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Dylan Gers – Melancholic Madman (2025)
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Hace unos pocos días surgió, como siempre en este medio, la posibilidad de concretar una entrevista con cierto artista emergente. Dicha entrevista fue llevada a cabo por Agustin Saccone, quien casualmente, también estuvo en el papel de entrevistado. En esta ocasión, la persona del otro lado de la pantalla fue Dylan Gers, joven músico de rock británico que se viene abriendo paso desde hace poco tiempo con una lista de singles y que lanzó el año pasado su ahora primer material recopilatorio en formato de EP, Melancholic Madman.

Dylan, de apenas un cuarto de siglo, estuvo hablando con Agustín y contándole muchas cosas de lo hecho y lo venidero y como suele ser en este medio, nunca está de más acompañar esas entrevistas con una reseña sobre el material tratado.

Por ello me dispuse este sábado de equinoccio otoñal darles mi opinión de este nuevo álbum.

Melancholic Madman es una obra de rock alternativo y psicodélico con influencias o similitudes a bandas como The Cure, U2, Midnight Oil y otros grandes artistas. Con vestigios bluseros, Dylan encara esto como un proyecto unipersonal haciendo cargo de prácticamente todo, pero con un claro dominio de las guitarras y voces.

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“Feel My Heart” es la pieza que da inicio, que con poco mas de 3 minutos y guitarras limpias acompañados de un estribillo que se hace escuchar recién a la segunda vuelta, deja muy claro de que va este nuevo EP.

Luego continua con “Talisman” que me gusta todavía más que su predecesora. Un punteo bien ejecutado al inicio abre las puertas para un narrador que pareciera estar divagando sobre la perdida de su esencia personal. El cierre es maravilloso. “Moonlight Lies” con un tempo más cercano al de una balada es lo que sigue. Una gran pieza que transita pura tranquilidad para terminar generando incomodidad con lo que pareciera ser el sonido de un theremín.

El disco termina con “Young Boy”, una canción que realmente denota una sensación de melancolía, aquella que da título al mismo.

Un EP que Dylan construyó de manera genuina, con cada uno de los instrumentos que están al alcance de su mano, en su habitación. Sin usar atajos, el joven músico redondea un gran inicio de carrera que seguramente verá un constante crecimiento en los años venideros. Melancholic Madman no es solo música personal, si no una construcción musical meramente artística y orgánica, totalmente alejada de lo que son las producciones industriales que hasta el más iniciado de los músicos suele perseguir.

 

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The Gems – Year of the Snake (2026)
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Tras un más que interesante debut como lo fue Phoenix, las hard rockeras suecas The Gems vuelven este año con su segundo disco Year of the Snake, con el cual pretenden dar un golpe sobre la mesa y comenzar a establecerse dentro de la escena rockera actual.

Y lo cierto que tras escuchar las 14 canciones del álbum, Guernica Mancini y compañía han cumplido y con nota lo que se esperaba de ellas, comenzando directamente con el corte que da título al disco y que es un cañonazo de hard rock moderno, con aroma clásico y con el ADN particular que estas tres chicas tienen y demostraron en su antigua banda.

Con el siguiente corte que es “Gravity” y donde cuentan con la colaboración especial de Tommy Johansson (Sabaton/Majestica), The Gems nos ofrecen un poco de variación inclinada hacia el AOR y el hard rock más radiable, pero con un gran resultado final y sin pasarse de dulzonas.

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Luego comienza el bloque donde la fruta se abre y podemos encontrar diversos matices de las chicas, desde el toque medio blues rock en “Diamond in the Rough” y “Let it Go”, ambas con su inyección de melodía, pero no sonando iguales a las primeras dos canciones del disco, lo cual aporta calidad al mismo.

Pero el trío no solamente se reduce a la figura de su cantante y es que Mona Lindgren, vuelve a brillar con sus seis cuerdas y el sonido que le saca a las mismas, tanto en los solos como en las partes más rítmicas, demostrando que no hace falta ir de “Guitar Heroine”, para sobresalir en su trabajo.

Luego cortes como “Forgive and Forget”, oxigenan al disco tanto a nivel sonoro como rítmico, ya que es una suerte de “Power Ballad”, donde Mancini vuelve a embelesarnos con su vozarrón y pone los pelos de punta al oyente desde el minuto uno en el que pulsas play a la canción.

El último tramo quizás no genera tanta emoción como el arranque del disco, pero complementa bastante bien y lo acaba cerrando de forma notable.

Quizás el único punto “negativo” de este trabajo de The Gems, sea el tracklist y es que 14 canciones, todas en un estilo más o menos similar, pueden acabar por atragantarse, pero no impide que el disco sea muy disfrutable y las sitúe como uno de los nombres más destacados dentro de su escena en la actualidad.

Pero con un disco tan sólido y con ninguna grieta ni confusión en su conjunto, The Gems evidencian que su evolución continúa la dirección correcta y habrá que estar muy atentos hacia donde son capaces de llegar.

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Erra – Silence Outlives The Earth (2026)
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Erra regresa con silence outlives the earth, su séptimo álbum de estudio, marcando un nuevo paso en su evolución dentro del metalcore progresivo. A dos años de CURE, el grupo retoma varios de los elementos que definieron su identidad, pero con una ejecución más pulida y enfocada. Este nuevo material muestra a la banda consolidada, con una propuesta que combina técnica, melodía y una atmósfera constante que atraviesa todo el disco.

Los adelantos “gore of being” y “echo sonata” ya anticipaban la dirección del álbum. La primera recupera el carácter técnico del grupo con riffs elaborados y una dinámica marcada entre la agresividad de JT Cavey y las melodías de Jesse Cash. En cambio, “echo sonata” se inclina hacia un enfoque más melódico, con guitarras limpias y una carga emocional más marcada, apoyada en arreglos detallados y una producción clara.

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Desde el inicio, “stelliform” establece el tono del disco, combinando pasajes técnicos con momentos más accesibles. La interacción entre guitarras y voces mantiene un equilibrio constante, mientras que “further eden” introduce cambios de dinámica más notorios, alternando secciones más contenidas con irrupciones de mayor peso. En este tema, la base rítmica gana protagonismo antes de dar paso a uno de los momentos más intensos del álbum.

El álbum también abre espacio para composiciones más melódicas como “black cloud”, donde predominan las voces limpias y una instrumentación más ligera. Este enfoque convive con canciones como “cicada siren”, que retoma una dirección más pesada y rítmica, incorporando grooves marcados y una ejecución precisa en batería y guitarras, manteniendo el equilibrio entre agresividad y detalle técnico.

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En la segunda mitad, “lucid threshold” y “spiral (of liminal infinity)” refuerzan la cohesión del trabajo, sosteniendo una atmósfera introspectiva y un uso constante de contrastes entre secciones melódicas y pesadas. Ambas canciones destacan por su estructura y por cómo integran los distintos elementos del sonido de la banda sin perder fluidez.

El cierre se desarrolla a través de “i. the many names of god”, “ii. in the gut of the wolf” y “iii. twilight in the reflection of dreams”, una secuencia que concentra los momentos más extremos del disco, tanto en intensidad como en construcción. Estas tres partes funcionan como un bloque final que amplía el rango del álbum, mostrando a Erra moviéndose entre pasajes agresivos, progresivos y más contenidos dentro de una misma estructura.

