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Green Lung – Necropolitan (2026)
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Green Lung tendrán un nombre que a primera vista podrá recordar al rejunte de bandas de stoner metal que ponen especial énfasis en el sentido inglés de “stoner”, como Bongzilla, Bongripper, Belzebong, Weedeater, Dopethrone y otros, pero los ingleses Green Lung van por un lado más particular. Manteniendo la veneración a los riffs y las cruces de Black Sabbath, el quinteto se sumerge en el mundo del terror ocultista y pagano de los lugares secretos de las islas británicas. Tal vez eso recuerde de inmediato a Electric Wizard, pero considerando que desde que Green Lung se formaron los de Jus Oborn no han sacado ni un solo LP entonces no quedará otra que agarrar de donde se pueda.

Este Necropolitan, su cuarto LP, está descrito como “una carta de amor al Londres gótico en clave de riffs”. Más específicamente, se inspira en los cementerios construidos en la capital inglesa en la era victoriana, época en la que la población de la ciudad creció más de un 300% y ya no podía dar abasto con los cementerios normales. Cuando leí esa descripción no sabía qué esperarme, pero ahora puedo decir que sin lugar a dudas Green Lung cumple con su palabra, porque Necropolitan bien podría ser una guía turística de los lugares más particulares de su ciudad natal.

Tomemos por ejemplo “Necropolitan Line”, ya de por sí una de las más particulares al ser un claro pastiche de Deep Purple con sus teclados acompañando las guitarras sino también por el hecho de que sea una canción sobre el metro de Londres, pintando un escenario de los lugares ocultos debajo de la tierra y que a primera vista parecen sólo ser recorridos por los trenes pero que siempre pueden ocultar algo más. También está “Evil In This House”, que referencia 50 Berkeley Square, dirección de una de las “casas embrujadas” más famosas del mundo, y la que tributan con una canción lenta, pesada y melódica, con un sonido de bajo bien presente.

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Una de las más interesantes en cuanto a temática es “Alostrael (Be My Babalon)”, que parece estar basada alrededor de la figura del ocultista Aleister Crowley y más específicamente de Leah Hirsig, una de las compañeras y amantes de Crowley a las que este llamó “Mujeres Escarlata”: no me habría enterado de 90% de esto si no fuera por esta canción, ciertamente. Y ya que estamos, la séptima canción es una adaptación del poema “Ozymandias” de Percy Bysshe Shelley, uno de los poetas románticos más famosos y cuya obra ha sido referenciada en muchas historias, lo hayamos notado o no. 

Ahora, ¿cómo está la música en Necropolitan? Incluso si uno no es tan fan de ir saltando de artículo en artículo en Wikipedia, creo que Green Lung ofrecen una tonelada de material muy recomendable en este álbum. No habrá grandes diferencias con respecto a sus discos anteriores, pero los ingleses siguen encontrando maneras de ofrecer esta onda de metal retro setentas de una forma que no se sienta como un simple copiado y pegado de lo hecho cinco décadas atrás por Black Sabbath o bandas similares, más que nada porque incluso en sus momentos más obvios se nota que saben lo que hace que este estilo sea atrayente. 

Quiero mencionar que es obvio que las voces de Tom Templar son el hueso duro de roer en la propuesta de Green Lung, como su estilo agudo y nasal que por momentos me recuerda a un Geddy Lee británico. Leí y escuché a mucha gente quejarse de ellas y está claro que en los primeros discos eran un tanto más “complicadas”. Sin embargo, en este punto de su carrera siento que esas voces le van como guante a la propuesta de Green Lung: si me dijeran cómo debería de sonar una banda de “metal stoner nerd” mi idea no estaría muy alejada de cómo suena él, con un toque teatral que ayuda a meterse en la atmósfera oscura tan particular de las canciones.

Así que sí, Green Lung puede que entreguen “más de lo mismo” en materia de stoner doom, pero no me quejo porque está muy bien hecho. La idea conceptual es muy interesante, las canciones son atrapantes, la producción es un lujo y todo el conjunto da lugar a una obra muy recomendable, seas fan de la historia o simplemente quieras escuchar unos bueno riffs durante un rato. Y si usted es ambas cosas, vaya ya mismo a darle play.

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Sigh – Goh-ka (2026)
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Desde que Sigh apareció a finales de los ochenta, pocas bandas han demostrado una capacidad semejante para cambiar de piel sin perder su identidad. Aquella relación inicial con el Black Metal hace tiempo que quedó atrás, y discos como Hail Horror Hail, Scenario IV: Dread Dreams o Imaginary Sonicscape ya dejaban claro que lo suyo iba mucho más allá de cualquier etiqueta. Cuatro años después de Shiki, los japoneses regresan con Goh-Ka, un nuevo ejercicio de libertad creativa en el que vuelven a mezclar metal extremo, progresivo, psicodelia, sonidos setenteros y pasajes de difícil clasificación.

El álbum gira alrededor de la impermanencia de la vida y del cuerpo, tomando como referencia las nueve etapas de descomposición de un cadáver dentro de la tradición budista japonesa. Esa idea no funciona como simple decoración conceptual, sino que se refleja en una música que cambia constantemente de forma. “Kuso-shi 1, 2, and 3” abre el recorrido con una construcción progresiva que desemboca en “Jigoku-Zoshi 1: Unkamusho”, mucho más agresiva y directa, con Mike Heller aportando una batería especialmente contundente. Después llega “Kuso-shi 4, 5, and 6”, donde Sigh vuelve a retorcer las estructuras hasta convertirlas en una sucesión de cambios, atmósferas y elementos extremos.

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La capacidad para saltar de un registro a otro vuelve a ser una de las grandes virtudes del disco. “Unputenpu” introduce una marcada influencia setentera que puede recordar incluso a Deep Purple, mientras “Jinmenjushin” recupera el lado más oscuro y agresivo. “Jigoku-Zoshi 2: Tokatsujigoku” insiste en esa vertiente extrema antes de que el tramo final complete un álbum de casi una hora en el que prácticamente todo parece estar en movimiento. Hay riffs pesados, melodías inesperadas, voces desgarradas, momentos psicodélicos y estructuras progresivas, pero todo termina sonando reconociblemente a Sigh.

Goh-Ka exige dejar de lado la necesidad de encontrar una etiqueta concreta y simplemente entrar en su universo. Sigh vuelve a demostrar que su mayor virtud consiste precisamente en no repetirse, utilizando cada canción como un espacio para experimentar con nuevas ideas sin perder el carácter que llevan construyendo desde hace décadas. Es un disco extraño, ambicioso y cargado de detalles, de esos que descubren algo nuevo cuando se vuelven a escuchar.

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Beartooth – Pure Ecstasy (2026)
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Los críticos suelen (solemos) prestarle mucha atención a los álbumes editados inmediatamente después de algún momento importante en la vida del artista en cuestión. Asumo que debe ser porque, de vez en cuando, nos gusta que la idea del “álbum más personal hasta ahora” sea una realidad y no un simple cliché de los creativos publicitarios al momento de promocionar los álbumes: véase cosas tan disímiles como Blood on the Tracks de Bob Dylan o …And Justice For All de Metallica como ejemplos. Entonces, ¿cómo entra este disco de Beartooth acá? O, considerando el público de esta página, tal vez tendría que preguntar qué o quién es Beartooth.

A pesar de ser oficialmente una banda, Beartooth siempre ha sido un proyecto centrado en la figura de su cantante, compositor principal y único fundador Caleb Shomo. Cuando escuché acerca de Beartooth, me sorprendió descubrir que ya me había cruzado con la figura de Shomo años atrás, con el video de “Stick Stickly” de Attack Attack!, uno de los videos más ridículos y al mismo tiempo icónicos de la época del “metalcore MySpace” de los 2000. Shomo era el cantante y tecladista de la banda, y se fue en 2012 para fundar su propio proyecto, este Beartooth con el que sacó seis álbumes y se ganó un grupo de fans fieles en medio de la escena de ensalada de metalcore / post hardcore / metal alternativo y demás. En agosto tuvimos la salida de Pure Ecstasy, su séptimo álbum de estudio.

¿Qué tenemos en Pure Ecstasy? Voy a ser sincero: hay muchos elementos del estilo de Beartooth, sea en este álbum o en general, que puedo disfrutar sólo a cuentagotas. Tendré casi la misma edad que Caleb Shomo, pero tengo en claro que el estilo de Beartooth, en su conjunto, está dirigido a un público más joven o al menos bastante diferente al que sea que yo pertenezca. El álbum en sí es un rejunte de diferentes tendencias actuales tanto en música pesada como en rock en general, donde las guitarras distorsionadas y procesadas se encuentran con elementos de electrónica y a veces estos cambian de lugar y es la electrónica la que pasa a primer plano. 

