


Siempre hay que ser honesto en la vida, así que no voy a dejar de seguir ese camino nunca, por lo cual no quiero engañar a nadie, hablar de este nuevo disco de Neurosis, para mi ha sido un gran desafío y una gran responsabilidad, primero por lo que representa la banda en mi vida y segundo porque es un disco al cual le falta una pieza clave, que lamentablemente tiró por tierra su carrera, debido a unas acciones impropias, lamentables y que al menos para mi, han supuesto una gran decepción hacía esa persona, la cual no es otra que Scott Kelly.
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Pero como de todas las crisis se puede salir y remontar el vuelo cual ave fénix, la banda ha parado la pelota, reflexionado y entre todos han vuelto a ser esa banda atrapante, pesada, intensa, reflexiva y arrolladora que siempre fueron. El resultado de esto es An Undying Love For a Burning World, su primer álbum en una década y donde el conjunto de todos brilla como uno sólo bajo lo que representan: NEUROSIS.
Como estos tipos juegan en otra liga, para este retorno certificaron una jugada estratégica (casi) perfecta y esta no es otra que el fichaje del señor Aaron Turner, conocido por su gran labor al frente de Isis (otra de las vacas sagradas dentro del sludge y el post metal), quién ha entendido como pocos lo que significa ponerle voz a las canciones de la banda norteamericana y reflejar por medio de ellas, la ansiedad dentro de una sociedad que vive en plena crisis, pero muchas (y por que no todas) veces gran parte de ella, prefiere mirar hacia otro lado, la intensidad y caos que se vive en la actualidad y como la música es una válvula de escape para muchos de nosotros.
El disco como siempre no se excede en cantidad de canciones, sin embargo las ocho piezas rebasan la hora de duración, con lo cual podemos esperar exactamente lo que vinimos a buscar: Una colección de piezas musicales y artísticas, las cuales merecen su debido tiempo y espacio, antes de poder entender dentro del caos, que aquí nuevamente hay oro macizo para pulir.
Ni siquiera los 53 segundos de “We Are Torn Wide Open”, son simplemente la introducción al disco, es un grito desgarrador de una herida que tenemos abierta y que no sabemos como curarla, observando incrédulos como cicatriza y se vuelve a abrir en un descuido.
“Mirror Deep” echa sal sobre la carne viva y los riffs pesados hacen aún más intenso el dolor, para pasar a un puente tenebroso y que genera una “falsa” sensación de calma, que puede hacerte pensar que Neurosis han bajado la intensidad, pues no amigo, el siguiente tramo de la canción es una patada en la cara que te noquea y la cual vas a tener que escuchar repetidas veces para entender como la banda ha plasmado a la perfección todo lo que han representado en sus cuatro décadas de trayectoria.
Los nueve minutos de “Blind”, que no os paséis de listos, no es un cover del mítico himno popularizado por Korn,si no un descenso al fango más pegajoso y denso que haya en cualquier pantano, con unas guitarras cortantes y la voz de Turner que hace añicos ya no solamente nuestros oídos si no también nuestras almas, dando una clase magistral de como a través de la desesperación, se puede hacer una canción impresionante.
“Untethered” es algo más inmediata que otras piezas del álbum, pero entendamos que hablamos de Neurosis, aquí nada es de fácil digestión, todo lleva al pensamiento profundo, al análisis casi obsesivo para entender como estos tipos tras 12 discos de estudio pueden aún descolocar todo tu universo y hacerlo trizas en unos pocos minutos.
Y quizás en “In The Waiting Hours”, con esa introducción tan triste y fría como hermosa y atrapante, vemos la joya de la corona dentro del disco, con minutos de melancolía instrumental que dan lugar a la reflexión a solas bajo un hilo de luz entre las paredes de tu habitación, para de forma progresiva ir liberando esos demonios internos que siempre nos atacan o simplemente tenemos dentro de uno o una misma.
Neurosis no solamente han vuelto por todo lo alto, han vuelto a dejar otro testimonio imponente de como hacer frente al dolor, la angustia, el caos y la supervivencia, plasmado en canciones largas, pesadas, abrumadoras y que aún así, son absolutamente necesarias.


My Body to the Worms, es la última entrega de los australianos Mammon’s Throne, el tercer álbum de estudio en su carrera, iniciada en 2019 y, debo confesar, el primero que cae en mis manos. Ha sido un sorprendente hallazgo: el funeral slam ha infectado mi cerebro.
Se trata de un disco pesado, ominoso, pegadizo y con una sólida calidad musical. Cuarenta y dos minutos de discurso profético repartidos en siete largas pistas, cada una con sus propias señas de identidad.
“Senseless Death” sienta el tono de todo el trabajo: un death metal que se acerca al doom y al black metal. Casi diez minutos de canción, pero con varios cambios que hacen que no suene para nada monótona y que abarcan desde lo instrumental a lo vocal, ya que alterna los guturales de Matthew Miller con algunos pasajes de voz limpia, muy profunda, teatral y llena de matices.
La segunda pieza, “Clandestine Unholy Rites”, no es una canción al uso, sino un corte de tono atmosférico, casi cinematográfico, que incluye sonidos ambientales propios de un cementerio embrujado. Campanas lejanas, tenebrosos susurros y chillidos de animales nos dan paso a la que es en mi opinión, la pieza más memorable del álbum.
Y es que “Elixir” lo tiene todo: es pegadiza, es potente, es oscura y es una canción referencial, pues su protagonista principal es Nosferatu, ¡con un giro! Si bien la letra encaja con lo que conocemos de esta figura vampírica, en el videoclip está encarnado por una mujer (Bailey Dior, estupenda en el papel). La propia banda ha comentado sobre el tema: “Durante el proceso de composición nos propusimos crear un tema directo y contundente, sin florituras, y pensamos que sería divertido incluir influencias del hardcore con un breakdown hacia el final. En broma, bautizamos esta nueva fusión como ‘Funeral-Slam’, una etiqueta que parece haberse quedado”.
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Tras eso, tenemos “Every Day More Sickened”, la pieza más rápida en cuanto a ritmo (no así de duración, ya que de nuevo roza los diez minutos). Con letras demoledoras y críticas, que nos hablan de hipocresía y desazón en una era de odio y nos hacen preguntarnos qué puede ser salvado en este mundo cruel. Aporta también un videoclip de inspiración noventera, como un VHS casero grabado en la era dorada del videoclip: la idea es quizás arriesgada pero salen del paso con total soltura.
“At the Threshold of Eternity” es otra pieza de transición, que nos pone en guardia para “An Angel’s Grace”, una canción melancólica, embriagadora y llena de saturación, que juega con los coros y diversas técnicas vocales.
El disco finaliza con “Departed”, canción que también posee un interesante vídeo musical, inspirado esta vez en el western gótico, y con la colaboración de otra figura femenina, la modelo y actriz Bridgette Baini. La banda también comenta: “Sin planearlo, la canción evolucionó hacia una balada oscura, gótica y western. Una atmósfera que la banda siempre había querido explorar, dada nuestra admiración por Fields of the Nephilim, Nick Cave, Wayfarer y la canción ‘They Rode On’ de Watain. Comenzó a ganar intensidad, culminando en un crescendo de black metal, lo cual representa a la perfección la esencia de Mammon’s Throne: la fusión de géneros”. El solo de guitarra que nos encontramos hacia el final de la canción es una manera muy potente de cerrar este interesante trabajo.
En resumen, lo que nos ofrece Mammon’s Throne es dramatismo, oscuridad, ritmo, referencialidad y amor por lo retro, que empapa también la portada de este y de sus anteriores discos. Se le pueden aplicar muchas etiquetas: death, doom, sludge, groove, black y hasta su propia aportación autodenominada “Funeral slam”. Sin embargo, etiquetas aparte, los australianos han encontrado en esta mezcla un sonido propio, muy reconocible y único.
My body to the worms, es un álbum muy completo y bien construido. Un regalo especialmente dedicado a quienes, como yo, sufren de horror vacui y disfrutan dejándose arrastrar por los sonidos más densos. Puede ser re-escuchado hasta la intoxicación sin ningún problema.


