nuevo la sala con una violencia controlada y gloriosa, mientras “Goodnight & Make Mends” aportó un último instante de honestidad y camaradería antes del cierre definitivo. Y entonces llegó el desmadre total: “I’ll Tell Me Ma” convirtió Upload en una taberna gigantesca donde ya no existía separación entre banda y público. Mike Rivkees terminó prácticamente mezclado con la primera fila mientras Matt Rad, Johnny McKelvey, Karl Smith y Dougie Busch vaciaban las últimas gotas de energía sobre el escenario.
Lo de aquella noche no fue solo un concierto. Fue una revuelta folk punk, una misa pagana de cerveza y distorsión, una celebración salvaje donde The Rumjacks dejaron claro que siguen siendo una de las bandas más incendiarias, sólidas y peligrosamente adictivas del punk celta internacional.
