El problema con el estilo de Beartooth y muchas bandas parecidas es que muchas veces no se sientan como bandas, sino más como un cantante que hace lo suyo con alguna pista de fondo hecha en FL Studio: hay una diferencia de actitud entre ambos, eh. Las partes con los riffs furiosos y las voces gritadas me parecen las mejores del álbum, mientras que las partes con las voces limpias con efectos y las bases electrónicas a veces se me hacen demasiado largas, como si quisiera fijarme cuánto falta hasta que vuelvan las guitarras. No sé, debe ser que mucha de esta percusión electrónica la relaciono con música impersonal de historia de Instagram.

Y, a pesar de ello, no “odio” esos momentos. A las guitarras le faltarán algo de músculo, no puedo mencionar nada que haya hecho el bajo, las baterías son bastante artificiales y el álbum tiene una sobredosis de momentos de “pop tiktokero”, pero hay algo en mí que termina disfrutando bastante del álbum: puede ser alguna clase de síndrome de Estocolmo. Tomemos por ejemplo “Bullshit”, con esos versos medio rapeados que parecen una versión edgy de Justin Timberlake y después nos sepulta bajo una montaña de guitarras procesadas acompañadas de voces limpias: no pude evitar hacer una expresión de “¿Qué estoy escuchando?” las primeras veces… y a las pocas reproducciones estaba tarareando el “tatatá” que hacen las guitarras y hasta ese flow básico de los versos.

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Ese tipo de cosas le terminan dando una dinámica interesante al álbum, contrastando la furia con las melodías empalagosas que Beartooth suele meter en los momentos más pop del disco. Y sí, esas partes pop metidas en el medio hacen que las partes más pesadas se sientan más impactantes: si le borrara las partes melódicas lo más seguro es que las partes pesadas se sientan un tanto estériles, tal vez a causa del sonido procesado que tienen las guitarras, pero el contraste termina dándoles su propia personalidad. 

“You” nos engaña con otro inicio electrónico y de repente se vuelve una de las canciones más pesadas del álbum, con blast beats deathmetaleros y toda la bola. Y también está “Beautiful Again”, que tiene una melodía con una sobredosis melosidad que al principio se me hizo demasiado básica y con el paso de las reproducciones me terminó comprando: es como si la hubieran sacado de algún demo perdido de 20 años atrás, seguro hubiera sido un hitazo en MySpace en su momento. Pure Ecstasy tiene mucho de eso: la clase de canciones que serían placeres culposos de alguien y que escucharía a escondidas para que no lo juzguen.

Ah, y hablando de hacer cosas a escondidas.

Mencioné antes el tema de que a los críticos nos gustan los álbumes que reflejen algo personal del artista, y ese es el caso de Pure Ecstasy. Hay que saber que en mayo de 2026, Caleb Shomo reveló por redes sociales que es gay, algo que fue de la mano con el anuncio del fin de su matrimonio de 14 años, una cifra que hay que poner en la perspectiva de que se casó cuando tenía 19. Algún lector puede llegar a decir que esto no importará porque en estos días “a los gays ya no se los oprime” o algo así, pero hay que tener en cuenta que Shomo nació en una familia de cristianos evangélicos y que Attack Attack! era una banda cristiana o al menos una banda con influencias cristianas, y digamos que ese mundo no es el más amigable para las minorías sexuales, fuera en 2006, 2016 o incluso en 2026. 

Algunos álbumes logran ser sutiles al momento de hablar sobre los problemas personales de los artistas, pero Pure Ecstasy no es uno de ellos: en los 38 minutos del álbum, las canciones tienen la misma sutileza que un martillazo en la cara al momento de reflejar los conflictos personales del cantante. Ya desde la primera canción, el tema título “Pure Ecstasy”, tenemos a Shomo cantando “¿Debería sacrificar mi vida? / ¿Enfrentarme a la verdad o vivir esta mentira?”. 

Es una temática que recorre casi todo el álbum, y hasta diría que por momentos se puede poner un tanto repetitivo en ese ámbito. Sin tener idea de la historia de Shomo podría llegar a asumir que Beartooth sería una banda cristiana: el cantante habrá dicho que está alejado de la religión, pero está claro que su crianza y los años de tocar junto a bandas cristianas dejaron esa influencia en la manera de expresar, con tantas menciones sobre sentirse libre, de encontrar un nuevo propósito en la vida y frases similares.

Pero considerando los problemas mentales que ha sufrido Caleb Shomo a lo largo de su vida, con problemas de adicciones e incluso tendencias suicidas, está claro que un álbum como Pure Ecstasy va más allá de ser un compilado de canciones y directamente es un espacio donde Shomo se desahoga después de años de ocultarse. Eso podría haber dado lugar a un disco oscuro y un tanto incómodo, pero en su lugar tenemos muchas canciones diseñadas para ser himnos de estadio o himnos personales, casi “inspiradores” y ciertamente pasados de azúcar por momentos pero que no viene mal para escuchar aunque sea una vez y ver si le termina llegando.

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156/Silence – From A Distance (2026)
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El pasado 4 de septiembre salió a la luz uno de los álbumes más esperados por los fans del metal moderno. 156/Silence volvía a la carga tras su exitoso People Watching publicado en 2024.

Nos encontramos con un álbum que ha llevado a la banda a un punto de experimentación que si bien es cierto puede no ser del gusto de todo el mundo, es una clara declaración de intenciones: hacemos lo que queremos y cuando queremos. 

Liderados por Jack a la voz, los norteamericanos han mezclado elementos del Mathcore de sus orígenes, el Metalcore más moderno que tenemos a día de hoy y muchos elementos ambientales que nos hacen recordar a bandas como Deftones y/o similares. Una mezcla perfecta entre la brutalidad, la belleza de la voz melódica de Jack y una sensación de incomodidad/miedo durante todo el álbum. 

“Control Arms” marca la pauta de todo el disco introduciéndonos lentamente en un ambiente oscuro parecido al de series como “Twin Peaks” y que construye poco a poco hasta desembocar en unos versos cargados de rabia y unos guturales que nos dan la bienvenida al mundo de 156/Silence. 

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“No Arms, “Order & Entropy” y “Swept From Under” (Call Of The Void) reflejan a la perfección las intenciones de la banda con este disco. Momentos de agobio por todas partes, pasajes más melódicos con unas ambientales de 10 y gritos desgarradores que remarcan las emociones reflejadas en las letras de dichas canciones.

“An Early Exit” la podemos considerar un punto para tomar un respiro y disfrutar de otra de las facetas de esta banda. Una balada cargada de emoción y con un Jack demostrando porqué es uno de los vocalistas más versátiles de la escena.

El álbum sigue con dos de las tres colaboraciones que ha hecho la banda. “Collateral” (con Crippling Alcoholism) nos lleva a la parte más oscura de la banda con una brutal contundencia, unas voces de lo más oscuras y elementos ambientales que, una vez más, generan esa sensación de agobio/miedo. “Cannon Fodder” (con Mike Hranica de The Devil Wears Prada) sigue un formato un poco más “estándar” . En este caso nos encontramos con una dinámica similar a anteriores temas pero con este componente emocional extra que aporta una voz desgarrada como la de Mike. 

“From A Distance” (con Alex Reade de Make Them Suffer) no solo da nombre al album sino que se ha convertido en mi canción favorita de toda la publicación. Una balada que arranca con una preciosa melodía de piano y que nos habla de la conexión humana a pesar de una posible separación física o mental y con, una vez más, un ambiente que eriza la piel. 

En resumen, un álbum que se sitúa entre mis candidatos a lo mejor del año y que nos hace ver que no todo el metal moderno suena igual. Seguimos teniendo bandas que apuestan por innovar sin llegar a perder su esencia y que han llegado para quedarse.

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Crown Lands – Apocalypse (2026)
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De los fríos bosques canadienses nos llega Apocalypse, el segundo o tercer álbum de estudio de Crown Lands, según como se mire. Y es que todo en este grupo es peculiar: hermosamente peculiar. 

Porque Crown Lands es una auténtica rareza, una pequeña joya musical atrapada en el tiempo, que recuerda fuertemente al rock progresivo de los 70, siguiendo de cerca la estela de Rush y Led Zeppelin. ¿Quién decía que ya no se hace música como la de antes?

Pero esta banda va a por el más difícil todavía: hacerlo a dúo. Sus integrantes son Cody Bowles, quien se encarga de las voces, la percusión y distintos tipos de vientos; y su compañero Kevin Comeau, encargado de cuerdas y teclados con su icónica guitarra de doble mástil (para recordarnos más a Rush), bajo, Mellotron, Minimoog y otros sintetizadores. Las grabaciones son impecables y los directos son muy interesantes también: la pareja puede sacarlos adelante con soltura, aunque en ocasiones se apoyan en otros músicos por razones obvias.