Tras dos excelentes trabajos, la reina del hard rock melódico actual Chez Kane, ha estrenado Reckless, su esperadísimo tercer disco, que aunque se ha hecho esperar un poquito más de lo deseado, vuelve a posicionarla como una de las artistas más destacadas de la escena en estos últimos años.
En estos diez nuevos tracks, la artista galesa sigue circulando la senda del hard rock de corte ochentero, claramente melódico y que evidencia que no hace falta cambiar el mundo con un disco, si se hacen bien las cosas y mantiene el nivel que uno espera de esta chica.
El disco abre fuego con el corte que le da título y podemos comprobar como su voz sigue sonando ideal en este tipo de canciones, con esa base que recuerda a Bon Jovi e incluso la versión mas rockera de The Bangles y te imaginas ya en un venue lleno de gente, con tus vaqueros ajustados, cerveza en mano y cantando con el puño en alto el estribillo, el cual es digno de la época a la que Kane rinde su particular y personal homenaje.
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Con “Personal Rock N’ Roll”, la cantante acelera un poquito y te transmite esa energía y desenfado que la canción presenta, con una melodía irresistible y unos coros acertadísimos.
El solo de guitarra termina por adornar de forma más que notable la pieza.
Las revoluciones bajan un poco, pero no así, la intensidad y es que “Night of Passion”, nos muestra el lado AOR de Chez y lo bien que se desenvuelve en el mismo, con un descaro y unas intenciones de conquistarte y vaya si lo logra.
En “Strip Me Down”, podemos ver como a pesar de no haber nacido en los días dorados de aquella época, la cantante plasma como pocas (quizás H.E.A.T. podrían ser su versión masculina) las canciones de este estilo, su voz sigue a pleno endiablada y melódica a la que añade un estribillo que no se te borrará de la mente, una vez pulses el play.
Y aunque a los “Trves”, les moleste, esta chica despliega una sensualidad más que evidente a lo largo de todo el disco, por eso no es de extrañar, que encienda el ambiente en el binomio que conforman “Tongue of Love” y “Love Tornado”.
La primera, viene con el bajo marcando el ritmo y un aroma a Whitesnake, Danger Danger, Vixen y el Sunset Strip, que deja poco a la imaginación ya que sería un corte perfecto para cualquier “Night Club” de Hollywood Boulevard, un sábado por la noche.
Por el contrario, en la segunda, las guitarras vuelven a brillar y la morena hace de las suyas con su voz en un corte que claramente podría ser banda sonora de cualquier película de los 80 o incluso una de mitad de los 90, protagonizada por una rubia por todos conocida…no hace falta que de más pistas verdad?
Como en su día “Dangerzone” o “Nationwide”, este representa el lado más cañero de Chez Kane y supone uno de los mejores (si no el mejor) cortes del disco.
Y con “Bad Girl”, que bien podría pasar por un tema de (las ya extintas) Cobra Spell, la línea se mantiene y caer en los encantos de esta chica, se hace cada vez más difícil, algo que se acentúa con la poderosa “Too Dangerous”, donde destaca el estribillo y como Chez rasga su voz para mostrar su lado cañero y macarra, con un excelente resultado.
Con la hard rockera “Bodyrock”, que trae a la memoria bandas como Europe y Survivor, el disco llega a su fin, haciéndose más corto de lo que parece y con algunos puntos que comentar.
Para empezar es una más que digna continuación de su anterior trabajo, claramente esta chica sabe donde esta parada y cual es su objetivo dentro de la música y es poder llegar a la mayor cantidad posible de gente, siendo una “Rompecorazones” actual llena de talento y mucha actitud.
Quizás, podría habérsele exigido un poquito más de variedad entre las canciones, sobre todo en la segunda mitad del disco, pero ni eso empaña un gran trabajo y que si no fallan las cosas, debería posicionarla un poquito más arriba de lo que ya está.
Chez Kane sigue pletórica y sin apenas rivales dentro de su escena, pero debe mantener la línea para llegar a la altura y estatus de los grandes nombres femeninos que la influenciaron… El futuro lo tiene en sus manos, ojalá lo sepa aprovechar.


A estas alturas de la historia, pedirle a Exodus que reinvente la rueda es un ejercicio inútil. Sin embargo, su nuevo álbum, Goliath (2026), nos pone frente a un espejo incómodo: ¿cuánto peso tiene el legado frente a la frescura? Tras darle las vueltas necesarias al disco, la conclusión es agridulce. Es un álbum que cumple con el manual de estilo, pero que difícilmente logre escalar al podio de sus clásicos.
El trabajo de Gary Holt en las guitarras sigue siendo el motor de la banda; sus riffs son precisos, punzantes y mantienen esa agresividad que los caracteriza. No obstante, aquí es donde entra tu punto: el disco no sobresale. Se siente como una continuación lógica y segura de Persona Non Grata, pero sin ese hambre de gloria que sentíamos en décadas pasadas.
Los adelantos nos dejaron un sabor algo tibio. Canciones que, serán efectivas en el mosh pit, resultan un tanto “flojas” en su estructura lírica y compositiva. Si bien se destaca la energía de temas como el homónimo “Goliath”, pero realmente la banda se mueve en una zona de confort técnica de la que rara vez deciden salir.
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Curiosamente, lo más interesante del álbum ocurre cuando deciden soltar el freno de mano del Thrash tradicional. Como bien se pude notar en la última pieza del disco es la que realmente captura la atención. Mientras que el resto del álbum puede sentirse como una ráfaga de velocidad estándar, el cierre —con matices más oscuros y una estructura más épica— demuestra que Exodus todavía tiene una capacidad narrativa superior cuando se aleja de los clichés del género. Es en esos momentos de experimentación y densidad donde la voz de Rob Dukes encuentra matices que no se ven opacados por la velocidad de los tracks iniciales.
Goliath es un recordatorio de que Exodus sigue siendo el “equipo de demolición” de la Bay Area, pero carece de ese factor sorpresa que separa a un buen disco de uno memorable. Es un trabajo sólido para los fanáticos acérrimos, pero quizás un tanto monótono para el oyente casual que busca algo más que solo agresividad técnica.
Un mazo pesado, pero que golpea en los mismos lugares de siempre.