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More – Destructor (2026)
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A menos que uno tenga un interés obsesivo por la Nueva Ola del Heavy Metal Británico, More no es la clase de banda que uno estaría obligado a conocer, con apenas tres años de existencia y dos discos de heavy / hard rock de actitud ruda y cruda compensando la producción amateur y canciones un tanto básicas. Claro que haber tenido entre sus filas a Paul Mario Day, primer cantante de Iron Maiden y el segundo Paul más conocido que haya cantado en la Doncella de Hierro, le dé puntos de “culto”, pero mentiría si dijera que hay mucha más por donde agarrarlos.

A 44 años de su último álbum, More vuelven a las andadas con su flamante Destructor, editado de manera independiente este último 6 de marzo. Semejante cantidad de tiempo sería impresionante, pero hay un asterisco enorme en esto: como muchos grupos de la NWOBHM, More pasó por suficientes cambios de formación como para armar cinco o seis bandas más, y en el caso de estos londinenses llegó un punto donde, sorpresa sorpresa, ninguno de los miembros originales había quedado en el grupo. La formación actual tiene al bajista Barry “Baz” Nicholls como único integrante de alguna de las versiones de los ochentas de More, y con esto me refiero a que estuvo en la banda para editar un single en 1982, año de su separación, y luego estuvo en un par de las tantas reuniones del grupo en las décadas siguientes.

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Así que podemos decir que la conexión entre aquel More que grabara Warhead y Blood & Thunder y el More editando este nuevo álbum en 2026 es bastante tenue, casi podría decirse que inexistente más allá del nombre y el logo. Pero a pesar de ello, me acerqué a este disco con algo de curiosidad, más que nada porque la producción del álbum comenzó hace casi una década atrás, teniendo en el medio la muerte del guitarrista y productor Chris Tsangarides, leyenda de las perillas que trabajara con gente como Judas Priest, Thin Lizzy y Anthem, en 2018, como mayor obstáculo. Este álbum contiene las grabaciones de Tsangarides junto al otro guitarrista David John Ross.

No tengo problemas con decir que Destructor es, más allá de su portada fea hecha con IA, un trabajo hecho con un respeto enorme por el legado de More. El inicio se da con “Hearts on Fire” y su intro dramática a lo “Hellion” de Judas Priest, sin perder mucho tiempo hasta que aparezcan las voces de Mike Freeland, ex Praying Mantis y el otro “veterano” de la formación actual de More, con su estilo agudo y dramático, acompañado por guitarras pesadas. Es un buen comienzo, pero creo que el álbum agarra vuelo de verdad con la siguiente “Rocquiem”, que hace bastante para justificar semejante título, con sus riffs precisos y pasajes melódicos acompañados por esa batería retumbando, cortesía de Steve Rix.

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“Scream” es un track bastante más hardrockero, casi en la línea de algo que podría haber salido en los ochentas de parte de alguna banda glam pero bastante entretenida aunque se alargue un poco. “New World” me confirma que More logra los mejores momentos de Destructor cuando aprieta un poco el acelerador, dejando que la dupla de guitarras y el bombo brillen, y lo mismo se ve en “Immortal” y “Wolf Behind Your Eyes”. Pero el tema título “Destructor” demuestra un manejo llamativo de las atmósferas más densas y unos riffs más pesados y “modernos”, sin caer en ridiculeces en el proceso, mientras que la final “More” es un digno homenaje a la propia banda, con cierta onda rutera de rock de los setentas.

Como podría esperarse del último trabajo de Chris Tsangarides como productor, Destructor tiene un sonido claro y profesional: decir que es el álbum con mejor sonido de toda la discografía de More sería una obviedad y también sería obvio señalar que no tenía mucha competencia. Y las canciones son exactamente lo que cabría esperarse de una banda decente de tercera línea de la NWOBHM editando material nuevo en 2026, con un pie puesto en el heavy metal clásico y otro en el hard rock, y una postura desenfadada, ciertamente sin mucha preocupación por sonar “original” y más centrada en dar una excusa para mover un poco la cabeza mientras se los escucha.

Destructor no ganará un premio en ninguno de sus aspectos, y las circunstancias difíciles detrás de su producción pueden haber hecho que algunas partes estén un tanto atadas con alambre. pero es un álbum decente tirando a bueno de principio a fin para quien busque heavy metal bien clásico, aquel que se toma muy en serio su actitud de no tomarse súper en serio a sí mismo, y no mucho más. Como para darle unas cuantas vueltas, tocar unas guitarras de aire o hacer como que se toca la batería, y quedarse con un par de estribillos ahí revoloteando en la mente. Si eso era lo que More quería hacer, lo logró.

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Black Stone Cherry – Celebrate (2026)
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Celebrate, el nuevo trabajo de estudio de Black Stone Cherry, llega como un lanzamiento breve pero bastante representativo del sonido que la banda ha construido durante dos décadas; grabado en Bowling Green, Kentucky, su tierra natal y fue producido por las propia banda, el EP reúne seis temas originales y una versión de “Don’t You (Forget About Me)” con la participación de Tyler Connolly de Theory of a Deadman.

El resultado es un disco de rock and roll puro que mantiene la esencia del grupo, hard rock con raíces sureñas y una fuerte conexión con las experiencias personales de sus integrantes, algo muy común en ellos y que se vió muy marcado desde su álbum Folklore and Superstition (2008).

Desde el inicio con el tema que da nombre al EP, la banda deja claro que su intención no es reinventar el género, más bien se apoyan en lo que mejor saben hacer, canciones accesibles, coros pulidos y un enfoque muy honesto hacia el rock contemporáneo; en ese sentido, Celebrate se siente familiar dentro de la discografía de Black Stone Cherry, pero también demuestra que el grupo sigue encontrando pequeñas formas de mantener su propuesta sin cambiar radicalmente su fórmula.

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Uno de los puntos más destacados del disco es “Neon Eyes”, un tema que nació a partir de una idea grabada en un teléfono durante una prueba de sonido y que luego se convirtió en una canción completa dentro del proceso de composición del EP, esa forma espontánea de trabajar refleja bastante bien la filosofía de BSC, crear canciones a partir de momentos cotidianos de gira o de ensayo, algo que termina dando a su música un carácter muy natural y cercano con su fanaticada.

En contraste, el EP también presenta momentos más íntimos como “Deep”, una canción inspirada en una experiencia personal muy difícil del guitarrista Ben Wells y su esposa, relacionada con problemas de fertilidad y la pérdida de un embarazo, este tipo de letras muestran el lado más humano del grupo y refuerzan la idea de que muchas de las composiciones de Celebrate están ligadas a experiencias reales y emociones personales.

Celebrate no pretende cambiar el rumbo del hard rock ni redefinir el estilo de Black Stone Cherry, sin embargo, lo que sí consigue es reafirmar por qué la banda ha mantenido una base sólida de seguidores durante años y esa base muchos son rockeros de la vieja escuela que adoptaron esta agrupación a pesar de que no salió en los 80s o 90s y eso no es muy común.

 

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Teksuo – The Glow Before I Go (2026)
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Está claro que si hablamos de Teksuo, lo hacemos de una de las joyas de la corona dentro del metal contemporáneo actual, donde su combinación de estilos como el post hardcore, el metalcore más melódico, toques alternativos e incluso una pizca de pop punk, los han situado entre lo mejorcito del estilo en nuestro país.

Pero lejos de dormirse en los laureles, Diego y compañía han estrenado The Glow Before I Go, su nuevo disco donde continúan la senda transitada con su predecesor Endless de 2020, pero añadiendo ciertos toques modernos acorde con la actualidad de la banda y del género en si mismo.