Son dos artistas tremendamente interesantes, capaces de revolucionar el género abrazando sus orígenes retro. El sonido es marcadamente espiritual y evocador. Existe además una reivindicación por los pueblos originarios del norte de América, desde el propio nombre de la banda (significa “tierras de la corona”, en memoria de cómo la corona británica se apropió de los territorios indígenas de lo que hoy es Canadá a través de tratados injustos y expoliación) al uso de algunos instrumentos tradicionales. Bowles es a su vez de ascendencia aborigen (Mi’kmaw) y no binario (Two-Spirit), mientras que Comeau es de origen judío y también sufrió exclusión por ello en su infancia. La mera existencia de la banda es un manifiesto vivo y sereno por los derechos civiles.

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En concreto, Apocalypse, se trata de un trabajo virtuoso, evocador, pausado y por momentos experimental, dentro del rock progresivo. Es uno de sus trabajos más maduros y cohesionados. Llama la atención su estructura tipo “vinilo clásico”: Con una “Cara A” con 6 temas de duración media, accesibles, rememorando al mejor hard rock (como los grupos ya citados, junto a ideas que recuerdan a Pink Floyd, King Crimson, Queen o Thin Lizzy). Tras esto, la “Cara B” nos ofrece una colosal suite de 19 minutos, titulada “Apocalypse” y que a su vez le da nombre al disco. Este tema podría fácilmente configurar su propio EP, pues sintetiza todo su universo sonoro, resultando un viaje psicotrópico y progresivo, que nos deja con sensación de paz espiritual.

No puedo pasar sin destacar el tema “Through the Looking Glass”, quizás mi favorito por su sonoridad e imaginación, que introduce de lleno en el lore de la banda. El videoclip nos traslada al planeta Karagon, 1016 años antes del alzamiento del Sindicato. El vídeo es sencillo, distópico, me recuerda a un Mad Max en la nieve. No se trata de una fantasía desatada, pero es capaz de sacarnos por un momento de la realidad.

La narrativa del disco se encuadra en el mismo universo que el anterior, Fearless (2023), con letras metafóricas que incluyen fantasía épica, ciencia ficción y algunos tintes sociopolíticos, sobre la caída de imperios, el colapso de estructuras de poder opresivas, la avaricia, las grandes batallas, el duelo y la posibilidad de que tras la destrucción surja algo nuevo. Es posible arañar algunas de las preocupaciones propias de los músicos como la crisis medioambiental y el dolor histórico de la colonización, siempre desde la alegoría.

Crown Lands se consagra con este disco como una banda imprescindible, tanto para los nostálgicos como para los auténticos amantes de ese hard rock progresivo, experimental, con agudos imposibles y voces de estilo Geddy Lee / Robert Plant, que ha demostrado seguir vivo en estos convulsos nuevos años 20.

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Airbourne – Airbourne (2026)
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Tras tres años desde su último lanzamiento, los rockeros australianos Airbourne vuelven con quinto trabajo de estudio, el cual es homónimo y donde los muchachos vuelven a demostrar que en la simpleza, está su grandeza como banda dentro de la escena actual.

Para empezar un aviso, que creo, a estas alturas del partido, no es muy necesario, pero por las dudas os lo dejo, Airbourne no inventan nada nuevo en este trabajo, la fórmula que les dio el éxito y les ha permitido compartir escenario con pesos pesados como Judas Priest, Guns ‘N’ Roses e incluso los mismísimos Iron Maiden, es la que siguen manteniendo en estas 12 nuevas canciones, cargadas de energía, potencia, sonido rockero y mucha actitud.

Y que mejor arranque que el corte que da título al disco, con el freno de mano echado, para sin perder muchos segundos, las guitarras comenzar a encender una mecha que se mantendrá bien arriba a lo largo de todo el álbum.

La voz de Joel O’Keeffe vuelve a rugir como siempre y aunque no hay mucha diferencia entre este corte y varios de sus grandes singles, lo cierto es que este puede añadirse a la bolsa, con derecho propio y una buena cerveza en la mano.

Mejor aún es el binomio entre “Alive After Death (Last Plane Out)”, con un titulo curioso que podría hacer referencia tanto a Maiden (con un guiño a su disco en directo Live After Death 85′) como a Lynyrd Skynyrd, ya que es de sobra conocida la trágica historia de la banda emblema del rock sureño, que sufrió un accidente de avión en 1977, cortando (por entonces) la carrera de la banda de la peor forma posible, pero igual, ambas pueden ser simples teorías.

Lo que es una realidad es que este es un cañonazo de hard rock and roll, con unas muy buenas guitarras entre Joel y David Roads, aparte de un “Groove” muy efectivo que seguro sonará de muerte en directo.

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Mientras que en “Here She Comes”, la banda se mancha un poquito más las manos y juega con las melodías de guitarra, pero sin caer en la estructura prototípica en la cual se sienten cómodos y que tan bien les ha funcionado en 20 años de trayectoria.

Creo que podrían seguir indagando por este lado y podrían salir cosas muy interesantes de cara al futuro más próximo de los australianos.

Cuando se ponen juguetones, la banda dispara con “Kid in a Candy Store” y seguro que hay más de alguna seguidora que bailará este tema en la época de los festivales del 2027, con el ombligo al aire luciendo un piercing, los tatuajes y la ropa ajustada, robándose más de un suspiro.

“Sky High”, sería otro gran ejemplo de como Airbourne le imprimen rudeza y músculo a sus temas, cuando estos los requieren, poniendo la nota cañera al disco, siempre con honestidad e identidad propia.

Eso si, no esperéis que aquí haya innovación o una ruptura estilística, porque no son Airbourne la banda para ello, ni nosotros buscamos eso de ellos a la hora de enfrentarnos a un disco que lleve su firma, pero si que dentro del estilo que hacen, les exigimos que mantengan el nivel de sus trabajos previos, algo que aquí se vuelve a conseguir sin duda alguna.

Y justo cuando llegamos al ecuador, la banda comienza el lado más dubitativo del disco, combinando “Bogotá” o “Last Man Standing”, como cartas bien jugadas con patinazos irregulares como “Christmas Bonus”, donde se evidencia que los temas de relleno, a veces es mejor revisarlos y ahorrarlos, antes de sumarlos a un disco y quitarle puntos al resultado final.

Así que, si muchachos, Airbourne siguen rockeando duro, con actitud y macarrismo, pero sin querer evolucionar del todo y saber redondear un disco completo, siendo esto el principal handicap del álbum.

Ahora bien, la espera ha merecido la pena y la balanza vuelve a inclinarse en favor de la banda australiana, evidenciando que su calidad y mano para escribir buenas canciones de rock and roll, siguen intactas.

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Motionless in White – Decades (2026)
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Contra (casi) todo pronóstico, la carrera de los norteamericanos Motionless In White se encuentra en su mejor momento y es que los de Scranton han experimentado a lo largo de esta década un crecimiento a nivel de popularidad impensado hace más de tres lustros cuando empezaron en la escena y hoy se ven capaces de agotar más de 12 mil entradas en Madrid, colmando la capacidad del Palacio Vistalegre, uno de los recintos emblema de la capital de España, quién lo diría verdad?

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Por eso a la hora de enfrentarme a Decades, su séptimo trabajo de estudio, tenía la duda de si seguirían por la línea cómoda de sus tres trabajos previos o si habría algo de evolución en el sonido de la banda, como para justificar semejante “Hype” alrededor suyo.

Y lo que puedo decir tras varias escuchas al disco, es que ni tanto ni tan poco, la banda sigue sonando excelente, con un Chris que quizás esté en uno los mejores momentos a nivel vocal que se le recuerda y un Ricky Horror que demuestra porque es de los músicos más destacados y a la vez infravalorados de su generación…Pero si somos justos, no terminan de redondear lo que uno se podría esperar de ellos a estas alturas de la película.

El disco comienza de manera correcta y hasta ahí con el corte que le da título, un tema que no aporta absolutamente nada ni al álbum ni al catálogo de MIW, pero que sin embargo se ve mejorado con el cañonazo “Log In//Crash Out”, mucho más cerca de su disco anterior pero con una buena estructura y unos coros infantiles, que suman originalidad a la pieza.