Muchos dicen que, a veces, por el solo hecho de escuchar a una banda podés deducir de donde viene. Bueno, no es que sea muy difícil saber de donde viene Rammstein si cantan en alemán. Tal es el caso de Black Label Society que cuando los escuché por primera vez, noté esa influencia californiana de agrupación de motoqueros que desayunan cigarrillos con whisky. Y sí que se les nota eh.
La banda comandada por el excelentísimo Zakk Wylde acaba de lanzar al mercado su última obra Engines Of Demolition.
Es quizás un disco que no venga a romper con estándares ni de la industria, ni mucho menos de la propia banda, pero algo les aseguro y es que el buen Zakk nunca defrauda. Un álbum que lo tiene todo, entre lo enérgico de su guitarra, a baladas californianas y hasta un gran y especial homenaje a quien supo ser su referente musical durante muchos años: el mismísimo Ozzy Osbourne.
El disco fue escrito enteramente por Zakk desde el momento en que iniciaron un tour compartido con Pantera allá por el 2022. Lo acompaña como siempre Jhon DeServio en bajo, Jeff Fabb en percusión y Dario Lorina en guitarra.
Algunos muy buenos momentos se dan con piezas como “Gatherer of Souls” con la clásica super distorsión del muchacho o “Broken and Blind”.
“Above & Below” un gran segmento del álbum con estrofas aguerridas que descansan en un estribillo pacífico y limpio. “Back To Me” la primer balada del disco y que nunca falta en un disco de Black Label Society.
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Como antesala del final “The Stranger” es totalmente destacable porque expone el virtuosismo de Wylde con su guitarra.
Lo más especial de este disco llega justo al final. Todos sabemos que la relación que han forjado Ozzy y Zakk es casi como la de un padre con su hijo desde aquel momento en 1987 que reemplazo al gran Jake E Lee.
Fueron casi 2 décadas de éxito de acompañar a Ozzy al mismo tiempo que aprovechaba el envión para llevar a Black Label Society a los oídos de la gente. Todo su respeto, amor y admiración lo plasma en “Ozzy’s Song”.
“The skies may cry
But I’ll be holding on, holding on
The skies may cry
Now the race is run
All the chaos and all the wars
When all is said and done
I couldn’t ask for more”
Un disco que no busca ser pretencioso musicalmente ni competir con los demás. Engines Of Demolition es parte de la autorrealización de Zakk Wylde y de Black Label como banda. Una obra que representa fehacientemente lo que la agrupación y el guitarrista es. Una producción con el sello californiano que no presenta errores y que suena como tiene que sonar el metal sureño.


El EP More Stereo Crush de Gotthard funciona como una extensión directa del álbum Stereo Crush del 2025, pero lejos de sentirse como un simple conjunto de descartes, muestra a la banda afinando su identidad con mayor claridad; este mini álbum reúne material proveniente de las mismas sesiones, incluyendo cinco temas inéditos y uno más en conjunto con Mark Storace de Krokus, lo que le da una vibra familiar, ya que Flavio Mezzodi actual baterista de Gotthard también es parte actual de Krokus.
Desde el arranque, el EP mantiene ese enfoque de hard rock melódico que ha sido la marca registrada del grupo durante décadas, canciones como “Ride The Wave” destacan por su energía despreocupada y ese aire impulsado por riffs pegadizos y una interpretación vocal muy armónica de Nic Maeder, recordando por momentos al espíritu más clásico de Gotthard.
Uno de los puntos más atractivos del disco es la nueva versión de “Liverpool”, ahora convertida en un dueto junto a Marc Storace (de Krokus), que aporta un contraste vocal interesante y lleva el tema a otro nivel, aquí se nota especialmente la habilidad de la banda para construir duetos efectivos sin perder contundencia, algo que la crítica ha señalado como una de sus mayores virtudes dentro del hard rock europeo.
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“Smiling in the Pouring Rain” se mueve en terrenos más sensibles, con un enfoque melódico que encaja perfectamente dentro del catálogo de baladas del grupo, mientras que cortes como “Snafu” o “Mayday” mantienen el pulso hardrockero con coros un poco a lo Def Leppard pero con el sello de Gotthard.
El conjunto general deja una impresión positiva, de hecho, algunas reseñas destacan que este lanzamiento y su anterior disco Stereo Crush logran recuperar consistencia respecto a su predecesor, describiéndolo como un regreso más sólido a la esencia clásica de la banda y un paso en la dirección correcta.
En definitiva, More Stereo Crush reafirma el lugar de Gotthard dentro del hard rock actual.; este un EP que funciona tanto como complemento para fans como una muestra de que, incluso después de tantos años, la banda sigue encontrando formas de sonar auténtica, directa y efectiva sin perder su adn.

Hace unos pocos días surgió, como siempre en este medio, la posibilidad de concretar una entrevista con cierto artista emergente. Dicha entrevista fue llevada a cabo por Agustin Saccone, quien casualmente, también estuvo en el papel de entrevistado. En esta ocasión, la persona del otro lado de la pantalla fue Dylan Gers, joven músico de rock británico que se viene abriendo paso desde hace poco tiempo con una lista de singles y que lanzó el año pasado su ahora primer material recopilatorio en formato de EP, Melancholic Madman.
Dylan, de apenas un cuarto de siglo, estuvo hablando con Agustín y contándole muchas cosas de lo hecho y lo venidero y como suele ser en este medio, nunca está de más acompañar esas entrevistas con una reseña sobre el material tratado.
Por ello me dispuse este sábado de equinoccio otoñal darles mi opinión de este nuevo álbum.
Melancholic Madman es una obra de rock alternativo y psicodélico con influencias o similitudes a bandas como The Cure, U2, Midnight Oil y otros grandes artistas. Con vestigios bluseros, Dylan encara esto como un proyecto unipersonal haciendo cargo de prácticamente todo, pero con un claro dominio de las guitarras y voces.
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“Feel My Heart” es la pieza que da inicio, que con poco mas de 3 minutos y guitarras limpias acompañados de un estribillo que se hace escuchar recién a la segunda vuelta, deja muy claro de que va este nuevo EP.
Luego continua con “Talisman” que me gusta todavía más que su predecesora. Un punteo bien ejecutado al inicio abre las puertas para un narrador que pareciera estar divagando sobre la perdida de su esencia personal. El cierre es maravilloso. “Moonlight Lies” con un tempo más cercano al de una balada es lo que sigue. Una gran pieza que transita pura tranquilidad para terminar generando incomodidad con lo que pareciera ser el sonido de un theremín.
El disco termina con “Young Boy”, una canción que realmente denota una sensación de melancolía, aquella que da título al mismo.
Un EP que Dylan construyó de manera genuina, con cada uno de los instrumentos que están al alcance de su mano, en su habitación. Sin usar atajos, el joven músico redondea un gran inicio de carrera que seguramente verá un constante crecimiento en los años venideros. Melancholic Madman no es solo música personal, si no una construcción musical meramente artística y orgánica, totalmente alejada de lo que son las producciones industriales que hasta el más iniciado de los músicos suele perseguir.


Tras un más que interesante debut como lo fue Phoenix, las hard rockeras suecas The Gems vuelven este año con su segundo disco Year of the Snake, con el cual pretenden dar un golpe sobre la mesa y comenzar a establecerse dentro de la escena rockera actual.
Y lo cierto que tras escuchar las 14 canciones del álbum, Guernica Mancini y compañía han cumplido y con nota lo que se esperaba de ellas, comenzando directamente con el corte que da título al disco y que es un cañonazo de hard rock moderno, con aroma clásico y con el ADN particular que estas tres chicas tienen y demostraron en su antigua banda.
Con el siguiente corte que es “Gravity” y donde cuentan con la colaboración especial de Tommy Johansson (Sabaton/Majestica), The Gems nos ofrecen un poco de variación inclinada hacia el AOR y el hard rock más radiable, pero con un gran resultado final y sin pasarse de dulzonas.
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Luego comienza el bloque donde la fruta se abre y podemos encontrar diversos matices de las chicas, desde el toque medio blues rock en “Diamond in the Rough” y “Let it Go”, ambas con su inyección de melodía, pero no sonando iguales a las primeras dos canciones del disco, lo cual aporta calidad al mismo.
Pero el trío no solamente se reduce a la figura de su cantante y es que Mona Lindgren, vuelve a brillar con sus seis cuerdas y el sonido que le saca a las mismas, tanto en los solos como en las partes más rítmicas, demostrando que no hace falta ir de “Guitar Heroine”, para sobresalir en su trabajo.
Luego cortes como “Forgive and Forget”, oxigenan al disco tanto a nivel sonoro como rítmico, ya que es una suerte de “Power Ballad”, donde Mancini vuelve a embelesarnos con su vozarrón y pone los pelos de punta al oyente desde el minuto uno en el que pulsas play a la canción.
El último tramo quizás no genera tanta emoción como el arranque del disco, pero complementa bastante bien y lo acaba cerrando de forma notable.
Quizás el único punto “negativo” de este trabajo de The Gems, sea el tracklist y es que 14 canciones, todas en un estilo más o menos similar, pueden acabar por atragantarse, pero no impide que el disco sea muy disfrutable y las sitúe como uno de los nombres más destacados dentro de su escena en la actualidad.
Pero con un disco tan sólido y con ninguna grieta ni confusión en su conjunto, The Gems evidencian que su evolución continúa la dirección correcta y habrá que estar muy atentos hacia donde son capaces de llegar.