El disco abre fuego con “Thirst For Fears”, un cañonazo marca de la casa, con un potente breakdown y un Diego que está pletórico a nivel vocal tanto en las partes melódicas como en las que son más agresivas.

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Lo mismo ocurre con el binomio “All You Wanted” y “Sailing to the Unknown”, soprendiendo la primera por ciertos guiños a bandas como Slipknot y Architects, una parte pausada exquisita y un final demoledor con unos “Screams” brutales acompañados de una base muy pesada y potente, mientras que la segunda es igual de intensa, pero presenta unos pasajes más modernos y que seguro conquistará a los que disfruten con bandas como BMTH, Sleep Token e incluso los Whitechapel de la era Kin.

El metalcore más clásico se hace presenten en “Sanctify My Ache”, un corte que podría haber formado parte de sus primeros trabajos, pero que se actualiza gracias a ciertos loops electrónicos que quedan muy bien y orgánicos.

La batería es una apisonadora, mientras que las guitarras escupen fuego a través de las cuerdas al más puro estilo Killswitch Engage o August Burns Red, haciendo las delicias de sus seguidores más “Old School”.

“Monochrome”, no solamente marca el ecuador del álbum, si no que presenta el sonido más alternativo de esta primera mitad del álbum, lo cual es de agradecer a nivel musical, ya que variamos un poquito el estilo antes de caer en la repetición constante.

La voz limpia de Diego es una absoluta maravilla y da gusto escucharlo en este registro, el cual va in crescendo de cara al estribillo, totalmente coreable y que seguro emociona a sus seguidores, para luego inyectarle músculo con algunas partes más cañeras, siendo uno de los mejores cortes del disco sin duda alguna.

El resto del disco circula una senda similar, combinando momentos muy melódicos con otros de gran agresividad que poco tienen que envidiar a bandas internacionales de moda.

Pero la sorpresa mayúscula sin duda es “De Piedra”, una delicada pieza, con un comienzo de guitarra que pone los pelos de punta nada más comenzar a sonar y cuya interpretación está íntegramente en castellano, por primera vez en un disco de Teksuo y que evoca una tristeza hermosa cual puñal clavado en mitad del cuerpo durante una fría tarde de invierno.

Es no solamente una de las 3 mejores canciones del disco, si no del toda la carrera de la banda y con la cual es casi imposible contener las lágrimas y la emoción al escucharla, sencillamente sin palabras y ojalá puedan seguir cantando en español en discos futuros, porque les queda muy bien.

Los chicos como he señalado al comienzo, continúan su evolución con paso firme y seguramente The Glow Before I Go, sea uno de sus mejores trabajos en conjunto y un espejo al que seguir de aquí en adelante.

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Belzebong – The End is High (2026)
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En el universo del stoner doom hay una regla no escrita: el riff manda. Y si hay una banda que llevó esa idea al extremo, esa es Belzebong. Desde que se formaron en 2008 en Kielce, Polonia, el cuarteto decidió eliminar por completo las voces y dejar que la música hablara sola. Nada de cantantes, nada de letras que te guíen el viaje. Solo riffs densos, groove narcótico y una atmósfera que parece salir directamente de una nube de humo verde.

Después de casi ocho años sin material de estudio nuevo, los polacos vuelven con The End Is High, su cuarto disco, ahora bajo el sello Heavy Psych Sounds. Y lo primero que queda claro al escucharlo es que Belzebong no vino a reinventarse: vino a recordarle al mundo por qué su fórmula sigue funcionando.

La propuesta de la banda siempre fue simple en teoría, pero difícil de ejecutar: stoner doom instrumental con una identidad muy marcada. En lugar de saturar todo con guitarras descontroladas, el grupo apuesta por un equilibrio muy cuidado entre los instrumentos. El fuzz está, claro, y en cantidades generosas, pero nunca aplasta al resto de la banda. Las guitarras flotan en esa zona perfecta donde dominan el paisaje sin comerse la dinámica del bajo ni la pegada de la batería.

Ese balance es clave, porque en ausencia de voces el peso narrativo cae completamente sobre la música. Y Belzebong entiende muy bien cómo construir ese relato. Cada tema funciona como un viaje propio, con momentos de tensión, secciones más espaciales y riffs que se repiten lo suficiente como para hipnotizarte sin volverse monótonos.

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El disco abre con “Bong & Chain”, una bestia de casi once minutos que deja claro desde el arranque que el grupo sigue fiel a su culto al riff. Es pesado, arrastrado y con una sensación de amenaza que se va acumulando lentamente. No hay prisa. Belzebong siempre trabajó con esa lógica: dejar que el groove crezca solo, como una marea lenta que termina arrastrándote.

Después aparece “420 Horsemen”, que levanta un poco la velocidad y le inyecta energía al disco. Dentro de lo que permite el doom, claro. Acá se siente un juego interesante entre las guitarras, con riffs que se responden y se superponen mientras la base rítmica mantiene todo firme. Es el tema más corto del álbum, pero también uno de los más dinámicos.

La mitad del disco la ocupa “Hempnotized”, que arranca con una introducción hablada mientras la pesadez se cocina en segundo plano. Cuando entra el riff principal, el tema se transforma en una especie de trance psicodélico. El bajo y la batería trabajan con una precisión casi ritual, sosteniendo una atmósfera que mezcla doom clásico con un aire psicodélico bastante marcado.

El cierre llega con “Reefer Mortis”, otro monstruo de casi diez minutos que termina de sellar la experiencia. Acá la banda baja todavía más el tempo en algunos pasajes, y ese ralentí extremo genera un clima oscuro y casi ceremonial. Los riffs caen como losas, uno detrás de otro, mientras pequeños detalles —como fragmentos hablados o cambios sutiles en la dinámica— mantienen el interés hasta el final.

Una de las virtudes del disco está en cómo maneja el tiempo. Son solo cuatro canciones, pero cada una supera los ocho minutos. En lugar de sentirse excesivo, el álbum fluye con naturalidad. Belzebong entiende perfectamente que en el stoner doom el secreto no es tocar más rápido ni más fuerte, sino crear el ambiente adecuado.

Y ahí es donde realmente brillan. Su música funciona casi como una banda sonora para un viaje mental. No te dicen qué sentir ni hacia dónde ir; simplemente te tiran dentro de ese mar de fuzz y te dejan explorar.

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También hay algo muy “old school” en su manera de hacer las cosas. En un género que a veces se vuelve repetitivo o demasiado cargado de clichés, Belzebong sigue apostando por la esencia: riffs sólidos, groove pesado y composiciones que priorizan la experiencia antes que el virtuosismo.

En total, The End Is High dura unos 35 minutos, y cuando termina queda esa sensación de haber pasado por un viaje corto pero intenso. Incluso podría haber durado un poco más sin problema. Pero quizás ahí está la gracia: te deja con ganas de volver a ponerlo desde el principio.

Después de tantos años de silencio discográfico, Belzebong demuestra que sigue siendo una de las propuestas más particulares dentro del stoner doom instrumental. No necesitan palabras para construir su mundo. Les alcanza con un buen riff, una base sólida y esa niebla psicodélica que siempre los rodea.

Al final, The End Is High es exactamente lo que promete: un viaje pesado, hipnótico y profundamente fumado. De esos discos que se disfrutan mejor con el volumen alto, los ojos cerrados y la cabeza moviéndose sola al ritmo del riff.

