


Arima, el proyecto musical de la artista vizcaína Paule Bilbao, nació en 2018 como un espacio de exploración íntima entre la melancolía y el ruido. Desde entonces, su trayectoria ha sido una constante mutación sonora: de los paisajes etéreos del shoegaze y el post-rock atmosférico hacia una propuesta cada vez más cruda, eléctrica y visceral, donde conviven el noise, el ambient y la intensidad emocional del rock alternativo.
La velada unió la propuesta de Paule Bilbao, caracterizada por su evolución hacia un sonido más visceral y ruidista, con las texturas experimentales y ambientales de la productora catalana Nara is Neus. en completa oscuridad y humo ante lo cual era imposible hacer fotografías.
La actuación de Arima en sábado santo se abre con Hegazina (intro). En la más absoluta oscuridad, comienzan a emerger las siluetas de los cuatro músicos, uno a uno, como figuras espectrales surgidas de un paisaje industrial que evoca el puerto de Bilbao. Desde ese primer instante, el ambiente queda suspendido en una tensión casi cinematográfica.
El directo de Arima se sostiene sobre una imponente “pared de sonido”, pero es en los matices donde realmente se revela su riqueza. La llamada “silueta sonora” de Paule Bilbao se construye en tiempo real a través de sus continuos cambios de guitarra —alternando entre Fender y Gibson—, generando variaciones tímbricas que van desde la transparencia cristalina hasta una densidad rugosa y casi cortante. Este diálogo entre instrumentos no es accesorio: define el pulso emocional de cada tema.
A su alrededor, la banda opera como un organismo compacto. Josu Palacios refuerza y expande las capas de guitarra, aportando cuerpo y profundidad; Josu González sostiene el armazón con un bajo firme, a menudo protagonista en los momentos de mayor tensión; y Gontzal Bilbao articula el conjunto con una batería precisa pero expresiva, capaz de transitar de la contención al estallido con naturalidad.
Las canciones evolucionan desde arpegios limpios y atmósferas envolventes hacia explosiones de distorsión y fuzz, con un uso expresivo del trémolo que intensifica la sensación de oleaje emocional. En este contexto, la voz de Paule no se impone, sino que se diluye y se integra como una capa más, envuelta en reverberación, reforzando la dimensión onírica del conjunto.
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Kale grisak marca uno de los primeros picos de intensidad: aquí, el peso del bajo y la batería resulta decisivo, empujando el tema hacia territorios más cercanos al post-punk. En Kea eta larruak, las guitarras —especialmente en sus registros más saturados— construyen una masa sonora densa y envolvente, una auténtica humareda que envuelve al público.
Los temas de su etapa más reciente —Orbainak, Ispilua, Isurkari— profundizan en una oscuridad más introspectiva. En directo, se expanden mediante largos pasajes instrumentales donde la banda demuestra su capacidad para sostener la tensión sin perder cohesión, generando una experiencia casi hipnótica.
El contraste llega con Non zaude y Jantzia, donde aflora su vertiente más melódica. Aquí, los cambios de guitarra de Paule se vuelven especialmente significativos, marcando la transición hacia un sonido más abierto y emocional, mientras la base rítmica se relaja para dejar respirar las canciones.
Uno de los momentos más inesperados de la noche ocurre durante Zarata: el batería pierde el ride en pleno desarrollo del tema, generando una breve situación de tensión que, sin embargo, no rompe la dinámica del concierto. La rápida intervención de quien escribe permite estabilizar el pedestal y mantener intacta la intensidad, evidenciando la solidez del conjunto incluso en la contingencia.
El cierre llega con Aztarnak (outro). Paule, arrodillada junto al guitarrista, manipula los efectos en un final donde el sonido se descompone en capas y resonancias. Es un momento en el que la “silueta sonora” alcanza su máxima expresión: las guitarras dejan de ser instrumentos reconocibles para convertirse en pura textura. El eco se prolonga, suspendido, mucho después del último gesto.
Arima no solo presenta canciones en directo: construye un lenguaje sonoro colectivo donde cada integrante resulta imprescindible. La interacción entre los músicos, sumada al trabajo tímbrico de Paule Bilbao —especialmente a través de sus cambios de guitarra—, convierte el concierto en una experiencia física, envolvente y profundamente emocional.
Con Ez dago amor, el proyecto da un paso firme hacia una identidad más arriesgada, consolidándose como una de las propuestas más inquietas y coherentes de la escena alternativa.