Las cosas mejoran aún más con el inquietante dueto junto a Skylar Grey en “R.I.P”, donde las voces encajan de perlas y a pesar de no ser un corte súper pesado, gana muchos enteros a nivel de intensidad y no sería raro ver este tema de fondo en alguna película de terror así como cuando este otoño vaya por la calle, sintiendo el frío en el cuerpo y solo viendo las hojas caer de los árboles.

Creo que aquí si, la banda ha sabido plasmar de manera (casi) perfecta las ideas que tenía para la pieza y les aplaudimos por ello.

El disco vuelve a coger vuelo y lo hace con “Fight Like Hell”, donde es más que obvia la influencia de bandas como Korn y Chris nos deleita con una gran interpretación vocal, medio teatral pero combinando melodía y agresividad a partes iguales, para luego sorprendernos del todo con unos fraseados rapeados que van a dejar descolocado a más de un despistado.

Y bueno, si en la anterior había influencias del nu metal, que decir de “Playing God”, donde el guiño a Slipknot, concretamente al himno “Eyeless”, es impagable y más aún cuando Corey Taylor  entra para hacer un dueto vocal tremendo junto a Chris, creando una de las mejores canciones de MIW hasta la fecha.

La parte más alternativa la podemos encontrar en temas como “All That I’ve Ever Known”, con esas partes medio electrónicas que podrían haber estado firmadas por bandas como Linkin Park, en la época clasica y que sorprende hacia la mitad con un “Break” medio dubstep, que podrían haber firmado tanto Electric Callboy como Pendulum y Skrillex.

Más cañera aún es “Blood Rave”, pero con una pausa donde la voz limpia de Chris hará las delicias de los que disfrutamos de estos sonidos más modernos y electrónicos, con Anthony Martínez aportando lo suyo en las voces y obteniendo como resultado una auténtica bomba de relojería que puede sonar aún mejor en directo.

Por el contrario “Afraid of the Dark”, sería un híbrido entre el metalcore más pesado de sus inicios, con un doble bombo arrollador y unas guitarras que te transportan al Ozzfest o al Warped 2007 sin escalas y que se complementan con un puente glorioso y moderno, acompañado de un estribillo que bien merece ser cantando por miles de personas el próximo año en los festivales donde se presenten.

Así que si, Motionless in White vuelven a demostrar que su fórmula aún tiene muchos cartuchos para quemar, con un disco sólido, moderno, cañero y que presenta ciertos destellos que suman a la evolución de una banda, que a diferencia de otras, ha sabido como crecer, madurar y no perder calidad en el intento, a estas alturas, esto es mucho decir.

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Future Palace – Resurgence (2026)
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Los alemanes Future Palace publicaron el pasado 31 de Julio su álbum más reciente “Resurgence”. Material que acaba de perfilar el sonido que venían consiguiendo con “Run” (2024) pero que han llevado un paso más allá. 

En esta ocasión, podemos disfrutar de una Maria Lessing en una variedad de registros de los que teníamos constancia pero no con esta contundencia. Se nota una gran mejoría sobretodo en el apartado gutural. Musicalmente, la banda ha apostado por mantener su esencia post-hardcore mezclada con pop pero aportando. Podemos notar una notable mejoría en cuanto a letras se refiere también, buscando jugar más con la poesía y las metáforas en lugar de tirar de clásicos clichés dentro del género. 

Como canciones más destacadas encontramos:

“Resurge”: La canción homónima al álbum. Un tema nos habla sobre tocar fondo, resurgir de las cenizas y que define a la banda a la perfección con esa mezcla de estrofas más pesadas y esos guturales de María y un estribillo memorable.

“Deep Blue”: para mi, el tema más completo del álbum y que encontramos como primera canción del mismo. Una vez más, mezclando elementos del metal, del pop y de la música electrónica a partes iguales con María a un nivel estelar haciendo gala de la mejoría que comentamos más arriba

“Thorns”: una canción que “huye” un poco de la típica estructura estrofa/estrofa/estribillo que encontramos a lo largo de todo el disco. Encontramos un tema que empieza de manera tranquila y va construyendo el camino hacia un estribillo memorable. 

En resumen, un álbum que no inventa la rueda pero si asenta a los alemanes como uno de los referentes del Metal Moderno y eleva un par de escalones a María. Muy agradable de escuchar y con un dinamismo que te hace fluir entre varias emociones durante toda la escucha.

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Ultra-Violence – All My Life (2026)
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Después de varios años construyendo una nueva identidad sonora y dejando atrás el Thrash Metal que marcó sus primeros trabajos, los italianos Ultra-Violence regresan con All My Life. El grupo ya había iniciado este cambio con el EP Beyond en 2021, apostando desde entonces por un sonido más cercano al metal moderno y al metalcore.

El EP comienza con “All My Life”, tema que da nombre al lanzamiento y que sirve para presentar las principales armas actuales de Ultra-Violence: melodías accesibles, riffs contundentes y una producción moderna. Le sigue “No One’s Listening”, junto a Wake Up Hate, una colaboración que mantiene la intensidad y refuerza esa nueva dirección musical que los italianos llevan explorando durante los últimos años.

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En la parte central encontramos “Nightmares”, acompañado por The Machine Universe, antes de llegar a “Through The Static”, donde participa Thorn In Side y la banda endurece ligeramente su propuesta con un sonido más pesado. Las cinco canciones funcionan como una muestra de la evolución que Ultra-Violence ha desarrollado desde su anterior etapa.

El cierre llega con “Good Enough”, junto a los estadounidenses Villain of the Story, completando un EP breve y directo en el que las colaboraciones tienen un peso importante. All My Life reúne canciones que la banda fue publicando de forma individual durante los últimos años y las presenta ahora bajo un mismo lanzamiento, consolidando definitivamente su distancia respecto al Thrash Metal de sus primeros discos.

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Solipsy – Dissolution (2026)
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Tras foguearse en la escena danesa con una agenda de conciertos en vivo que fue puliendo su presencia en el escenario, Solipsy entrega su primer álbum de larga duración con la ambición de quien ya no quiere sonar prometedor, sino definitivo. En los próximos días de septiembre, la banda estará realizando conciertos de presentación y ahí podremos ver en vivo lo que se plasma en el álbum.

El disco se estructura en apenas cinco canciones, pero ahí está la primera declaración de intenciones: nada de temas de tres minutos y estribillo fácil. Cada corte se mueve entre los cinco y los diez minutos, un formato que exige paciencia tanto a la banda como al oyente, y que Solipsy aprovecha para desplegar composiciones de largo aliento en lugar de simples canciones. Es una apuesta arriesgada para un debut, pero funciona precisamente porque el grupo no rellena esos minutos: los usa para construir, tensar y finalmente liberar.

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Musicalmente, Dissolution combina riffs pesados y contundentes con pasajes marcadamente melódicos, un contraste que ya era seña de identidad de Solipsy en sus primeros lanzamientos y que aquí se lleva a su máxima expresión. Los growls y los grandes estribillos se van turnando el protagonismo de Magnus, generando una dinámica de tensión y desahogo que evita que las canciones, pese a su duración, se sientan estáticas. Hay algo de la crudeza del death metal más tradicional, pero también líneas de guitarra con un aroma melódico que recuerda a ciertas corrientes del black metal moderno, con mucho blast beat y estructuras complejas de progressive metal, todo ello sostenido por una producción que le da al conjunto un empaque sólido sin restarle aspereza.

Pero si algo distingue a Dissolution no es solo su arquitectura sonora, sino su vocación de fondo. Las letras son densas, trabajadas, y rehúyen la anécdota fácil: el disco se plantea como un ejercicio introspectivo que, sin embargo, no se queda en lo personal. Late en él una lectura crítica de lo social, un señalamiento hacia dinámicas heredadas: ansiedad, pertenencia, el peso de lo que se arrastra generacionalmente, que convierten al álbum en algo más que un ejercicio técnico.

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Solipsy no canta sobre monstruos ni ficciones: apunta hacia dentro y, desde ahí, hacia fuera, hacia las estructuras que moldean al individuo. Es un disco que quiere decir algo, y ese es quizás su mayor logro: la ambición conceptual está a la altura de la ambición musical.

El resultado es un debut serio, exigente y con personalidad propia dentro de una escena danesa de metal moderno que últimamente no deja de dar sorpresas. Dissolution no busca la inmediatez ni el golpe de efecto fácil; busca sostener una idea musical a lo largo de cinco piezas que se sienten más como capítulos de un mismo relato que como canciones sueltas. Es un disco que pide ser escuchado de principio a fin, sin atajos, tal como está construido.

Con este primer disco largo (aunque tenga cinco canciones), Solipsy deja claro que no llegó para hacer ruido de paso, sino para quedarse. Si el resto de su carrera mantiene esta ambición, Dissolution bien podría recordarse como el punto de partida de algo mayor.