Y sí… Belzebong sigue sabiendo muy bien cómo llevarte de viaje.

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Acherontia – Pink S#!t Phantom Thunder (2026)
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El nuevo trabajo de Acherontia, Pink S#!t Phantom Thunder, muestra a la banda de L’Hospitalet en un momento de crecimiento claro respecto a su anterior etapa. La base de su sonido sigue siendo reconocible (sludge y stoner con riffs pesados, groove denso y gusto por el volumen extremo), pero aquí se percibe un grupo más abierto a experimentar dentro de ese marco. Las canciones no se limitan a encadenar riffs: aparecen cambios de dinámica, desarrollos más largos y finales que rompen la estructura habitual. El resultado mantiene la pegada de siempre, pero con una sensación de mayor ambición a la hora de construir los temas.

“#1 Spell” abre el disco con una mezcla de imaginería grotesca y fantástica que funciona casi como un ritual de bienvenida al universo del álbum. Ingredientes imposibles, criaturas extrañas y un ambiente oscuro sirven para presentar un mundo donde la oscuridad no se evita, sino que se abraza. Musicalmente es uno de los arranques más claros del disco: riff directo, ritmo marcado y una voz que alterna entre el tono rasgado y momentos más tensos. A nivel sonoro, el trabajo de producción de José González en La Atlántida Studios se nota desde el principio: guitarras densas pero definidas, bajo muy presente y una batería que suena sólida y seca cuando el tema lo exige.

En la parte central del álbum aparecen varios de los momentos más interesantes. “Plague” construye una atmósfera pesada que va creciendo poco a poco hasta desembocar en un tramo más agresivo, mientras “Witches” reduce ligeramente la intensidad para centrarse en un ambiente más inquietante (pero con un riff muy atrapante). En lo lírico, aquí el disco se mueve hacia imágenes más abstractas: masas oscuras que devoran todo a su paso, figuras seductoras que esconden algo peligroso o relaciones que terminan revelando un lado mucho más afilado de lo que parecía al principio, como ocurre en “Like Saws”.

La mezcla final y el mastering de Javier Roldón en Vacuum Mastering terminan de dar forma al conjunto. El disco suena grande y contundente, pero sin caer en una saturación constante que aplaste todos los matices. Las guitarras se abren en la mezcla, el bajo empuja los riffs con fuerza y la voz mantiene presencia incluso en los momentos más densos. Ese equilibrio permite que canciones como “Drill” o “No Way” destaquen no solo por su peso, sino también por los cambios internos que atraviesan a lo largo de sus minutos.

Entre los temas que pueden pasar más desapercibidos en una primera escucha está “Obsidiana”, una pieza más contenida que gira alrededor de un secreto compartido y de lo que queda cuando algo importante se rompe. La canción apuesta por un ritmo más lento y una atmósfera cargada que encaja con ese tono más introspectivo. El cierre llega con “Fornever”, donde el grupo estira la estructura y repite un estribillo obsesivo mientras la intensidad sube y baja hasta el final.

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Ergum – Ruinas de la peste (2026)
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Una impactante portada y un arte interior más llamativo si cabe nos dan la bienvenida a Ruinas de la peste, un festín de metal extremo en castellano de mano de Ergum.

Se trata de un álbum autoproducido pero sin nada de qué avergonzarse, a nivel de mucha de la música de primera línea en su género que sale con discográfica en nuestro país.

Aunque el álbum sale de fábrica en noviembre de 2025, no es hasta el 21 de febrero de 2026 que tiene lugar su presentación oficial en la sala Starving de Madrid junto a los muy afines Embloodyment. Un directo salvaje en una sala sorprendentemente llena para lo underground de la apuesta y para la competencia que ese sábado existía en la capital. Hicieron mucho ruido y sin duda van a seguir haciéndolo.

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¿Qué destacar de este álbum? desde luego su potencia: un death metal demoledor, caracterizado por piezas cortas e impactantes, con influencias tanto del black metal, thrash y grindcore. Un rompecuellos en toda regla.

Pero también sus letras, cantadas en castellano por la característica voz gutural de Edward Barragán, con una lírica propia de un Jorge Luís Borges cabreado y que tocan desde la crítica social a la ciencia ficción más cruda.

Los amantes de la literatura, podemos reconocer algunos títulos de interés, como “Los perros de Tíndalos”, de inspiración lovecraftiana, o “No tengo boca” inspirado en el clásico de Harlan Ellison.

La Diosa Putrefacción y el Dios del Laberinto también se dan cita en este álbum, que no está exento de crítica religiosa (“Vade retro sacerdote”, entre otras) y política (“Soy tu presidente: maldito mandatario”).

El disco se cierra con, “Suciedad de autores”, un corte breve y demoledor contra nuestra muy patria SGAE. Su opinión no puede quedar más clara.

Ruido, rabia, saliva, vísceras y palabras malditas. Espantoso: justo como nos gusta.

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Space Of Variations – Poisoned Art (2026)
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Con Poisoned Art, Space Of Variations reafirma su lugar dentro de la nueva ola del metalcore europeo. La banda ucraniana llega a 2026 con un disco intenso y directo que apuesta por una combinación muy efectiva de riffs pesados, breakdowns demoledores y estribillos pensados para quedarse en la cabeza. El álbum se mueve con naturalidad entre la agresividad más cruda y momentos melódicos bien construidos, demostrando que el grupo domina tanto la contundencia como la accesibilidad dentro de su sonido.

El arranque con “Tribe” marca inmediatamente el tono del trabajo. La canción comienza con un breve canto que funciona como introducción antes de que entren las guitarras y los sintetizadores con fuerza. La voz de Dima Kozhuhur irrumpe con gritos feroces que transmiten una rabia palpable, equilibrados por secciones de voz limpia muy bien producidas. El tema alterna intensidad y pausa hasta desembocar en un breakdown final explosivo acompañado de una batería frenética.

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Uno de los momentos más destacados llega con “Parallel Realities”. El tema inicia de forma más contenida, con guitarras suaves y una línea vocal limpia que crea una atmósfera casi onírica antes de que la canción crezca en intensidad. Cuando la batería entra en escena, el contraste entre melodía y agresividad se vuelve evidente. La combinación de sensibilidad pop con ataques vocales brutales convierte esta pieza en uno de los cortes más memorables del disco.

La energía vuelve a subir con “Doppelgänger”, una canción que destaca por su ritmo marcado y su muro de sonido constante. Aquí Space Of Variations explora una faceta más experimental al introducir sintetizadores y pequeñas secciones electrónicas que recuerdan a la estética del metalcore de principios de los años 2000. Incluso aparece un breve pasaje con un groove cercano al hip hop antes de que la furia vocal regrese con toda su intensidad.

En “Godlike”, el grupo entrega uno de los momentos más pesados del álbum. Riffs densos, batería contundente y una sensación de ataque constante dominan buena parte del tema, aunque el estribillo introduce una apertura melódica que eleva la canción. La estructura está cuidadosamente construida y cada elemento —instrumentación, voces y producción— se siente bien integrado dentro de una mezcla potente.

A lo largo de Poisoned Art, Space Of Variations demuestra una gran habilidad para combinar fuerza y dinamismo sin perder identidad. El disco está lleno de riffs contundentes, breakdowns efectivos y coros pegadizos, mientras que los detalles electrónicos aportan variedad al conjunto. Todo ello da forma a un álbum compacto que muestra a la banda en un momento creativo especialmente sólido dentro del metalcore actual.