Erra regresa con silence outlives the earth, su séptimo álbum de estudio, marcando un nuevo paso en su evolución dentro del metalcore progresivo. A dos años de CURE, el grupo retoma varios de los elementos que definieron su identidad, pero con una ejecución más pulida y enfocada. Este nuevo material muestra a la banda consolidada, con una propuesta que combina técnica, melodía y una atmósfera constante que atraviesa todo el disco.
Los adelantos “gore of being” y “echo sonata” ya anticipaban la dirección del álbum. La primera recupera el carácter técnico del grupo con riffs elaborados y una dinámica marcada entre la agresividad de JT Cavey y las melodías de Jesse Cash. En cambio, “echo sonata” se inclina hacia un enfoque más melódico, con guitarras limpias y una carga emocional más marcada, apoyada en arreglos detallados y una producción clara.
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Desde el inicio, “stelliform” establece el tono del disco, combinando pasajes técnicos con momentos más accesibles. La interacción entre guitarras y voces mantiene un equilibrio constante, mientras que “further eden” introduce cambios de dinámica más notorios, alternando secciones más contenidas con irrupciones de mayor peso. En este tema, la base rítmica gana protagonismo antes de dar paso a uno de los momentos más intensos del álbum.
El álbum también abre espacio para composiciones más melódicas como “black cloud”, donde predominan las voces limpias y una instrumentación más ligera. Este enfoque convive con canciones como “cicada siren”, que retoma una dirección más pesada y rítmica, incorporando grooves marcados y una ejecución precisa en batería y guitarras, manteniendo el equilibrio entre agresividad y detalle técnico.
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En la segunda mitad, “lucid threshold” y “spiral (of liminal infinity)” refuerzan la cohesión del trabajo, sosteniendo una atmósfera introspectiva y un uso constante de contrastes entre secciones melódicas y pesadas. Ambas canciones destacan por su estructura y por cómo integran los distintos elementos del sonido de la banda sin perder fluidez.
El cierre se desarrolla a través de “i. the many names of god”, “ii. in the gut of the wolf” y “iii. twilight in the reflection of dreams”, una secuencia que concentra los momentos más extremos del disco, tanto en intensidad como en construcción. Estas tres partes funcionan como un bloque final que amplía el rango del álbum, mostrando a Erra moviéndose entre pasajes agresivos, progresivos y más contenidos dentro de una misma estructura.


A menos que uno tenga un interés obsesivo por la Nueva Ola del Heavy Metal Británico, More no es la clase de banda que uno estaría obligado a conocer, con apenas tres años de existencia y dos discos de heavy / hard rock de actitud ruda y cruda compensando la producción amateur y canciones un tanto básicas. Claro que haber tenido entre sus filas a Paul Mario Day, primer cantante de Iron Maiden y el segundo Paul más conocido que haya cantado en la Doncella de Hierro, le dé puntos de “culto”, pero mentiría si dijera que hay mucha más por donde agarrarlos.
A 44 años de su último álbum, More vuelven a las andadas con su flamante Destructor, editado de manera independiente este último 6 de marzo. Semejante cantidad de tiempo sería impresionante, pero hay un asterisco enorme en esto: como muchos grupos de la NWOBHM, More pasó por suficientes cambios de formación como para armar cinco o seis bandas más, y en el caso de estos londinenses llegó un punto donde, sorpresa sorpresa, ninguno de los miembros originales había quedado en el grupo. La formación actual tiene al bajista Barry “Baz” Nicholls como único integrante de alguna de las versiones de los ochentas de More, y con esto me refiero a que estuvo en la banda para editar un single en 1982, año de su separación, y luego estuvo en un par de las tantas reuniones del grupo en las décadas siguientes.
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Así que podemos decir que la conexión entre aquel More que grabara Warhead y Blood & Thunder y el More editando este nuevo álbum en 2026 es bastante tenue, casi podría decirse que inexistente más allá del nombre y el logo. Pero a pesar de ello, me acerqué a este disco con algo de curiosidad, más que nada porque la producción del álbum comenzó hace casi una década atrás, teniendo en el medio la muerte del guitarrista y productor Chris Tsangarides, leyenda de las perillas que trabajara con gente como Judas Priest, Thin Lizzy y Anthem, en 2018, como mayor obstáculo. Este álbum contiene las grabaciones de Tsangarides junto al otro guitarrista David John Ross.
No tengo problemas con decir que Destructor es, más allá de su portada fea hecha con IA, un trabajo hecho con un respeto enorme por el legado de More. El inicio se da con “Hearts on Fire” y su intro dramática a lo “Hellion” de Judas Priest, sin perder mucho tiempo hasta que aparezcan las voces de Mike Freeland, ex Praying Mantis y el otro “veterano” de la formación actual de More, con su estilo agudo y dramático, acompañado por guitarras pesadas. Es un buen comienzo, pero creo que el álbum agarra vuelo de verdad con la siguiente “Rocquiem”, que hace bastante para justificar semejante título, con sus riffs precisos y pasajes melódicos acompañados por esa batería retumbando, cortesía de Steve Rix.
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“Scream” es un track bastante más hardrockero, casi en la línea de algo que podría haber salido en los ochentas de parte de alguna banda glam pero bastante entretenida aunque se alargue un poco. “New World” me confirma que More logra los mejores momentos de Destructor cuando aprieta un poco el acelerador, dejando que la dupla de guitarras y el bombo brillen, y lo mismo se ve en “Immortal” y “Wolf Behind Your Eyes”. Pero el tema título “Destructor” demuestra un manejo llamativo de las atmósferas más densas y unos riffs más pesados y “modernos”, sin caer en ridiculeces en el proceso, mientras que la final “More” es un digno homenaje a la propia banda, con cierta onda rutera de rock de los setentas.
Como podría esperarse del último trabajo de Chris Tsangarides como productor, Destructor tiene un sonido claro y profesional: decir que es el álbum con mejor sonido de toda la discografía de More sería una obviedad y también sería obvio señalar que no tenía mucha competencia. Y las canciones son exactamente lo que cabría esperarse de una banda decente de tercera línea de la NWOBHM editando material nuevo en 2026, con un pie puesto en el heavy metal clásico y otro en el hard rock, y una postura desenfadada, ciertamente sin mucha preocupación por sonar “original” y más centrada en dar una excusa para mover un poco la cabeza mientras se los escucha.
Destructor no ganará un premio en ninguno de sus aspectos, y las circunstancias difíciles detrás de su producción pueden haber hecho que algunas partes estén un tanto atadas con alambre. pero es un álbum decente tirando a bueno de principio a fin para quien busque heavy metal bien clásico, aquel que se toma muy en serio su actitud de no tomarse súper en serio a sí mismo, y no mucho más. Como para darle unas cuantas vueltas, tocar unas guitarras de aire o hacer como que se toca la batería, y quedarse con un par de estribillos ahí revoloteando en la mente. Si eso era lo que More quería hacer, lo logró.