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Green Lung – Necropolitan (2026)
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Green Lung tendrán un nombre que a primera vista podrá recordar al rejunte de bandas de stoner metal que ponen especial énfasis en el sentido inglés de “stoner”, como Bongzilla, Bongripper, Belzebong, Weedeater, Dopethrone y otros, pero los ingleses Green Lung van por un lado más particular. Manteniendo la veneración a los riffs y las cruces de Black Sabbath, el quinteto se sumerge en el mundo del terror ocultista y pagano de los lugares secretos de las islas británicas. Tal vez eso recuerde de inmediato a Electric Wizard, pero considerando que desde que Green Lung se formaron los de Jus Oborn no han sacado ni un solo LP entonces no quedará otra que agarrar de donde se pueda.

Este Necropolitan, su cuarto LP, está descrito como “una carta de amor al Londres gótico en clave de riffs”. Más específicamente, se inspira en los cementerios construidos en la capital inglesa en la era victoriana, época en la que la población de la ciudad creció más de un 300% y ya no podía dar abasto con los cementerios normales. Cuando leí esa descripción no sabía qué esperarme, pero ahora puedo decir que sin lugar a dudas Green Lung cumple con su palabra, porque Necropolitan bien podría ser una guía turística de los lugares más particulares de su ciudad natal.

Tomemos por ejemplo “Necropolitan Line”, ya de por sí una de las más particulares al ser un claro pastiche de Deep Purple con sus teclados acompañando las guitarras sino también por el hecho de que sea una canción sobre el metro de Londres, pintando un escenario de los lugares ocultos debajo de la tierra y que a primera vista parecen sólo ser recorridos por los trenes pero que siempre pueden ocultar algo más. También está “Evil In This House”, que referencia 50 Berkeley Square, dirección de una de las “casas embrujadas” más famosas del mundo, y la que tributan con una canción lenta, pesada y melódica, con un sonido de bajo bien presente.

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Una de las más interesantes en cuanto a temática es “Alostrael (Be My Babalon)”, que parece estar basada alrededor de la figura del ocultista Aleister Crowley y más específicamente de Leah Hirsig, una de las compañeras y amantes de Crowley a las que este llamó “Mujeres Escarlata”: no me habría enterado de 90% de esto si no fuera por esta canción, ciertamente. Y ya que estamos, la séptima canción es una adaptación del poema “Ozymandias” de Percy Bysshe Shelley, uno de los poetas románticos más famosos y cuya obra ha sido referenciada en muchas historias, lo hayamos notado o no. 

Ahora, ¿cómo está la música en Necropolitan? Incluso si uno no es tan fan de ir saltando de artículo en artículo en Wikipedia, creo que Green Lung ofrecen una tonelada de material muy recomendable en este álbum. No habrá grandes diferencias con respecto a sus discos anteriores, pero los ingleses siguen encontrando maneras de ofrecer esta onda de metal retro setentas de una forma que no se sienta como un simple copiado y pegado de lo hecho cinco décadas atrás por Black Sabbath o bandas similares, más que nada porque incluso en sus momentos más obvios se nota que saben lo que hace que este estilo sea atrayente. 

Quiero mencionar que es obvio que las voces de Tom Templar son el hueso duro de roer en la propuesta de Green Lung, como su estilo agudo y nasal que por momentos me recuerda a un Geddy Lee británico. Leí y escuché a mucha gente quejarse de ellas y está claro que en los primeros discos eran un tanto más “complicadas”. Sin embargo, en este punto de su carrera siento que esas voces le van como guante a la propuesta de Green Lung: si me dijeran cómo debería de sonar una banda de “metal stoner nerd” mi idea no estaría muy alejada de cómo suena él, con un toque teatral que ayuda a meterse en la atmósfera oscura tan particular de las canciones.

Así que sí, Green Lung puede que entreguen “más de lo mismo” en materia de stoner doom, pero no me quejo porque está muy bien hecho. La idea conceptual es muy interesante, las canciones son atrapantes, la producción es un lujo y todo el conjunto da lugar a una obra muy recomendable, seas fan de la historia o simplemente quieras escuchar unos bueno riffs durante un rato. Y si usted es ambas cosas, vaya ya mismo a darle play.

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Sigh – Goh-ka (2026)
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Desde que Sigh apareció a finales de los ochenta, pocas bandas han demostrado una capacidad semejante para cambiar de piel sin perder su identidad. Aquella relación inicial con el Black Metal hace tiempo que quedó atrás, y discos como Hail Horror Hail, Scenario IV: Dread Dreams o Imaginary Sonicscape ya dejaban claro que lo suyo iba mucho más allá de cualquier etiqueta. Cuatro años después de Shiki, los japoneses regresan con Goh-Ka, un nuevo ejercicio de libertad creativa en el que vuelven a mezclar metal extremo, progresivo, psicodelia, sonidos setenteros y pasajes de difícil clasificación.

El álbum gira alrededor de la impermanencia de la vida y del cuerpo, tomando como referencia las nueve etapas de descomposición de un cadáver dentro de la tradición budista japonesa. Esa idea no funciona como simple decoración conceptual, sino que se refleja en una música que cambia constantemente de forma. “Kuso-shi 1, 2, and 3” abre el recorrido con una construcción progresiva que desemboca en “Jigoku-Zoshi 1: Unkamusho”, mucho más agresiva y directa, con Mike Heller aportando una batería especialmente contundente. Después llega “Kuso-shi 4, 5, and 6”, donde Sigh vuelve a retorcer las estructuras hasta convertirlas en una sucesión de cambios, atmósferas y elementos extremos.

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La capacidad para saltar de un registro a otro vuelve a ser una de las grandes virtudes del disco. “Unputenpu” introduce una marcada influencia setentera que puede recordar incluso a Deep Purple, mientras “Jinmenjushin” recupera el lado más oscuro y agresivo. “Jigoku-Zoshi 2: Tokatsujigoku” insiste en esa vertiente extrema antes de que el tramo final complete un álbum de casi una hora en el que prácticamente todo parece estar en movimiento. Hay riffs pesados, melodías inesperadas, voces desgarradas, momentos psicodélicos y estructuras progresivas, pero todo termina sonando reconociblemente a Sigh.

Goh-Ka exige dejar de lado la necesidad de encontrar una etiqueta concreta y simplemente entrar en su universo. Sigh vuelve a demostrar que su mayor virtud consiste precisamente en no repetirse, utilizando cada canción como un espacio para experimentar con nuevas ideas sin perder el carácter que llevan construyendo desde hace décadas. Es un disco extraño, ambicioso y cargado de detalles, de esos que descubren algo nuevo cuando se vuelven a escuchar.

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Beartooth – Pure Ecstasy (2026)
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Los críticos suelen (solemos) prestarle mucha atención a los álbumes editados inmediatamente después de algún momento importante en la vida del artista en cuestión. Asumo que debe ser porque, de vez en cuando, nos gusta que la idea del “álbum más personal hasta ahora” sea una realidad y no un simple cliché de los creativos publicitarios al momento de promocionar los álbumes: véase cosas tan disímiles como Blood on the Tracks de Bob Dylan o …And Justice For All de Metallica como ejemplos. Entonces, ¿cómo entra este disco de Beartooth acá? O, considerando el público de esta página, tal vez tendría que preguntar qué o quién es Beartooth.

A pesar de ser oficialmente una banda, Beartooth siempre ha sido un proyecto centrado en la figura de su cantante, compositor principal y único fundador Caleb Shomo. Cuando escuché acerca de Beartooth, me sorprendió descubrir que ya me había cruzado con la figura de Shomo años atrás, con el video de “Stick Stickly” de Attack Attack!, uno de los videos más ridículos y al mismo tiempo icónicos de la época del “metalcore MySpace” de los 2000. Shomo era el cantante y tecladista de la banda, y se fue en 2012 para fundar su propio proyecto, este Beartooth con el que sacó seis álbumes y se ganó un grupo de fans fieles en medio de la escena de ensalada de metalcore / post hardcore / metal alternativo y demás. En agosto tuvimos la salida de Pure Ecstasy, su séptimo álbum de estudio.

¿Qué tenemos en Pure Ecstasy? Voy a ser sincero: hay muchos elementos del estilo de Beartooth, sea en este álbum o en general, que puedo disfrutar sólo a cuentagotas. Tendré casi la misma edad que Caleb Shomo, pero tengo en claro que el estilo de Beartooth, en su conjunto, está dirigido a un público más joven o al menos bastante diferente al que sea que yo pertenezca. El álbum en sí es un rejunte de diferentes tendencias actuales tanto en música pesada como en rock en general, donde las guitarras distorsionadas y procesadas se encuentran con elementos de electrónica y a veces estos cambian de lugar y es la electrónica la que pasa a primer plano. 