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Dylan Gers – Melancholic Madman (2025)
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Hace unos pocos días surgió, como siempre en este medio, la posibilidad de concretar una entrevista con cierto artista emergente. Dicha entrevista fue llevada a cabo por Agustin Saccone, quien casualmente, también estuvo en el papel de entrevistado. En esta ocasión, la persona del otro lado de la pantalla fue Dylan Gers, joven músico de rock británico que se viene abriendo paso desde hace poco tiempo con una lista de singles y que lanzó el año pasado su ahora primer material recopilatorio en formato de EP, Melancholic Madman.

Dylan, de apenas un cuarto de siglo, estuvo hablando con Agustín y contándole muchas cosas de lo hecho y lo venidero y como suele ser en este medio, nunca está de más acompañar esas entrevistas con una reseña sobre el material tratado.

Por ello me dispuse este sábado de equinoccio otoñal darles mi opinión de este nuevo álbum.

Melancholic Madman es una obra de rock alternativo y psicodélico con influencias o similitudes a bandas como The Cure, U2, Midnight Oil y otros grandes artistas. Con vestigios bluseros, Dylan encara esto como un proyecto unipersonal haciendo cargo de prácticamente todo, pero con un claro dominio de las guitarras y voces.

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“Feel My Heart” es la pieza que da inicio, que con poco mas de 3 minutos y guitarras limpias acompañados de un estribillo que se hace escuchar recién a la segunda vuelta, deja muy claro de que va este nuevo EP.

Luego continua con “Talisman” que me gusta todavía más que su predecesora. Un punteo bien ejecutado al inicio abre las puertas para un narrador que pareciera estar divagando sobre la perdida de su esencia personal. El cierre es maravilloso. “Moonlight Lies” con un tempo más cercano al de una balada es lo que sigue. Una gran pieza que transita pura tranquilidad para terminar generando incomodidad con lo que pareciera ser el sonido de un theremín.

El disco termina con “Young Boy”, una canción que realmente denota una sensación de melancolía, aquella que da título al mismo.

Un EP que Dylan construyó de manera genuina, con cada uno de los instrumentos que están al alcance de su mano, en su habitación. Sin usar atajos, el joven músico redondea un gran inicio de carrera que seguramente verá un constante crecimiento en los años venideros. Melancholic Madman no es solo música personal, si no una construcción musical meramente artística y orgánica, totalmente alejada de lo que son las producciones industriales que hasta el más iniciado de los músicos suele perseguir.

 

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The Gems – Year of the Snake (2026)
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Tras un más que interesante debut como lo fue Phoenix, las hard rockeras suecas The Gems vuelven este año con su segundo disco Year of the Snake, con el cual pretenden dar un golpe sobre la mesa y comenzar a establecerse dentro de la escena rockera actual.

Y lo cierto que tras escuchar las 14 canciones del álbum, Guernica Mancini y compañía han cumplido y con nota lo que se esperaba de ellas, comenzando directamente con el corte que da título al disco y que es un cañonazo de hard rock moderno, con aroma clásico y con el ADN particular que estas tres chicas tienen y demostraron en su antigua banda.

Con el siguiente corte que es “Gravity” y donde cuentan con la colaboración especial de Tommy Johansson (Sabaton/Majestica), The Gems nos ofrecen un poco de variación inclinada hacia el AOR y el hard rock más radiable, pero con un gran resultado final y sin pasarse de dulzonas.

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Luego comienza el bloque donde la fruta se abre y podemos encontrar diversos matices de las chicas, desde el toque medio blues rock en “Diamond in the Rough” y “Let it Go”, ambas con su inyección de melodía, pero no sonando iguales a las primeras dos canciones del disco, lo cual aporta calidad al mismo.

Pero el trío no solamente se reduce a la figura de su cantante y es que Mona Lindgren, vuelve a brillar con sus seis cuerdas y el sonido que le saca a las mismas, tanto en los solos como en las partes más rítmicas, demostrando que no hace falta ir de “Guitar Heroine”, para sobresalir en su trabajo.

Luego cortes como “Forgive and Forget”, oxigenan al disco tanto a nivel sonoro como rítmico, ya que es una suerte de “Power Ballad”, donde Mancini vuelve a embelesarnos con su vozarrón y pone los pelos de punta al oyente desde el minuto uno en el que pulsas play a la canción.

El último tramo quizás no genera tanta emoción como el arranque del disco, pero complementa bastante bien y lo acaba cerrando de forma notable.

Quizás el único punto “negativo” de este trabajo de The Gems, sea el tracklist y es que 14 canciones, todas en un estilo más o menos similar, pueden acabar por atragantarse, pero no impide que el disco sea muy disfrutable y las sitúe como uno de los nombres más destacados dentro de su escena en la actualidad.

Pero con un disco tan sólido y con ninguna grieta ni confusión en su conjunto, The Gems evidencian que su evolución continúa la dirección correcta y habrá que estar muy atentos hacia donde son capaces de llegar.

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Erra – Silence Outlives The Earth (2026)
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Erra regresa con silence outlives the earth, su séptimo álbum de estudio, marcando un nuevo paso en su evolución dentro del metalcore progresivo. A dos años de CURE, el grupo retoma varios de los elementos que definieron su identidad, pero con una ejecución más pulida y enfocada. Este nuevo material muestra a la banda consolidada, con una propuesta que combina técnica, melodía y una atmósfera constante que atraviesa todo el disco.

Los adelantos “gore of being” y “echo sonata” ya anticipaban la dirección del álbum. La primera recupera el carácter técnico del grupo con riffs elaborados y una dinámica marcada entre la agresividad de JT Cavey y las melodías de Jesse Cash. En cambio, “echo sonata” se inclina hacia un enfoque más melódico, con guitarras limpias y una carga emocional más marcada, apoyada en arreglos detallados y una producción clara.

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Desde el inicio, “stelliform” establece el tono del disco, combinando pasajes técnicos con momentos más accesibles. La interacción entre guitarras y voces mantiene un equilibrio constante, mientras que “further eden” introduce cambios de dinámica más notorios, alternando secciones más contenidas con irrupciones de mayor peso. En este tema, la base rítmica gana protagonismo antes de dar paso a uno de los momentos más intensos del álbum.

El álbum también abre espacio para composiciones más melódicas como “black cloud”, donde predominan las voces limpias y una instrumentación más ligera. Este enfoque convive con canciones como “cicada siren”, que retoma una dirección más pesada y rítmica, incorporando grooves marcados y una ejecución precisa en batería y guitarras, manteniendo el equilibrio entre agresividad y detalle técnico.

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En la segunda mitad, “lucid threshold” y “spiral (of liminal infinity)” refuerzan la cohesión del trabajo, sosteniendo una atmósfera introspectiva y un uso constante de contrastes entre secciones melódicas y pesadas. Ambas canciones destacan por su estructura y por cómo integran los distintos elementos del sonido de la banda sin perder fluidez.

El cierre se desarrolla a través de “i. the many names of god”, “ii. in the gut of the wolf” y “iii. twilight in the reflection of dreams”, una secuencia que concentra los momentos más extremos del disco, tanto en intensidad como en construcción. Estas tres partes funcionan como un bloque final que amplía el rango del álbum, mostrando a Erra moviéndose entre pasajes agresivos, progresivos y más contenidos dentro de una misma estructura.