Siempre hay que ser honesto en la vida, así que no voy a dejar de seguir ese camino nunca, por lo cual no quiero engañar a nadie, hablar de este nuevo disco de Neurosis, para mi ha sido un gran desafío y una gran responsabilidad, primero por lo que representa la banda en mi vida y segundo porque es un disco al cual le falta una pieza clave, que lamentablemente tiró por tierra su carrera, debido a unas acciones impropias, lamentables y que al menos para mi, han supuesto una gran decepción hacía esa persona, la cual no es otra que Scott Kelly.
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Pero como de todas las crisis se puede salir y remontar el vuelo cual ave fénix, la banda ha parado la pelota, reflexionado y entre todos han vuelto a ser esa banda atrapante, pesada, intensa, reflexiva y arrolladora que siempre fueron. El resultado de esto es An Undying Love For a Burning World, su primer álbum en una década y donde el conjunto de todos brilla como uno sólo bajo lo que representan: NEUROSIS.
Como estos tipos juegan en otra liga, para este retorno certificaron una jugada estratégica (casi) perfecta y esta no es otra que el fichaje del señor Aaron Turner, conocido por su gran labor al frente de Isis (otra de las vacas sagradas dentro del sludge y el post metal), quién ha entendido como pocos lo que significa ponerle voz a las canciones de la banda norteamericana y reflejar por medio de ellas, la ansiedad dentro de una sociedad que vive en plena crisis, pero muchas (y por que no todas) veces gran parte de ella, prefiere mirar hacia otro lado, la intensidad y caos que se vive en la actualidad y como la música es una válvula de escape para muchos de nosotros.
El disco como siempre no se excede en cantidad de canciones, sin embargo las ocho piezas rebasan la hora de duración, con lo cual podemos esperar exactamente lo que vinimos a buscar: Una colección de piezas musicales y artísticas, las cuales merecen su debido tiempo y espacio, antes de poder entender dentro del caos, que aquí nuevamente hay oro macizo para pulir.
Ni siquiera los 53 segundos de “We Are Torn Wide Open”, son simplemente la introducción al disco, es un grito desgarrador de una herida que tenemos abierta y que no sabemos como curarla, observando incrédulos como cicatriza y se vuelve a abrir en un descuido.
“Mirror Deep” echa sal sobre la carne viva y los riffs pesados hacen aún más intenso el dolor, para pasar a un puente tenebroso y que genera una “falsa” sensación de calma, que puede hacerte pensar que Neurosis han bajado la intensidad, pues no amigo, el siguiente tramo de la canción es una patada en la cara que te noquea y la cual vas a tener que escuchar repetidas veces para entender como la banda ha plasmado a la perfección todo lo que han representado en sus cuatro décadas de trayectoria.
Los nueve minutos de “Blind”, que no os paséis de listos, no es un cover del mítico himno popularizado por Korn,si no un descenso al fango más pegajoso y denso que haya en cualquier pantano, con unas guitarras cortantes y la voz de Turner que hace añicos ya no solamente nuestros oídos si no también nuestras almas, dando una clase magistral de como a través de la desesperación, se puede hacer una canción impresionante.
“Untethered” es algo más inmediata que otras piezas del álbum, pero entendamos que hablamos de Neurosis, aquí nada es de fácil digestión, todo lleva al pensamiento profundo, al análisis casi obsesivo para entender como estos tipos tras 12 discos de estudio pueden aún descolocar todo tu universo y hacerlo trizas en unos pocos minutos.
Y quizás en “In The Waiting Hours”, con esa introducción tan triste y fría como hermosa y atrapante, vemos la joya de la corona dentro del disco, con minutos de melancolía instrumental que dan lugar a la reflexión a solas bajo un hilo de luz entre las paredes de tu habitación, para de forma progresiva ir liberando esos demonios internos que siempre nos atacan o simplemente tenemos dentro de uno o una misma.
Neurosis no solamente han vuelto por todo lo alto, han vuelto a dejar otro testimonio imponente de como hacer frente al dolor, la angustia, el caos y la supervivencia, plasmado en canciones largas, pesadas, abrumadoras y que aún así, son absolutamente necesarias.


My Body to the Worms, es la última entrega de los australianos Mammon’s Throne, el tercer álbum de estudio en su carrera, iniciada en 2019 y, debo confesar, el primero que cae en mis manos. Ha sido un sorprendente hallazgo: el funeral slam ha infectado mi cerebro.
Se trata de un disco pesado, ominoso, pegadizo y con una sólida calidad musical. Cuarenta y dos minutos de discurso profético repartidos en siete largas pistas, cada una con sus propias señas de identidad.
“Senseless Death” sienta el tono de todo el trabajo: un death metal que se acerca al doom y al black metal. Casi diez minutos de canción, pero con varios cambios que hacen que no suene para nada monótona y que abarcan desde lo instrumental a lo vocal, ya que alterna los guturales de Matthew Miller con algunos pasajes de voz limpia, muy profunda, teatral y llena de matices.
La segunda pieza, “Clandestine Unholy Rites”, no es una canción al uso, sino un corte de tono atmosférico, casi cinematográfico, que incluye sonidos ambientales propios de un cementerio embrujado. Campanas lejanas, tenebrosos susurros y chillidos de animales nos dan paso a la que es en mi opinión, la pieza más memorable del álbum.
Y es que “Elixir” lo tiene todo: es pegadiza, es potente, es oscura y es una canción referencial, pues su protagonista principal es Nosferatu, ¡con un giro! Si bien la letra encaja con lo que conocemos de esta figura vampírica, en el videoclip está encarnado por una mujer (Bailey Dior, estupenda en el papel). La propia banda ha comentado sobre el tema: “Durante el proceso de composición nos propusimos crear un tema directo y contundente, sin florituras, y pensamos que sería divertido incluir influencias del hardcore con un breakdown hacia el final. En broma, bautizamos esta nueva fusión como ‘Funeral-Slam’, una etiqueta que parece haberse quedado”.
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Tras eso, tenemos “Every Day More Sickened”, la pieza más rápida en cuanto a ritmo (no así de duración, ya que de nuevo roza los diez minutos). Con letras demoledoras y críticas, que nos hablan de hipocresía y desazón en una era de odio y nos hacen preguntarnos qué puede ser salvado en este mundo cruel. Aporta también un videoclip de inspiración noventera, como un VHS casero grabado en la era dorada del videoclip: la idea es quizás arriesgada pero salen del paso con total soltura.
“At the Threshold of Eternity” es otra pieza de transición, que nos pone en guardia para “An Angel’s Grace”, una canción melancólica, embriagadora y llena de saturación, que juega con los coros y diversas técnicas vocales.
El disco finaliza con “Departed”, canción que también posee un interesante vídeo musical, inspirado esta vez en el western gótico, y con la colaboración de otra figura femenina, la modelo y actriz Bridgette Baini. La banda también comenta: “Sin planearlo, la canción evolucionó hacia una balada oscura, gótica y western. Una atmósfera que la banda siempre había querido explorar, dada nuestra admiración por Fields of the Nephilim, Nick Cave, Wayfarer y la canción ‘They Rode On’ de Watain. Comenzó a ganar intensidad, culminando en un crescendo de black metal, lo cual representa a la perfección la esencia de Mammon’s Throne: la fusión de géneros”. El solo de guitarra que nos encontramos hacia el final de la canción es una manera muy potente de cerrar este interesante trabajo.
En resumen, lo que nos ofrece Mammon’s Throne es dramatismo, oscuridad, ritmo, referencialidad y amor por lo retro, que empapa también la portada de este y de sus anteriores discos. Se le pueden aplicar muchas etiquetas: death, doom, sludge, groove, black y hasta su propia aportación autodenominada “Funeral slam”. Sin embargo, etiquetas aparte, los australianos han encontrado en esta mezcla un sonido propio, muy reconocible y único.
My body to the worms, es un álbum muy completo y bien construido. Un regalo especialmente dedicado a quienes, como yo, sufren de horror vacui y disfrutan dejándose arrastrar por los sonidos más densos. Puede ser re-escuchado hasta la intoxicación sin ningún problema.