El problema con el estilo de Beartooth y muchas bandas parecidas es que muchas veces no se sientan como bandas, sino más como un cantante que hace lo suyo con alguna pista de fondo hecha en FL Studio: hay una diferencia de actitud entre ambos, eh. Las partes con los riffs furiosos y las voces gritadas me parecen las mejores del álbum, mientras que las partes con las voces limpias con efectos y las bases electrónicas a veces se me hacen demasiado largas, como si quisiera fijarme cuánto falta hasta que vuelvan las guitarras. No sé, debe ser que mucha de esta percusión electrónica la relaciono con música impersonal de historia de Instagram.

Y, a pesar de ello, no “odio” esos momentos. A las guitarras le faltarán algo de músculo, no puedo mencionar nada que haya hecho el bajo, las baterías son bastante artificiales y el álbum tiene una sobredosis de momentos de “pop tiktokero”, pero hay algo en mí que termina disfrutando bastante del álbum: puede ser alguna clase de síndrome de Estocolmo. Tomemos por ejemplo “Bullshit”, con esos versos medio rapeados que parecen una versión edgy de Justin Timberlake y después nos sepulta bajo una montaña de guitarras procesadas acompañadas de voces limpias: no pude evitar hacer una expresión de “¿Qué estoy escuchando?” las primeras veces… y a las pocas reproducciones estaba tarareando el “tatatá” que hacen las guitarras y hasta ese flow básico de los versos.

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Ese tipo de cosas le terminan dando una dinámica interesante al álbum, contrastando la furia con las melodías empalagosas que Beartooth suele meter en los momentos más pop del disco. Y sí, esas partes pop metidas en el medio hacen que las partes más pesadas se sientan más impactantes: si le borrara las partes melódicas lo más seguro es que las partes pesadas se sientan un tanto estériles, tal vez a causa del sonido procesado que tienen las guitarras, pero el contraste termina dándoles su propia personalidad. 

“You” nos engaña con otro inicio electrónico y de repente se vuelve una de las canciones más pesadas del álbum, con blast beats deathmetaleros y toda la bola. Y también está “Beautiful Again”, que tiene una melodía con una sobredosis melosidad que al principio se me hizo demasiado básica y con el paso de las reproducciones me terminó comprando: es como si la hubieran sacado de algún demo perdido de 20 años atrás, seguro hubiera sido un hitazo en MySpace en su momento. Pure Ecstasy tiene mucho de eso: la clase de canciones que serían placeres culposos de alguien y que escucharía a escondidas para que no lo juzguen.

Ah, y hablando de hacer cosas a escondidas.

Mencioné antes el tema de que a los críticos nos gustan los álbumes que reflejen algo personal del artista, y ese es el caso de Pure Ecstasy. Hay que saber que en mayo de 2026, Caleb Shomo reveló por redes sociales que es gay, algo que fue de la mano con el anuncio del fin de su matrimonio de 14 años, una cifra que hay que poner en la perspectiva de que se casó cuando tenía 19. Algún lector puede llegar a decir que esto no importará porque en estos días “a los gays ya no se los oprime” o algo así, pero hay que tener en cuenta que Shomo nació en una familia de cristianos evangélicos y que Attack Attack! era una banda cristiana o al menos una banda con influencias cristianas, y digamos que ese mundo no es el más amigable para las minorías sexuales, fuera en 2006, 2016 o incluso en 2026. 

Algunos álbumes logran ser sutiles al momento de hablar sobre los problemas personales de los artistas, pero Pure Ecstasy no es uno de ellos: en los 38 minutos del álbum, las canciones tienen la misma sutileza que un martillazo en la cara al momento de reflejar los conflictos personales del cantante. Ya desde la primera canción, el tema título “Pure Ecstasy”, tenemos a Shomo cantando “¿Debería sacrificar mi vida? / ¿Enfrentarme a la verdad o vivir esta mentira?”. 

Es una temática que recorre casi todo el álbum, y hasta diría que por momentos se puede poner un tanto repetitivo en ese ámbito. Sin tener idea de la historia de Shomo podría llegar a asumir que Beartooth sería una banda cristiana: el cantante habrá dicho que está alejado de la religión, pero está claro que su crianza y los años de tocar junto a bandas cristianas dejaron esa influencia en la manera de expresar, con tantas menciones sobre sentirse libre, de encontrar un nuevo propósito en la vida y frases similares.

Pero considerando los problemas mentales que ha sufrido Caleb Shomo a lo largo de su vida, con problemas de adicciones e incluso tendencias suicidas, está claro que un álbum como Pure Ecstasy va más allá de ser un compilado de canciones y directamente es un espacio donde Shomo se desahoga después de años de ocultarse. Eso podría haber dado lugar a un disco oscuro y un tanto incómodo, pero en su lugar tenemos muchas canciones diseñadas para ser himnos de estadio o himnos personales, casi “inspiradores” y ciertamente pasados de azúcar por momentos pero que no viene mal para escuchar aunque sea una vez y ver si le termina llegando.

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156/Silence – From A Distance (2026)
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El pasado 4 de septiembre salió a la luz uno de los álbumes más esperados por los fans del metal moderno. 156/Silence volvía a la carga tras su exitoso People Watching publicado en 2024.

Nos encontramos con un álbum que ha llevado a la banda a un punto de experimentación que si bien es cierto puede no ser del gusto de todo el mundo, es una clara declaración de intenciones: hacemos lo que queremos y cuando queremos. 

Liderados por Jack a la voz, los norteamericanos han mezclado elementos del Mathcore de sus orígenes, el Metalcore más moderno que tenemos a día de hoy y muchos elementos ambientales que nos hacen recordar a bandas como Deftones y/o similares. Una mezcla perfecta entre la brutalidad, la belleza de la voz melódica de Jack y una sensación de incomodidad/miedo durante todo el álbum. 

“Control Arms” marca la pauta de todo el disco introduciéndonos lentamente en un ambiente oscuro parecido al de series como “Twin Peaks” y que construye poco a poco hasta desembocar en unos versos cargados de rabia y unos guturales que nos dan la bienvenida al mundo de 156/Silence. 

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“No Arms, “Order & Entropy” y “Swept From Under” (Call Of The Void) reflejan a la perfección las intenciones de la banda con este disco. Momentos de agobio por todas partes, pasajes más melódicos con unas ambientales de 10 y gritos desgarradores que remarcan las emociones reflejadas en las letras de dichas canciones.

“An Early Exit” la podemos considerar un punto para tomar un respiro y disfrutar de otra de las facetas de esta banda. Una balada cargada de emoción y con un Jack demostrando porqué es uno de los vocalistas más versátiles de la escena.

El álbum sigue con dos de las tres colaboraciones que ha hecho la banda. “Collateral” (con Crippling Alcoholism) nos lleva a la parte más oscura de la banda con una brutal contundencia, unas voces de lo más oscuras y elementos ambientales que, una vez más, generan esa sensación de agobio/miedo. “Cannon Fodder” (con Mike Hranica de The Devil Wears Prada) sigue un formato un poco más “estándar” . En este caso nos encontramos con una dinámica similar a anteriores temas pero con este componente emocional extra que aporta una voz desgarrada como la de Mike. 

“From A Distance” (con Alex Reade de Make Them Suffer) no solo da nombre al album sino que se ha convertido en mi canción favorita de toda la publicación. Una balada que arranca con una preciosa melodía de piano y que nos habla de la conexión humana a pesar de una posible separación física o mental y con, una vez más, un ambiente que eriza la piel. 

En resumen, un álbum que se sitúa entre mis candidatos a lo mejor del año y que nos hace ver que no todo el metal moderno suena igual. Seguimos teniendo bandas que apuestan por innovar sin llegar a perder su esencia y que han llegado para quedarse.

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Crown Lands – Apocalypse (2026)
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De los fríos bosques canadienses nos llega Apocalypse, el segundo o tercer álbum de estudio de Crown Lands, según como se mire. Y es que todo en este grupo es peculiar: hermosamente peculiar. 

Porque Crown Lands es una auténtica rareza, una pequeña joya musical atrapada en el tiempo, que recuerda fuertemente al rock progresivo de los 70, siguiendo de cerca la estela de Rush y Led Zeppelin. ¿Quién decía que ya no se hace música como la de antes?

Pero esta banda va a por el más difícil todavía: hacerlo a dúo. Sus integrantes son Cody Bowles, quien se encarga de las voces, la percusión y distintos tipos de vientos; y su compañero Kevin Comeau, encargado de cuerdas y teclados con su icónica guitarra de doble mástil (para recordarnos más a Rush), bajo, Mellotron, Minimoog y otros sintetizadores. Las grabaciones son impecables y los directos son muy interesantes también: la pareja puede sacarlos adelante con soltura, aunque en ocasiones se apoyan en otros músicos por razones obvias.