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More – Destructor (2026)
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A menos que uno tenga un interés obsesivo por la Nueva Ola del Heavy Metal Británico, More no es la clase de banda que uno estaría obligado a conocer, con apenas tres años de existencia y dos discos de heavy / hard rock de actitud ruda y cruda compensando la producción amateur y canciones un tanto básicas. Claro que haber tenido entre sus filas a Paul Mario Day, primer cantante de Iron Maiden y el segundo Paul más conocido que haya cantado en la Doncella de Hierro, le dé puntos de “culto”, pero mentiría si dijera que hay mucha más por donde agarrarlos.

A 44 años de su último álbum, More vuelven a las andadas con su flamante Destructor, editado de manera independiente este último 6 de marzo. Semejante cantidad de tiempo sería impresionante, pero hay un asterisco enorme en esto: como muchos grupos de la NWOBHM, More pasó por suficientes cambios de formación como para armar cinco o seis bandas más, y en el caso de estos londinenses llegó un punto donde, sorpresa sorpresa, ninguno de los miembros originales había quedado en el grupo. La formación actual tiene al bajista Barry “Baz” Nicholls como único integrante de alguna de las versiones de los ochentas de More, y con esto me refiero a que estuvo en la banda para editar un single en 1982, año de su separación, y luego estuvo en un par de las tantas reuniones del grupo en las décadas siguientes.

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Así que podemos decir que la conexión entre aquel More que grabara Warhead y Blood & Thunder y el More editando este nuevo álbum en 2026 es bastante tenue, casi podría decirse que inexistente más allá del nombre y el logo. Pero a pesar de ello, me acerqué a este disco con algo de curiosidad, más que nada porque la producción del álbum comenzó hace casi una década atrás, teniendo en el medio la muerte del guitarrista y productor Chris Tsangarides, leyenda de las perillas que trabajara con gente como Judas Priest, Thin Lizzy y Anthem, en 2018, como mayor obstáculo. Este álbum contiene las grabaciones de Tsangarides junto al otro guitarrista David John Ross.

No tengo problemas con decir que Destructor es, más allá de su portada fea hecha con IA, un trabajo hecho con un respeto enorme por el legado de More. El inicio se da con “Hearts on Fire” y su intro dramática a lo “Hellion” de Judas Priest, sin perder mucho tiempo hasta que aparezcan las voces de Mike Freeland, ex Praying Mantis y el otro “veterano” de la formación actual de More, con su estilo agudo y dramático, acompañado por guitarras pesadas. Es un buen comienzo, pero creo que el álbum agarra vuelo de verdad con la siguiente “Rocquiem”, que hace bastante para justificar semejante título, con sus riffs precisos y pasajes melódicos acompañados por esa batería retumbando, cortesía de Steve Rix.

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“Scream” es un track bastante más hardrockero, casi en la línea de algo que podría haber salido en los ochentas de parte de alguna banda glam pero bastante entretenida aunque se alargue un poco. “New World” me confirma que More logra los mejores momentos de Destructor cuando aprieta un poco el acelerador, dejando que la dupla de guitarras y el bombo brillen, y lo mismo se ve en “Immortal” y “Wolf Behind Your Eyes”. Pero el tema título “Destructor” demuestra un manejo llamativo de las atmósferas más densas y unos riffs más pesados y “modernos”, sin caer en ridiculeces en el proceso, mientras que la final “More” es un digno homenaje a la propia banda, con cierta onda rutera de rock de los setentas.

Como podría esperarse del último trabajo de Chris Tsangarides como productor, Destructor tiene un sonido claro y profesional: decir que es el álbum con mejor sonido de toda la discografía de More sería una obviedad y también sería obvio señalar que no tenía mucha competencia. Y las canciones son exactamente lo que cabría esperarse de una banda decente de tercera línea de la NWOBHM editando material nuevo en 2026, con un pie puesto en el heavy metal clásico y otro en el hard rock, y una postura desenfadada, ciertamente sin mucha preocupación por sonar “original” y más centrada en dar una excusa para mover un poco la cabeza mientras se los escucha.

Destructor no ganará un premio en ninguno de sus aspectos, y las circunstancias difíciles detrás de su producción pueden haber hecho que algunas partes estén un tanto atadas con alambre. pero es un álbum decente tirando a bueno de principio a fin para quien busque heavy metal bien clásico, aquel que se toma muy en serio su actitud de no tomarse súper en serio a sí mismo, y no mucho más. Como para darle unas cuantas vueltas, tocar unas guitarras de aire o hacer como que se toca la batería, y quedarse con un par de estribillos ahí revoloteando en la mente. Si eso era lo que More quería hacer, lo logró.

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Black Stone Cherry – Celebrate (2026)
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Celebrate, el nuevo trabajo de estudio de Black Stone Cherry, llega como un lanzamiento breve pero bastante representativo del sonido que la banda ha construido durante dos décadas; grabado en Bowling Green, Kentucky, su tierra natal y fue producido por las propia banda, el EP reúne seis temas originales y una versión de “Don’t You (Forget About Me)” con la participación de Tyler Connolly de Theory of a Deadman.

El resultado es un disco de rock and roll puro que mantiene la esencia del grupo, hard rock con raíces sureñas y una fuerte conexión con las experiencias personales de sus integrantes, algo muy común en ellos y que se vió muy marcado desde su álbum Folklore and Superstition (2008).

Desde el inicio con el tema que da nombre al EP, la banda deja claro que su intención no es reinventar el género, más bien se apoyan en lo que mejor saben hacer, canciones accesibles, coros pulidos y un enfoque muy honesto hacia el rock contemporáneo; en ese sentido, Celebrate se siente familiar dentro de la discografía de Black Stone Cherry, pero también demuestra que el grupo sigue encontrando pequeñas formas de mantener su propuesta sin cambiar radicalmente su fórmula.

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Uno de los puntos más destacados del disco es “Neon Eyes”, un tema que nació a partir de una idea grabada en un teléfono durante una prueba de sonido y que luego se convirtió en una canción completa dentro del proceso de composición del EP, esa forma espontánea de trabajar refleja bastante bien la filosofía de BSC, crear canciones a partir de momentos cotidianos de gira o de ensayo, algo que termina dando a su música un carácter muy natural y cercano con su fanaticada.

En contraste, el EP también presenta momentos más íntimos como “Deep”, una canción inspirada en una experiencia personal muy difícil del guitarrista Ben Wells y su esposa, relacionada con problemas de fertilidad y la pérdida de un embarazo, este tipo de letras muestran el lado más humano del grupo y refuerzan la idea de que muchas de las composiciones de Celebrate están ligadas a experiencias reales y emociones personales.

Celebrate no pretende cambiar el rumbo del hard rock ni redefinir el estilo de Black Stone Cherry, sin embargo, lo que sí consigue es reafirmar por qué la banda ha mantenido una base sólida de seguidores durante años y esa base muchos son rockeros de la vieja escuela que adoptaron esta agrupación a pesar de que no salió en los 80s o 90s y eso no es muy común.

 

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Teksuo – The Glow Before I Go (2026)
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Está claro que si hablamos de Teksuo, lo hacemos de una de las joyas de la corona dentro del metal contemporáneo actual, donde su combinación de estilos como el post hardcore, el metalcore más melódico, toques alternativos e incluso una pizca de pop punk, los han situado entre lo mejorcito del estilo en nuestro país.

Pero lejos de dormirse en los laureles, Diego y compañía han estrenado The Glow Before I Go, su nuevo disco donde continúan la senda transitada con su predecesor Endless de 2020, pero añadiendo ciertos toques modernos acorde con la actualidad de la banda y del género en si mismo.