Tras dos excelentes trabajos, la reina del hard rock melódico actual Chez Kane, ha estrenado Reckless, su esperadísimo tercer disco, que aunque se ha hecho esperar un poquito más de lo deseado, vuelve a posicionarla como una de las artistas más destacadas de la escena en estos últimos años.
En estos diez nuevos tracks, la artista galesa sigue circulando la senda del hard rock de corte ochentero, claramente melódico y que evidencia que no hace falta cambiar el mundo con un disco, si se hacen bien las cosas y mantiene el nivel que uno espera de esta chica.
El disco abre fuego con el corte que le da título y podemos comprobar como su voz sigue sonando ideal en este tipo de canciones, con esa base que recuerda a Bon Jovi e incluso la versión mas rockera de The Bangles y te imaginas ya en un venue lleno de gente, con tus vaqueros ajustados, cerveza en mano y cantando con el puño en alto el estribillo, el cual es digno de la época a la que Kane rinde su particular y personal homenaje.
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Con “Personal Rock N’ Roll”, la cantante acelera un poquito y te transmite esa energía y desenfado que la canción presenta, con una melodía irresistible y unos coros acertadísimos.
El solo de guitarra termina por adornar de forma más que notable la pieza.
Las revoluciones bajan un poco, pero no así, la intensidad y es que “Night of Passion”, nos muestra el lado AOR de Chez y lo bien que se desenvuelve en el mismo, con un descaro y unas intenciones de conquistarte y vaya si lo logra.
En “Strip Me Down”, podemos ver como a pesar de no haber nacido en los días dorados de aquella época, la cantante plasma como pocas (quizás H.E.A.T. podrían ser su versión masculina) las canciones de este estilo, su voz sigue a pleno endiablada y melódica a la que añade un estribillo que no se te borrará de la mente, una vez pulses el play.
Y aunque a los “Trves”, les moleste, esta chica despliega una sensualidad más que evidente a lo largo de todo el disco, por eso no es de extrañar, que encienda el ambiente en el binomio que conforman “Tongue of Love” y “Love Tornado”.
La primera, viene con el bajo marcando el ritmo y un aroma a Whitesnake, Danger Danger, Vixen y el Sunset Strip, que deja poco a la imaginación ya que sería un corte perfecto para cualquier “Night Club” de Hollywood Boulevard, un sábado por la noche.
Por el contrario, en la segunda, las guitarras vuelven a brillar y la morena hace de las suyas con su voz en un corte que claramente podría ser banda sonora de cualquier película de los 80 o incluso una de mitad de los 90, protagonizada por una rubia por todos conocida…no hace falta que de más pistas verdad?
Como en su día “Dangerzone” o “Nationwide”, este representa el lado más cañero de Chez Kane y supone uno de los mejores (si no el mejor) cortes del disco.
Y con “Bad Girl”, que bien podría pasar por un tema de (las ya extintas) Cobra Spell, la línea se mantiene y caer en los encantos de esta chica, se hace cada vez más difícil, algo que se acentúa con la poderosa “Too Dangerous”, donde destaca el estribillo y como Chez rasga su voz para mostrar su lado cañero y macarra, con un excelente resultado.
Con la hard rockera “Bodyrock”, que trae a la memoria bandas como Europe y Survivor, el disco llega a su fin, haciéndose más corto de lo que parece y con algunos puntos que comentar.
Para empezar es una más que digna continuación de su anterior trabajo, claramente esta chica sabe donde esta parada y cual es su objetivo dentro de la música y es poder llegar a la mayor cantidad posible de gente, siendo una “Rompecorazones” actual llena de talento y mucha actitud.
Quizás, podría habérsele exigido un poquito más de variedad entre las canciones, sobre todo en la segunda mitad del disco, pero ni eso empaña un gran trabajo y que si no fallan las cosas, debería posicionarla un poquito más arriba de lo que ya está.
Chez Kane sigue pletórica y sin apenas rivales dentro de su escena, pero debe mantener la línea para llegar a la altura y estatus de los grandes nombres femeninos que la influenciaron… El futuro lo tiene en sus manos, ojalá lo sepa aprovechar.


A estas alturas de la historia, pedirle a Exodus que reinvente la rueda es un ejercicio inútil. Sin embargo, su nuevo álbum, Goliath (2026), nos pone frente a un espejo incómodo: ¿cuánto peso tiene el legado frente a la frescura? Tras darle las vueltas necesarias al disco, la conclusión es agridulce. Es un álbum que cumple con el manual de estilo, pero que difícilmente logre escalar al podio de sus clásicos.
El trabajo de Gary Holt en las guitarras sigue siendo el motor de la banda; sus riffs son precisos, punzantes y mantienen esa agresividad que los caracteriza. No obstante, aquí es donde entra tu punto: el disco no sobresale. Se siente como una continuación lógica y segura de Persona Non Grata, pero sin ese hambre de gloria que sentíamos en décadas pasadas.
Los adelantos nos dejaron un sabor algo tibio. Canciones que, serán efectivas en el mosh pit, resultan un tanto “flojas” en su estructura lírica y compositiva. Si bien se destaca la energía de temas como el homónimo “Goliath”, pero realmente la banda se mueve en una zona de confort técnica de la que rara vez deciden salir.
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Curiosamente, lo más interesante del álbum ocurre cuando deciden soltar el freno de mano del Thrash tradicional. Como bien se pude notar en la última pieza del disco es la que realmente captura la atención. Mientras que el resto del álbum puede sentirse como una ráfaga de velocidad estándar, el cierre —con matices más oscuros y una estructura más épica— demuestra que Exodus todavía tiene una capacidad narrativa superior cuando se aleja de los clichés del género. Es en esos momentos de experimentación y densidad donde la voz de Rob Dukes encuentra matices que no se ven opacados por la velocidad de los tracks iniciales.
Goliath es un recordatorio de que Exodus sigue siendo el “equipo de demolición” de la Bay Area, pero carece de ese factor sorpresa que separa a un buen disco de uno memorable. Es un trabajo sólido para los fanáticos acérrimos, pero quizás un tanto monótono para el oyente casual que busca algo más que solo agresividad técnica.
Un mazo pesado, pero que golpea en los mismos lugares de siempre.