Son dos artistas tremendamente interesantes, capaces de revolucionar el género abrazando sus orígenes retro. El sonido es marcadamente espiritual y evocador. Existe además una reivindicación por los pueblos originarios del norte de América, desde el propio nombre de la banda (significa “tierras de la corona”, en memoria de cómo la corona británica se apropió de los territorios indígenas de lo que hoy es Canadá a través de tratados injustos y expoliación) al uso de algunos instrumentos tradicionales. Bowles es a su vez de ascendencia aborigen (Mi’kmaw) y no binario (Two-Spirit), mientras que Comeau es de origen judío y también sufrió exclusión por ello en su infancia. La mera existencia de la banda es un manifiesto vivo y sereno por los derechos civiles.

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En concreto, Apocalypse, se trata de un trabajo virtuoso, evocador, pausado y por momentos experimental, dentro del rock progresivo. Es uno de sus trabajos más maduros y cohesionados. Llama la atención su estructura tipo “vinilo clásico”: Con una “Cara A” con 6 temas de duración media, accesibles, rememorando al mejor hard rock (como los grupos ya citados, junto a ideas que recuerdan a Pink Floyd, King Crimson, Queen o Thin Lizzy). Tras esto, la “Cara B” nos ofrece una colosal suite de 19 minutos, titulada “Apocalypse” y que a su vez le da nombre al disco. Este tema podría fácilmente configurar su propio EP, pues sintetiza todo su universo sonoro, resultando un viaje psicotrópico y progresivo, que nos deja con sensación de paz espiritual.

No puedo pasar sin destacar el tema “Through the Looking Glass”, quizás mi favorito por su sonoridad e imaginación, que introduce de lleno en el lore de la banda. El videoclip nos traslada al planeta Karagon, 1016 años antes del alzamiento del Sindicato. El vídeo es sencillo, distópico, me recuerda a un Mad Max en la nieve. No se trata de una fantasía desatada, pero es capaz de sacarnos por un momento de la realidad.

La narrativa del disco se encuadra en el mismo universo que el anterior, Fearless (2023), con letras metafóricas que incluyen fantasía épica, ciencia ficción y algunos tintes sociopolíticos, sobre la caída de imperios, el colapso de estructuras de poder opresivas, la avaricia, las grandes batallas, el duelo y la posibilidad de que tras la destrucción surja algo nuevo. Es posible arañar algunas de las preocupaciones propias de los músicos como la crisis medioambiental y el dolor histórico de la colonización, siempre desde la alegoría.

Crown Lands se consagra con este disco como una banda imprescindible, tanto para los nostálgicos como para los auténticos amantes de ese hard rock progresivo, experimental, con agudos imposibles y voces de estilo Geddy Lee / Robert Plant, que ha demostrado seguir vivo en estos convulsos nuevos años 20.

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Airbourne – Airbourne (2026)
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Tras tres años desde su último lanzamiento, los rockeros australianos Airbourne vuelven con quinto trabajo de estudio, el cual es homónimo y donde los muchachos vuelven a demostrar que en la simpleza, está su grandeza como banda dentro de la escena actual.

Para empezar un aviso, que creo, a estas alturas del partido, no es muy necesario, pero por las dudas os lo dejo, Airbourne no inventan nada nuevo en este trabajo, la fórmula que les dio el éxito y les ha permitido compartir escenario con pesos pesados como Judas Priest, Guns ‘N’ Roses e incluso los mismísimos Iron Maiden, es la que siguen manteniendo en estas 12 nuevas canciones, cargadas de energía, potencia, sonido rockero y mucha actitud.

Y que mejor arranque que el corte que da título al disco, con el freno de mano echado, para sin perder muchos segundos, las guitarras comenzar a encender una mecha que se mantendrá bien arriba a lo largo de todo el álbum.

La voz de Joel O’Keeffe vuelve a rugir como siempre y aunque no hay mucha diferencia entre este corte y varios de sus grandes singles, lo cierto es que este puede añadirse a la bolsa, con derecho propio y una buena cerveza en la mano.

Mejor aún es el binomio entre “Alive After Death (Last Plane Out)”, con un titulo curioso que podría hacer referencia tanto a Maiden (con un guiño a su disco en directo Live After Death 85′) como a Lynyrd Skynyrd, ya que es de sobra conocida la trágica historia de la banda emblema del rock sureño, que sufrió un accidente de avión en 1977, cortando (por entonces) la carrera de la banda de la peor forma posible, pero igual, ambas pueden ser simples teorías.

Lo que es una realidad es que este es un cañonazo de hard rock and roll, con unas muy buenas guitarras entre Joel y David Roads, aparte de un “Groove” muy efectivo que seguro sonará de muerte en directo.

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Mientras que en “Here She Comes”, la banda se mancha un poquito más las manos y juega con las melodías de guitarra, pero sin caer en la estructura prototípica en la cual se sienten cómodos y que tan bien les ha funcionado en 20 años de trayectoria.

Creo que podrían seguir indagando por este lado y podrían salir cosas muy interesantes de cara al futuro más próximo de los australianos.

Cuando se ponen juguetones, la banda dispara con “Kid in a Candy Store” y seguro que hay más de alguna seguidora que bailará este tema en la época de los festivales del 2027, con el ombligo al aire luciendo un piercing, los tatuajes y la ropa ajustada, robándose más de un suspiro.

“Sky High”, sería otro gran ejemplo de como Airbourne le imprimen rudeza y músculo a sus temas, cuando estos los requieren, poniendo la nota cañera al disco, siempre con honestidad e identidad propia.

Eso si, no esperéis que aquí haya innovación o una ruptura estilística, porque no son Airbourne la banda para ello, ni nosotros buscamos eso de ellos a la hora de enfrentarnos a un disco que lleve su firma, pero si que dentro del estilo que hacen, les exigimos que mantengan el nivel de sus trabajos previos, algo que aquí se vuelve a conseguir sin duda alguna.

Y justo cuando llegamos al ecuador, la banda comienza el lado más dubitativo del disco, combinando “Bogotá” o “Last Man Standing”, como cartas bien jugadas con patinazos irregulares como “Christmas Bonus”, donde se evidencia que los temas de relleno, a veces es mejor revisarlos y ahorrarlos, antes de sumarlos a un disco y quitarle puntos al resultado final.

Así que, si muchachos, Airbourne siguen rockeando duro, con actitud y macarrismo, pero sin querer evolucionar del todo y saber redondear un disco completo, siendo esto el principal handicap del álbum.

Ahora bien, la espera ha merecido la pena y la balanza vuelve a inclinarse en favor de la banda australiana, evidenciando que su calidad y mano para escribir buenas canciones de rock and roll, siguen intactas.

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Motionless in White – Decades (2026)
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Contra (casi) todo pronóstico, la carrera de los norteamericanos Motionless In White se encuentra en su mejor momento y es que los de Scranton han experimentado a lo largo de esta década un crecimiento a nivel de popularidad impensado hace más de tres lustros cuando empezaron en la escena y hoy se ven capaces de agotar más de 12 mil entradas en Madrid, colmando la capacidad del Palacio Vistalegre, uno de los recintos emblema de la capital de España, quién lo diría verdad?

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Por eso a la hora de enfrentarme a Decades, su séptimo trabajo de estudio, tenía la duda de si seguirían por la línea cómoda de sus tres trabajos previos o si habría algo de evolución en el sonido de la banda, como para justificar semejante “Hype” alrededor suyo.

Y lo que puedo decir tras varias escuchas al disco, es que ni tanto ni tan poco, la banda sigue sonando excelente, con un Chris que quizás esté en uno los mejores momentos a nivel vocal que se le recuerda y un Ricky Horror que demuestra porque es de los músicos más destacados y a la vez infravalorados de su generación…Pero si somos justos, no terminan de redondear lo que uno se podría esperar de ellos a estas alturas de la película.

El disco comienza de manera correcta y hasta ahí con el corte que le da título, un tema que no aporta absolutamente nada ni al álbum ni al catálogo de MIW, pero que sin embargo se ve mejorado con el cañonazo “Log In//Crash Out”, mucho más cerca de su disco anterior pero con una buena estructura y unos coros infantiles, que suman originalidad a la pieza.