El disco abre fuego con “Thirst For Fears”, un cañonazo marca de la casa, con un potente breakdown y un Diego que está pletórico a nivel vocal tanto en las partes melódicas como en las que son más agresivas.

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Lo mismo ocurre con el binomio “All You Wanted” y “Sailing to the Unknown”, soprendiendo la primera por ciertos guiños a bandas como Slipknot y Architects, una parte pausada exquisita y un final demoledor con unos “Screams” brutales acompañados de una base muy pesada y potente, mientras que la segunda es igual de intensa, pero presenta unos pasajes más modernos y que seguro conquistará a los que disfruten con bandas como BMTH, Sleep Token e incluso los Whitechapel de la era Kin.

El metalcore más clásico se hace presenten en “Sanctify My Ache”, un corte que podría haber formado parte de sus primeros trabajos, pero que se actualiza gracias a ciertos loops electrónicos que quedan muy bien y orgánicos.

La batería es una apisonadora, mientras que las guitarras escupen fuego a través de las cuerdas al más puro estilo Killswitch Engage o August Burns Red, haciendo las delicias de sus seguidores más “Old School”.

“Monochrome”, no solamente marca el ecuador del álbum, si no que presenta el sonido más alternativo de esta primera mitad del álbum, lo cual es de agradecer a nivel musical, ya que variamos un poquito el estilo antes de caer en la repetición constante.

La voz limpia de Diego es una absoluta maravilla y da gusto escucharlo en este registro, el cual va in crescendo de cara al estribillo, totalmente coreable y que seguro emociona a sus seguidores, para luego inyectarle músculo con algunas partes más cañeras, siendo uno de los mejores cortes del disco sin duda alguna.

El resto del disco circula una senda similar, combinando momentos muy melódicos con otros de gran agresividad que poco tienen que envidiar a bandas internacionales de moda.

Pero la sorpresa mayúscula sin duda es “De Piedra”, una delicada pieza, con un comienzo de guitarra que pone los pelos de punta nada más comenzar a sonar y cuya interpretación está íntegramente en castellano, por primera vez en un disco de Teksuo y que evoca una tristeza hermosa cual puñal clavado en mitad del cuerpo durante una fría tarde de invierno.

Es no solamente una de las 3 mejores canciones del disco, si no del toda la carrera de la banda y con la cual es casi imposible contener las lágrimas y la emoción al escucharla, sencillamente sin palabras y ojalá puedan seguir cantando en español en discos futuros, porque les queda muy bien.

Los chicos como he señalado al comienzo, continúan su evolución con paso firme y seguramente The Glow Before I Go, sea uno de sus mejores trabajos en conjunto y un espejo al que seguir de aquí en adelante.

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Belzebong – The End is High (2026)
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En el universo del stoner doom hay una regla no escrita: el riff manda. Y si hay una banda que llevó esa idea al extremo, esa es Belzebong. Desde que se formaron en 2008 en Kielce, Polonia, el cuarteto decidió eliminar por completo las voces y dejar que la música hablara sola. Nada de cantantes, nada de letras que te guíen el viaje. Solo riffs densos, groove narcótico y una atmósfera que parece salir directamente de una nube de humo verde.

Después de casi ocho años sin material de estudio nuevo, los polacos vuelven con The End Is High, su cuarto disco, ahora bajo el sello Heavy Psych Sounds. Y lo primero que queda claro al escucharlo es que Belzebong no vino a reinventarse: vino a recordarle al mundo por qué su fórmula sigue funcionando.

La propuesta de la banda siempre fue simple en teoría, pero difícil de ejecutar: stoner doom instrumental con una identidad muy marcada. En lugar de saturar todo con guitarras descontroladas, el grupo apuesta por un equilibrio muy cuidado entre los instrumentos. El fuzz está, claro, y en cantidades generosas, pero nunca aplasta al resto de la banda. Las guitarras flotan en esa zona perfecta donde dominan el paisaje sin comerse la dinámica del bajo ni la pegada de la batería.

Ese balance es clave, porque en ausencia de voces el peso narrativo cae completamente sobre la música. Y Belzebong entiende muy bien cómo construir ese relato. Cada tema funciona como un viaje propio, con momentos de tensión, secciones más espaciales y riffs que se repiten lo suficiente como para hipnotizarte sin volverse monótonos.

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El disco abre con “Bong & Chain”, una bestia de casi once minutos que deja claro desde el arranque que el grupo sigue fiel a su culto al riff. Es pesado, arrastrado y con una sensación de amenaza que se va acumulando lentamente. No hay prisa. Belzebong siempre trabajó con esa lógica: dejar que el groove crezca solo, como una marea lenta que termina arrastrándote.

Después aparece “420 Horsemen”, que levanta un poco la velocidad y le inyecta energía al disco. Dentro de lo que permite el doom, claro. Acá se siente un juego interesante entre las guitarras, con riffs que se responden y se superponen mientras la base rítmica mantiene todo firme. Es el tema más corto del álbum, pero también uno de los más dinámicos.

La mitad del disco la ocupa “Hempnotized”, que arranca con una introducción hablada mientras la pesadez se cocina en segundo plano. Cuando entra el riff principal, el tema se transforma en una especie de trance psicodélico. El bajo y la batería trabajan con una precisión casi ritual, sosteniendo una atmósfera que mezcla doom clásico con un aire psicodélico bastante marcado.

El cierre llega con “Reefer Mortis”, otro monstruo de casi diez minutos que termina de sellar la experiencia. Acá la banda baja todavía más el tempo en algunos pasajes, y ese ralentí extremo genera un clima oscuro y casi ceremonial. Los riffs caen como losas, uno detrás de otro, mientras pequeños detalles —como fragmentos hablados o cambios sutiles en la dinámica— mantienen el interés hasta el final.

Una de las virtudes del disco está en cómo maneja el tiempo. Son solo cuatro canciones, pero cada una supera los ocho minutos. En lugar de sentirse excesivo, el álbum fluye con naturalidad. Belzebong entiende perfectamente que en el stoner doom el secreto no es tocar más rápido ni más fuerte, sino crear el ambiente adecuado.

Y ahí es donde realmente brillan. Su música funciona casi como una banda sonora para un viaje mental. No te dicen qué sentir ni hacia dónde ir; simplemente te tiran dentro de ese mar de fuzz y te dejan explorar.

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También hay algo muy “old school” en su manera de hacer las cosas. En un género que a veces se vuelve repetitivo o demasiado cargado de clichés, Belzebong sigue apostando por la esencia: riffs sólidos, groove pesado y composiciones que priorizan la experiencia antes que el virtuosismo.

En total, The End Is High dura unos 35 minutos, y cuando termina queda esa sensación de haber pasado por un viaje corto pero intenso. Incluso podría haber durado un poco más sin problema. Pero quizás ahí está la gracia: te deja con ganas de volver a ponerlo desde el principio.

Después de tantos años de silencio discográfico, Belzebong demuestra que sigue siendo una de las propuestas más particulares dentro del stoner doom instrumental. No necesitan palabras para construir su mundo. Les alcanza con un buen riff, una base sólida y esa niebla psicodélica que siempre los rodea.

Al final, The End Is High es exactamente lo que promete: un viaje pesado, hipnótico y profundamente fumado. De esos discos que se disfrutan mejor con el volumen alto, los ojos cerrados y la cabeza moviéndose sola al ritmo del riff.