Muchos dicen que, a veces, por el solo hecho de escuchar a una banda podés deducir de donde viene. Bueno, no es que sea muy difícil saber de donde viene Rammstein si cantan en alemán. Tal es el caso de Black Label Society que cuando los escuché por primera vez, noté esa influencia californiana de agrupación de motoqueros que desayunan cigarrillos con whisky. Y sí que se les nota eh.
La banda comandada por el excelentísimo Zakk Wylde acaba de lanzar al mercado su última obra Engines Of Demolition.
Es quizás un disco que no venga a romper con estándares ni de la industria, ni mucho menos de la propia banda, pero algo les aseguro y es que el buen Zakk nunca defrauda. Un álbum que lo tiene todo, entre lo enérgico de su guitarra, a baladas californianas y hasta un gran y especial homenaje a quien supo ser su referente musical durante muchos años: el mismísimo Ozzy Osbourne.
El disco fue escrito enteramente por Zakk desde el momento en que iniciaron un tour compartido con Pantera allá por el 2022. Lo acompaña como siempre Jhon DeServio en bajo, Jeff Fabb en percusión y Dario Lorina en guitarra.
Algunos muy buenos momentos se dan con piezas como “Gatherer of Souls” con la clásica super distorsión del muchacho o “Broken and Blind”.
“Above & Below” un gran segmento del álbum con estrofas aguerridas que descansan en un estribillo pacífico y limpio. “Back To Me” la primer balada del disco y que nunca falta en un disco de Black Label Society.
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Como antesala del final “The Stranger” es totalmente destacable porque expone el virtuosismo de Wylde con su guitarra.
Lo más especial de este disco llega justo al final. Todos sabemos que la relación que han forjado Ozzy y Zakk es casi como la de un padre con su hijo desde aquel momento en 1987 que reemplazo al gran Jake E Lee.
Fueron casi 2 décadas de éxito de acompañar a Ozzy al mismo tiempo que aprovechaba el envión para llevar a Black Label Society a los oídos de la gente. Todo su respeto, amor y admiración lo plasma en “Ozzy’s Song”.
“The skies may cry
But I’ll be holding on, holding on
The skies may cry
Now the race is run
All the chaos and all the wars
When all is said and done
I couldn’t ask for more”
Un disco que no busca ser pretencioso musicalmente ni competir con los demás. Engines Of Demolition es parte de la autorrealización de Zakk Wylde y de Black Label como banda. Una obra que representa fehacientemente lo que la agrupación y el guitarrista es. Una producción con el sello californiano que no presenta errores y que suena como tiene que sonar el metal sureño.


El EP More Stereo Crush de Gotthard funciona como una extensión directa del álbum Stereo Crush del 2025, pero lejos de sentirse como un simple conjunto de descartes, muestra a la banda afinando su identidad con mayor claridad; este mini álbum reúne material proveniente de las mismas sesiones, incluyendo cinco temas inéditos y uno más en conjunto con Mark Storace de Krokus, lo que le da una vibra familiar, ya que Flavio Mezzodi actual baterista de Gotthard también es parte actual de Krokus.
Desde el arranque, el EP mantiene ese enfoque de hard rock melódico que ha sido la marca registrada del grupo durante décadas, canciones como “Ride The Wave” destacan por su energía despreocupada y ese aire impulsado por riffs pegadizos y una interpretación vocal muy armónica de Nic Maeder, recordando por momentos al espíritu más clásico de Gotthard.
Uno de los puntos más atractivos del disco es la nueva versión de “Liverpool”, ahora convertida en un dueto junto a Marc Storace (de Krokus), que aporta un contraste vocal interesante y lleva el tema a otro nivel, aquí se nota especialmente la habilidad de la banda para construir duetos efectivos sin perder contundencia, algo que la crítica ha señalado como una de sus mayores virtudes dentro del hard rock europeo.
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“Smiling in the Pouring Rain” se mueve en terrenos más sensibles, con un enfoque melódico que encaja perfectamente dentro del catálogo de baladas del grupo, mientras que cortes como “Snafu” o “Mayday” mantienen el pulso hardrockero con coros un poco a lo Def Leppard pero con el sello de Gotthard.
El conjunto general deja una impresión positiva, de hecho, algunas reseñas destacan que este lanzamiento y su anterior disco Stereo Crush logran recuperar consistencia respecto a su predecesor, describiéndolo como un regreso más sólido a la esencia clásica de la banda y un paso en la dirección correcta.
En definitiva, More Stereo Crush reafirma el lugar de Gotthard dentro del hard rock actual.; este un EP que funciona tanto como complemento para fans como una muestra de que, incluso después de tantos años, la banda sigue encontrando formas de sonar auténtica, directa y efectiva sin perder su adn.

Hace unos pocos días surgió, como siempre en este medio, la posibilidad de concretar una entrevista con cierto artista emergente. Dicha entrevista fue llevada a cabo por Agustin Saccone, quien casualmente, también estuvo en el papel de entrevistado. En esta ocasión, la persona del otro lado de la pantalla fue Dylan Gers, joven músico de rock británico que se viene abriendo paso desde hace poco tiempo con una lista de singles y que lanzó el año pasado su ahora primer material recopilatorio en formato de EP, Melancholic Madman.
Dylan, de apenas un cuarto de siglo, estuvo hablando con Agustín y contándole muchas cosas de lo hecho y lo venidero y como suele ser en este medio, nunca está de más acompañar esas entrevistas con una reseña sobre el material tratado.
Por ello me dispuse este sábado de equinoccio otoñal darles mi opinión de este nuevo álbum.
Melancholic Madman es una obra de rock alternativo y psicodélico con influencias o similitudes a bandas como The Cure, U2, Midnight Oil y otros grandes artistas. Con vestigios bluseros, Dylan encara esto como un proyecto unipersonal haciendo cargo de prácticamente todo, pero con un claro dominio de las guitarras y voces.
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“Feel My Heart” es la pieza que da inicio, que con poco mas de 3 minutos y guitarras limpias acompañados de un estribillo que se hace escuchar recién a la segunda vuelta, deja muy claro de que va este nuevo EP.
Luego continua con “Talisman” que me gusta todavía más que su predecesora. Un punteo bien ejecutado al inicio abre las puertas para un narrador que pareciera estar divagando sobre la perdida de su esencia personal. El cierre es maravilloso. “Moonlight Lies” con un tempo más cercano al de una balada es lo que sigue. Una gran pieza que transita pura tranquilidad para terminar generando incomodidad con lo que pareciera ser el sonido de un theremín.
El disco termina con “Young Boy”, una canción que realmente denota una sensación de melancolía, aquella que da título al mismo.
Un EP que Dylan construyó de manera genuina, con cada uno de los instrumentos que están al alcance de su mano, en su habitación. Sin usar atajos, el joven músico redondea un gran inicio de carrera que seguramente verá un constante crecimiento en los años venideros. Melancholic Madman no es solo música personal, si no una construcción musical meramente artística y orgánica, totalmente alejada de lo que son las producciones industriales que hasta el más iniciado de los músicos suele perseguir.


Tras un más que interesante debut como lo fue Phoenix, las hard rockeras suecas The Gems vuelven este año con su segundo disco Year of the Snake, con el cual pretenden dar un golpe sobre la mesa y comenzar a establecerse dentro de la escena rockera actual.
Y lo cierto que tras escuchar las 14 canciones del álbum, Guernica Mancini y compañía han cumplido y con nota lo que se esperaba de ellas, comenzando directamente con el corte que da título al disco y que es un cañonazo de hard rock moderno, con aroma clásico y con el ADN particular que estas tres chicas tienen y demostraron en su antigua banda.
Con el siguiente corte que es “Gravity” y donde cuentan con la colaboración especial de Tommy Johansson (Sabaton/Majestica), The Gems nos ofrecen un poco de variación inclinada hacia el AOR y el hard rock más radiable, pero con un gran resultado final y sin pasarse de dulzonas.
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Luego comienza el bloque donde la fruta se abre y podemos encontrar diversos matices de las chicas, desde el toque medio blues rock en “Diamond in the Rough” y “Let it Go”, ambas con su inyección de melodía, pero no sonando iguales a las primeras dos canciones del disco, lo cual aporta calidad al mismo.
Pero el trío no solamente se reduce a la figura de su cantante y es que Mona Lindgren, vuelve a brillar con sus seis cuerdas y el sonido que le saca a las mismas, tanto en los solos como en las partes más rítmicas, demostrando que no hace falta ir de “Guitar Heroine”, para sobresalir en su trabajo.
Luego cortes como “Forgive and Forget”, oxigenan al disco tanto a nivel sonoro como rítmico, ya que es una suerte de “Power Ballad”, donde Mancini vuelve a embelesarnos con su vozarrón y pone los pelos de punta al oyente desde el minuto uno en el que pulsas play a la canción.
El último tramo quizás no genera tanta emoción como el arranque del disco, pero complementa bastante bien y lo acaba cerrando de forma notable.
Quizás el único punto “negativo” de este trabajo de The Gems, sea el tracklist y es que 14 canciones, todas en un estilo más o menos similar, pueden acabar por atragantarse, pero no impide que el disco sea muy disfrutable y las sitúe como uno de los nombres más destacados dentro de su escena en la actualidad.
Pero con un disco tan sólido y con ninguna grieta ni confusión en su conjunto, The Gems evidencian que su evolución continúa la dirección correcta y habrá que estar muy atentos hacia donde son capaces de llegar.