Las cosas mejoran aún más con el inquietante dueto junto a Skylar Grey en “R.I.P”, donde las voces encajan de perlas y a pesar de no ser un corte súper pesado, gana muchos enteros a nivel de intensidad y no sería raro ver este tema de fondo en alguna película de terror así como cuando este otoño vaya por la calle, sintiendo el frío en el cuerpo y solo viendo las hojas caer de los árboles.

Creo que aquí si, la banda ha sabido plasmar de manera (casi) perfecta las ideas que tenía para la pieza y les aplaudimos por ello.

El disco vuelve a coger vuelo y lo hace con “Fight Like Hell”, donde es más que obvia la influencia de bandas como Korn y Chris nos deleita con una gran interpretación vocal, medio teatral pero combinando melodía y agresividad a partes iguales, para luego sorprendernos del todo con unos fraseados rapeados que van a dejar descolocado a más de un despistado.

Y bueno, si en la anterior había influencias del nu metal, que decir de “Playing God”, donde el guiño a Slipknot, concretamente al himno “Eyeless”, es impagable y más aún cuando Corey Taylor  entra para hacer un dueto vocal tremendo junto a Chris, creando una de las mejores canciones de MIW hasta la fecha.

La parte más alternativa la podemos encontrar en temas como “All That I’ve Ever Known”, con esas partes medio electrónicas que podrían haber estado firmadas por bandas como Linkin Park, en la época clasica y que sorprende hacia la mitad con un “Break” medio dubstep, que podrían haber firmado tanto Electric Callboy como Pendulum y Skrillex.

Más cañera aún es “Blood Rave”, pero con una pausa donde la voz limpia de Chris hará las delicias de los que disfrutamos de estos sonidos más modernos y electrónicos, con Anthony Martínez aportando lo suyo en las voces y obteniendo como resultado una auténtica bomba de relojería que puede sonar aún mejor en directo.

Por el contrario “Afraid of the Dark”, sería un híbrido entre el metalcore más pesado de sus inicios, con un doble bombo arrollador y unas guitarras que te transportan al Ozzfest o al Warped 2007 sin escalas y que se complementan con un puente glorioso y moderno, acompañado de un estribillo que bien merece ser cantando por miles de personas el próximo año en los festivales donde se presenten.

Así que si, Motionless in White vuelven a demostrar que su fórmula aún tiene muchos cartuchos para quemar, con un disco sólido, moderno, cañero y que presenta ciertos destellos que suman a la evolución de una banda, que a diferencia de otras, ha sabido como crecer, madurar y no perder calidad en el intento, a estas alturas, esto es mucho decir.

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Future Palace – Resurgence (2026)
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Los alemanes Future Palace publicaron el pasado 31 de Julio su álbum más reciente “Resurgence”. Material que acaba de perfilar el sonido que venían consiguiendo con “Run” (2024) pero que han llevado un paso más allá. 

En esta ocasión, podemos disfrutar de una Maria Lessing en una variedad de registros de los que teníamos constancia pero no con esta contundencia. Se nota una gran mejoría sobretodo en el apartado gutural. Musicalmente, la banda ha apostado por mantener su esencia post-hardcore mezclada con pop pero aportando. Podemos notar una notable mejoría en cuanto a letras se refiere también, buscando jugar más con la poesía y las metáforas en lugar de tirar de clásicos clichés dentro del género. 

Como canciones más destacadas encontramos:

“Resurge”: La canción homónima al álbum. Un tema nos habla sobre tocar fondo, resurgir de las cenizas y que define a la banda a la perfección con esa mezcla de estrofas más pesadas y esos guturales de María y un estribillo memorable.

“Deep Blue”: para mi, el tema más completo del álbum y que encontramos como primera canción del mismo. Una vez más, mezclando elementos del metal, del pop y de la música electrónica a partes iguales con María a un nivel estelar haciendo gala de la mejoría que comentamos más arriba

“Thorns”: una canción que “huye” un poco de la típica estructura estrofa/estrofa/estribillo que encontramos a lo largo de todo el disco. Encontramos un tema que empieza de manera tranquila y va construyendo el camino hacia un estribillo memorable. 

En resumen, un álbum que no inventa la rueda pero si asenta a los alemanes como uno de los referentes del Metal Moderno y eleva un par de escalones a María. Muy agradable de escuchar y con un dinamismo que te hace fluir entre varias emociones durante toda la escucha.

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Ultra-Violence – All My Life (2026)
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Después de varios años construyendo una nueva identidad sonora y dejando atrás el Thrash Metal que marcó sus primeros trabajos, los italianos Ultra-Violence regresan con All My Life. El grupo ya había iniciado este cambio con el EP Beyond en 2021, apostando desde entonces por un sonido más cercano al metal moderno y al metalcore.

El EP comienza con “All My Life”, tema que da nombre al lanzamiento y que sirve para presentar las principales armas actuales de Ultra-Violence: melodías accesibles, riffs contundentes y una producción moderna. Le sigue “No One’s Listening”, junto a Wake Up Hate, una colaboración que mantiene la intensidad y refuerza esa nueva dirección musical que los italianos llevan explorando durante los últimos años.

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En la parte central encontramos “Nightmares”, acompañado por The Machine Universe, antes de llegar a “Through The Static”, donde participa Thorn In Side y la banda endurece ligeramente su propuesta con un sonido más pesado. Las cinco canciones funcionan como una muestra de la evolución que Ultra-Violence ha desarrollado desde su anterior etapa.

El cierre llega con “Good Enough”, junto a los estadounidenses Villain of the Story, completando un EP breve y directo en el que las colaboraciones tienen un peso importante. All My Life reúne canciones que la banda fue publicando de forma individual durante los últimos años y las presenta ahora bajo un mismo lanzamiento, consolidando definitivamente su distancia respecto al Thrash Metal de sus primeros discos.

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Solipsy – Dissolution (2026)
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Tras foguearse en la escena danesa con una agenda de conciertos en vivo que fue puliendo su presencia en el escenario, Solipsy entrega su primer álbum de larga duración con la ambición de quien ya no quiere sonar prometedor, sino definitivo. En los próximos días de septiembre, la banda estará realizando conciertos de presentación y ahí podremos ver en vivo lo que se plasma en el álbum.

El disco se estructura en apenas cinco canciones, pero ahí está la primera declaración de intenciones: nada de temas de tres minutos y estribillo fácil. Cada corte se mueve entre los cinco y los diez minutos, un formato que exige paciencia tanto a la banda como al oyente, y que Solipsy aprovecha para desplegar composiciones de largo aliento en lugar de simples canciones. Es una apuesta arriesgada para un debut, pero funciona precisamente porque el grupo no rellena esos minutos: los usa para construir, tensar y finalmente liberar.

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Musicalmente, Dissolution combina riffs pesados y contundentes con pasajes marcadamente melódicos, un contraste que ya era seña de identidad de Solipsy en sus primeros lanzamientos y que aquí se lleva a su máxima expresión. Los growls y los grandes estribillos se van turnando el protagonismo de Magnus, generando una dinámica de tensión y desahogo que evita que las canciones, pese a su duración, se sientan estáticas. Hay algo de la crudeza del death metal más tradicional, pero también líneas de guitarra con un aroma melódico que recuerda a ciertas corrientes del black metal moderno, con mucho blast beat y estructuras complejas de progressive metal, todo ello sostenido por una producción que le da al conjunto un empaque sólido sin restarle aspereza.

Pero si algo distingue a Dissolution no es solo su arquitectura sonora, sino su vocación de fondo. Las letras son densas, trabajadas, y rehúyen la anécdota fácil: el disco se plantea como un ejercicio introspectivo que, sin embargo, no se queda en lo personal. Late en él una lectura crítica de lo social, un señalamiento hacia dinámicas heredadas: ansiedad, pertenencia, el peso de lo que se arrastra generacionalmente, que convierten al álbum en algo más que un ejercicio técnico.

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Solipsy no canta sobre monstruos ni ficciones: apunta hacia dentro y, desde ahí, hacia fuera, hacia las estructuras que moldean al individuo. Es un disco que quiere decir algo, y ese es quizás su mayor logro: la ambición conceptual está a la altura de la ambición musical.

El resultado es un debut serio, exigente y con personalidad propia dentro de una escena danesa de metal moderno que últimamente no deja de dar sorpresas. Dissolution no busca la inmediatez ni el golpe de efecto fácil; busca sostener una idea musical a lo largo de cinco piezas que se sienten más como capítulos de un mismo relato que como canciones sueltas. Es un disco que pide ser escuchado de principio a fin, sin atajos, tal como está construido.

Con este primer disco largo (aunque tenga cinco canciones), Solipsy deja claro que no llegó para hacer ruido de paso, sino para quedarse. Si el resto de su carrera mantiene esta ambición, Dissolution bien podría recordarse como el punto de partida de algo mayor.


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