Y sí… Belzebong sigue sabiendo muy bien cómo llevarte de viaje.

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Acherontia – Pink S#!t Phantom Thunder (2026)
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El nuevo trabajo de Acherontia, Pink S#!t Phantom Thunder, muestra a la banda de L’Hospitalet en un momento de crecimiento claro respecto a su anterior etapa. La base de su sonido sigue siendo reconocible (sludge y stoner con riffs pesados, groove denso y gusto por el volumen extremo), pero aquí se percibe un grupo más abierto a experimentar dentro de ese marco. Las canciones no se limitan a encadenar riffs: aparecen cambios de dinámica, desarrollos más largos y finales que rompen la estructura habitual. El resultado mantiene la pegada de siempre, pero con una sensación de mayor ambición a la hora de construir los temas.

“#1 Spell” abre el disco con una mezcla de imaginería grotesca y fantástica que funciona casi como un ritual de bienvenida al universo del álbum. Ingredientes imposibles, criaturas extrañas y un ambiente oscuro sirven para presentar un mundo donde la oscuridad no se evita, sino que se abraza. Musicalmente es uno de los arranques más claros del disco: riff directo, ritmo marcado y una voz que alterna entre el tono rasgado y momentos más tensos. A nivel sonoro, el trabajo de producción de José González en La Atlántida Studios se nota desde el principio: guitarras densas pero definidas, bajo muy presente y una batería que suena sólida y seca cuando el tema lo exige.

En la parte central del álbum aparecen varios de los momentos más interesantes. “Plague” construye una atmósfera pesada que va creciendo poco a poco hasta desembocar en un tramo más agresivo, mientras “Witches” reduce ligeramente la intensidad para centrarse en un ambiente más inquietante (pero con un riff muy atrapante). En lo lírico, aquí el disco se mueve hacia imágenes más abstractas: masas oscuras que devoran todo a su paso, figuras seductoras que esconden algo peligroso o relaciones que terminan revelando un lado mucho más afilado de lo que parecía al principio, como ocurre en “Like Saws”.

La mezcla final y el mastering de Javier Roldón en Vacuum Mastering terminan de dar forma al conjunto. El disco suena grande y contundente, pero sin caer en una saturación constante que aplaste todos los matices. Las guitarras se abren en la mezcla, el bajo empuja los riffs con fuerza y la voz mantiene presencia incluso en los momentos más densos. Ese equilibrio permite que canciones como “Drill” o “No Way” destaquen no solo por su peso, sino también por los cambios internos que atraviesan a lo largo de sus minutos.

Entre los temas que pueden pasar más desapercibidos en una primera escucha está “Obsidiana”, una pieza más contenida que gira alrededor de un secreto compartido y de lo que queda cuando algo importante se rompe. La canción apuesta por un ritmo más lento y una atmósfera cargada que encaja con ese tono más introspectivo. El cierre llega con “Fornever”, donde el grupo estira la estructura y repite un estribillo obsesivo mientras la intensidad sube y baja hasta el final.

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Ergum – Ruinas de la peste (2026)
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Una impactante portada y un arte interior más llamativo si cabe nos dan la bienvenida a Ruinas de la peste, un festín de metal extremo en castellano de mano de Ergum.

Se trata de un álbum autoproducido pero sin nada de qué avergonzarse, a nivel de mucha de la música de primera línea en su género que sale con discográfica en nuestro país.

Aunque el álbum sale de fábrica en noviembre de 2025, no es hasta el 21 de febrero de 2026 que tiene lugar su presentación oficial en la sala Starving de Madrid junto a los muy afines Embloodyment. Un directo salvaje en una sala sorprendentemente llena para lo underground de la apuesta y para la competencia que ese sábado existía en la capital. Hicieron mucho ruido y sin duda van a seguir haciéndolo.

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¿Qué destacar de este álbum? desde luego su potencia: un death metal demoledor, caracterizado por piezas cortas e impactantes, con influencias tanto del black metal, thrash y grindcore. Un rompecuellos en toda regla.

Pero también sus letras, cantadas en castellano por la característica voz gutural de Edward Barragán, con una lírica propia de un Jorge Luís Borges cabreado y que tocan desde la crítica social a la ciencia ficción más cruda.

Los amantes de la literatura, podemos reconocer algunos títulos de interés, como “Los perros de Tíndalos”, de inspiración lovecraftiana, o “No tengo boca” inspirado en el clásico de Harlan Ellison.

La Diosa Putrefacción y el Dios del Laberinto también se dan cita en este álbum, que no está exento de crítica religiosa (“Vade retro sacerdote”, entre otras) y política (“Soy tu presidente: maldito mandatario”).

El disco se cierra con, “Suciedad de autores”, un corte breve y demoledor contra nuestra muy patria SGAE. Su opinión no puede quedar más clara.

Ruido, rabia, saliva, vísceras y palabras malditas. Espantoso: justo como nos gusta.

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Space Of Variations – Poisoned Art (2026)
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Con Poisoned Art, Space Of Variations reafirma su lugar dentro de la nueva ola del metalcore europeo. La banda ucraniana llega a 2026 con un disco intenso y directo que apuesta por una combinación muy efectiva de riffs pesados, breakdowns demoledores y estribillos pensados para quedarse en la cabeza. El álbum se mueve con naturalidad entre la agresividad más cruda y momentos melódicos bien construidos, demostrando que el grupo domina tanto la contundencia como la accesibilidad dentro de su sonido.

El arranque con “Tribe” marca inmediatamente el tono del trabajo. La canción comienza con un breve canto que funciona como introducción antes de que entren las guitarras y los sintetizadores con fuerza. La voz de Dima Kozhuhur irrumpe con gritos feroces que transmiten una rabia palpable, equilibrados por secciones de voz limpia muy bien producidas. El tema alterna intensidad y pausa hasta desembocar en un breakdown final explosivo acompañado de una batería frenética.

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Uno de los momentos más destacados llega con “Parallel Realities”. El tema inicia de forma más contenida, con guitarras suaves y una línea vocal limpia que crea una atmósfera casi onírica antes de que la canción crezca en intensidad. Cuando la batería entra en escena, el contraste entre melodía y agresividad se vuelve evidente. La combinación de sensibilidad pop con ataques vocales brutales convierte esta pieza en uno de los cortes más memorables del disco.

La energía vuelve a subir con “Doppelgänger”, una canción que destaca por su ritmo marcado y su muro de sonido constante. Aquí Space Of Variations explora una faceta más experimental al introducir sintetizadores y pequeñas secciones electrónicas que recuerdan a la estética del metalcore de principios de los años 2000. Incluso aparece un breve pasaje con un groove cercano al hip hop antes de que la furia vocal regrese con toda su intensidad.

En “Godlike”, el grupo entrega uno de los momentos más pesados del álbum. Riffs densos, batería contundente y una sensación de ataque constante dominan buena parte del tema, aunque el estribillo introduce una apertura melódica que eleva la canción. La estructura está cuidadosamente construida y cada elemento —instrumentación, voces y producción— se siente bien integrado dentro de una mezcla potente.

A lo largo de Poisoned Art, Space Of Variations demuestra una gran habilidad para combinar fuerza y dinamismo sin perder identidad. El disco está lleno de riffs contundentes, breakdowns efectivos y coros pegadizos, mientras que los detalles electrónicos aportan variedad al conjunto. Todo ello da forma a un álbum compacto que muestra a la banda en un momento creativo especialmente sólido dentro del metalcore actual.

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