Erra regresa con silence outlives the earth, su séptimo álbum de estudio, marcando un nuevo paso en su evolución dentro del metalcore progresivo. A dos años de CURE, el grupo retoma varios de los elementos que definieron su identidad, pero con una ejecución más pulida y enfocada. Este nuevo material muestra a la banda consolidada, con una propuesta que combina técnica, melodía y una atmósfera constante que atraviesa todo el disco.
Los adelantos “gore of being” y “echo sonata” ya anticipaban la dirección del álbum. La primera recupera el carácter técnico del grupo con riffs elaborados y una dinámica marcada entre la agresividad de JT Cavey y las melodías de Jesse Cash. En cambio, “echo sonata” se inclina hacia un enfoque más melódico, con guitarras limpias y una carga emocional más marcada, apoyada en arreglos detallados y una producción clara.
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Desde el inicio, “stelliform” establece el tono del disco, combinando pasajes técnicos con momentos más accesibles. La interacción entre guitarras y voces mantiene un equilibrio constante, mientras que “further eden” introduce cambios de dinámica más notorios, alternando secciones más contenidas con irrupciones de mayor peso. En este tema, la base rítmica gana protagonismo antes de dar paso a uno de los momentos más intensos del álbum.
El álbum también abre espacio para composiciones más melódicas como “black cloud”, donde predominan las voces limpias y una instrumentación más ligera. Este enfoque convive con canciones como “cicada siren”, que retoma una dirección más pesada y rítmica, incorporando grooves marcados y una ejecución precisa en batería y guitarras, manteniendo el equilibrio entre agresividad y detalle técnico.
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En la segunda mitad, “lucid threshold” y “spiral (of liminal infinity)” refuerzan la cohesión del trabajo, sosteniendo una atmósfera introspectiva y un uso constante de contrastes entre secciones melódicas y pesadas. Ambas canciones destacan por su estructura y por cómo integran los distintos elementos del sonido de la banda sin perder fluidez.
El cierre se desarrolla a través de “i. the many names of god”, “ii. in the gut of the wolf” y “iii. twilight in the reflection of dreams”, una secuencia que concentra los momentos más extremos del disco, tanto en intensidad como en construcción. Estas tres partes funcionan como un bloque final que amplía el rango del álbum, mostrando a Erra moviéndose entre pasajes agresivos, progresivos y más contenidos dentro de una misma estructura.


A menos que uno tenga un interés obsesivo por la Nueva Ola del Heavy Metal Británico, More no es la clase de banda que uno estaría obligado a conocer, con apenas tres años de existencia y dos discos de heavy / hard rock de actitud ruda y cruda compensando la producción amateur y canciones un tanto básicas. Claro que haber tenido entre sus filas a Paul Mario Day, primer cantante de Iron Maiden y el segundo Paul más conocido que haya cantado en la Doncella de Hierro, le dé puntos de “culto”, pero mentiría si dijera que hay mucha más por donde agarrarlos.
A 44 años de su último álbum, More vuelven a las andadas con su flamante Destructor, editado de manera independiente este último 6 de marzo. Semejante cantidad de tiempo sería impresionante, pero hay un asterisco enorme en esto: como muchos grupos de la NWOBHM, More pasó por suficientes cambios de formación como para armar cinco o seis bandas más, y en el caso de estos londinenses llegó un punto donde, sorpresa sorpresa, ninguno de los miembros originales había quedado en el grupo. La formación actual tiene al bajista Barry “Baz” Nicholls como único integrante de alguna de las versiones de los ochentas de More, y con esto me refiero a que estuvo en la banda para editar un single en 1982, año de su separación, y luego estuvo en un par de las tantas reuniones del grupo en las décadas siguientes.
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Así que podemos decir que la conexión entre aquel More que grabara Warhead y Blood & Thunder y el More editando este nuevo álbum en 2026 es bastante tenue, casi podría decirse que inexistente más allá del nombre y el logo. Pero a pesar de ello, me acerqué a este disco con algo de curiosidad, más que nada porque la producción del álbum comenzó hace casi una década atrás, teniendo en el medio la muerte del guitarrista y productor Chris Tsangarides, leyenda de las perillas que trabajara con gente como Judas Priest, Thin Lizzy y Anthem, en 2018, como mayor obstáculo. Este álbum contiene las grabaciones de Tsangarides junto al otro guitarrista David John Ross.
No tengo problemas con decir que Destructor es, más allá de su portada fea hecha con IA, un trabajo hecho con un respeto enorme por el legado de More. El inicio se da con “Hearts on Fire” y su intro dramática a lo “Hellion” de Judas Priest, sin perder mucho tiempo hasta que aparezcan las voces de Mike Freeland, ex Praying Mantis y el otro “veterano” de la formación actual de More, con su estilo agudo y dramático, acompañado por guitarras pesadas. Es un buen comienzo, pero creo que el álbum agarra vuelo de verdad con la siguiente “Rocquiem”, que hace bastante para justificar semejante título, con sus riffs precisos y pasajes melódicos acompañados por esa batería retumbando, cortesía de Steve Rix.
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“Scream” es un track bastante más hardrockero, casi en la línea de algo que podría haber salido en los ochentas de parte de alguna banda glam pero bastante entretenida aunque se alargue un poco. “New World” me confirma que More logra los mejores momentos de Destructor cuando aprieta un poco el acelerador, dejando que la dupla de guitarras y el bombo brillen, y lo mismo se ve en “Immortal” y “Wolf Behind Your Eyes”. Pero el tema título “Destructor” demuestra un manejo llamativo de las atmósferas más densas y unos riffs más pesados y “modernos”, sin caer en ridiculeces en el proceso, mientras que la final “More” es un digno homenaje a la propia banda, con cierta onda rutera de rock de los setentas.
Como podría esperarse del último trabajo de Chris Tsangarides como productor, Destructor tiene un sonido claro y profesional: decir que es el álbum con mejor sonido de toda la discografía de More sería una obviedad y también sería obvio señalar que no tenía mucha competencia. Y las canciones son exactamente lo que cabría esperarse de una banda decente de tercera línea de la NWOBHM editando material nuevo en 2026, con un pie puesto en el heavy metal clásico y otro en el hard rock, y una postura desenfadada, ciertamente sin mucha preocupación por sonar “original” y más centrada en dar una excusa para mover un poco la cabeza mientras se los escucha.
Destructor no ganará un premio en ninguno de sus aspectos, y las circunstancias difíciles detrás de su producción pueden haber hecho que algunas partes estén un tanto atadas con alambre. pero es un álbum decente tirando a bueno de principio a fin para quien busque heavy metal bien clásico, aquel que se toma muy en serio su actitud de no tomarse súper en serio a sí mismo, y no mucho más. Como para darle unas cuantas vueltas, tocar unas guitarras de aire o hacer como que se toca la batería, y quedarse con un par de estribillos ahí revoloteando en la mente. Si eso era lo que More quería hacer, lo logró.