Arima, el proyecto musical de la artista vizcaína Paule Bilbao, nació en 2018 como un espacio de exploración íntima entre la melancolía y el ruido. Desde entonces, su trayectoria ha sido una constante mutación sonora: de los paisajes etéreos del shoegaze y el post-rock atmosférico hacia una propuesta cada vez más cruda, eléctrica y visceral, donde conviven el noise, el ambient y la intensidad emocional del rock alternativo.
La velada unió la propuesta de Paule Bilbao, caracterizada por su evolución hacia un sonido más visceral y ruidista, con las texturas experimentales y ambientales de la productora catalana Nara is Neus. en completa oscuridad y humo ante lo cual era imposible hacer fotografías.
La actuación de Arima en sábado santo se abre con Hegazina (intro). En la más absoluta oscuridad, comienzan a emerger las siluetas de los cuatro músicos, uno a uno, como figuras espectrales surgidas de un paisaje industrial que evoca el puerto de Bilbao. Desde ese primer instante, el ambiente queda suspendido en una tensión casi cinematográfica.
El directo de Arima se sostiene sobre una imponente “pared de sonido”, pero es en los matices donde realmente se revela su riqueza. La llamada “silueta sonora” de Paule Bilbao se construye en tiempo real a través de sus continuos cambios de guitarra —alternando entre Fender y Gibson—, generando variaciones tímbricas que van desde la transparencia cristalina hasta una densidad rugosa y casi cortante. Este diálogo entre instrumentos no es accesorio: define el pulso emocional de cada tema.
A su alrededor, la banda opera como un organismo compacto. Josu Palacios refuerza y expande las capas de guitarra, aportando cuerpo y profundidad; Josu González sostiene el armazón con un bajo firme, a menudo protagonista en los momentos de mayor tensión; y Gontzal Bilbao articula el conjunto con una batería precisa pero expresiva, capaz de transitar de la contención al estallido con naturalidad.
Las canciones evolucionan desde arpegios limpios y atmósferas envolventes hacia explosiones de distorsión y fuzz, con un uso expresivo del trémolo que intensifica la sensación de oleaje emocional. En este contexto, la voz de Paule no se impone, sino que se diluye y se integra como una capa más, envuelta en reverberación, reforzando la dimensión onírica del conjunto.
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Kale grisak marca uno de los primeros picos de intensidad: aquí, el peso del bajo y la batería resulta decisivo, empujando el tema hacia territorios más cercanos al post-punk. En Kea eta larruak, las guitarras —especialmente en sus registros más saturados— construyen una masa sonora densa y envolvente, una auténtica humareda que envuelve al público.
Los temas de su etapa más reciente —Orbainak, Ispilua, Isurkari— profundizan en una oscuridad más introspectiva. En directo, se expanden mediante largos pasajes instrumentales donde la banda demuestra su capacidad para sostener la tensión sin perder cohesión, generando una experiencia casi hipnótica.
El contraste llega con Non zaude y Jantzia, donde aflora su vertiente más melódica. Aquí, los cambios de guitarra de Paule se vuelven especialmente significativos, marcando la transición hacia un sonido más abierto y emocional, mientras la base rítmica se relaja para dejar respirar las canciones.
Uno de los momentos más inesperados de la noche ocurre durante Zarata: el batería pierde el ride en pleno desarrollo del tema, generando una breve situación de tensión que, sin embargo, no rompe la dinámica del concierto. La rápida intervención de quien escribe permite estabilizar el pedestal y mantener intacta la intensidad, evidenciando la solidez del conjunto incluso en la contingencia.
El cierre llega con Aztarnak (outro). Paule, arrodillada junto al guitarrista, manipula los efectos en un final donde el sonido se descompone en capas y resonancias. Es un momento en el que la “silueta sonora” alcanza su máxima expresión: las guitarras dejan de ser instrumentos reconocibles para convertirse en pura textura. El eco se prolonga, suspendido, mucho después del último gesto.
Arima no solo presenta canciones en directo: construye un lenguaje sonoro colectivo donde cada integrante resulta imprescindible. La interacción entre los músicos, sumada al trabajo tímbrico de Paule Bilbao —especialmente a través de sus cambios de guitarra—, convierte el concierto en una experiencia física, envolvente y profundamente emocional.
Con Ez dago amor, el proyecto da un paso firme hacia una identidad más arriesgada, consolidándose como una de las propuestas más inquietas y coherentes de la escena alternativa.


















