


Los alemanes de Wolfchant editarán el próximo 13 de febrero su noveno álbum de estudio, Echoes of a Time Once Past. Este es su segundo trabajo luego de su regreso en 2019. Recordemos que la banda se separó en 2018 y que en 2019 volvió con nuevos integrantes, aunque recién editó nuevo material en 2024.
En este nuevo disco se percibe una combinación muy acertada entre folk y power metal, con pasajes más extremos cercanos al death metal melódico o al black metal. Todo esto se construye a base de melodías vocales muy épicas, acompañadas por guitarras igual de heroicas. Aunque por momentos estas toman una posición más agresiva, es allí donde las voces guturales entran en escena.
Las canciones van surfeando entre estos elementos, pero rara vez se encuentran superpuestos. Es decir, cuando la canción se vuelve extrema, todos los componentes lo hacen. No hay una fusión simultánea entre estas dos facetas.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Rites of the Blood Moon invoca una noche de metal pagano en Dinamarca
Por supuesto, los instrumentos folklóricos están presentes, aportando color a las composiciones y reforzando ese espíritu de guerra medieval que la banda busca transmitir. La batería mantiene un nivel de intensidad muy alto durante todo el disco, aunque siempre sabe cómo adaptarse a cada parte de la canción. De esta forma aparecen momentos de blast beats, ritmos más cercanos al power metal y otros donde acompaña la épica general del álbum.
Las canciones resultan llevaderas y transitan bien todos sus pasajes, pero en varias ocasiones los finales no se sienten del todo trabajados, ya que varias composiciones terminan de forma abrupta o mediante un efecto de fade out.
Uno de los puntos que no funciona es el sonido. El mismo resulta demasiado agudo, con los graves apoyándose casi exclusivamente en la batería. Las guitarras suenan blandas y faltas de cuerpo, lo que además provoca que queden tapadas por las orquestaciones y otros elementos de la música. El bajo prácticamente no tiene presencia; de hecho, por momentos parece inexistente.
Echoes of a Time Once Past es un trabajo muy llevadero para quienes disfrutan de la música épica que transita entre varios géneros, pero sus problemas de sonido le restan varios puntos al resultado final.

En las pesadas noches del verano del hemisferio sur, nadie se encuentra lo suficientemente relajado para una escucha emocional o introspectiva. Lo único que queremos es un buen disco de heavy metal, una bebida bien fría y dejar el cerebro estimularse con los mejores solos de guitarra.
Bueno, no es mi caso (ja). En mi papel de crítico, mi principal responsabilidad es la de comunicarles de la manera más transparente posible, las sensaciones que un disco me deja para que ustedes acepten, o no, la invitación a escucharlos.
Tailgunner es una banda relativamente nueva, que tiene sus orígenes apenas un par de años antes de la pandemia, pero que se presenta como banda oficialmente desde 2022. Con un disco ya en su haber, que pasó sin pena ni gloria, vuelven a la carga, ahora bajo el sello Napalm Records (gran salto). A pesar de mi rol, anteriormente comentado, se me antoja escuchar lo nuevo de esta banda, Midnight Blitz, por el simple hecho de sus evidentes influencias de lo mejor del heavy metal británico (si, el de la nwobhm).
El disco salió… ¿Hoy? Si, hoy 6 de febrero, pero me hice del suficiente espacio durante mis horas de trabajo para darle por lo menos 4 pasadas. Si su material anterior dejo sabor a poco y nada, me atrevo a decir que con Midnight Blitz se reivindicaron de una manera categórica.
Categórico es también su comienzo con la pieza de nombre homónimo al álbum, que entre sirenas de defensa aérea y sintetizadores abre paso a la voz de Craig Cairns para evocar temas típicos de las guerras en el aire, que se repetirán en piezas como “War In Heaven” y “Blood Sacrifice”. Especial mención para la primera, que tiene una intro al fiel estilo new age 80s (reinvindicado por la serie televisiva Stranger Things y que ya muchas bandas se encargaron de volver a sobre explotar) pero que luego y rápidamente se convierte en una power balada que pareciera cantada por el mismísimo Timo Kotipelto de Stratovarius.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Twisted Sister anuncia la cancelación completa de su próxima gira europea
“Tears In Rain” es de mi favoritas, por ese estribillo tan ganchero, un punto alto del disco sin duda alguna. Después te podés encontrar algunas piezas con un tonó más análogo al power metal, como “Follow Me In Death”.
Otro punto alto de este material es “Dead Until The Dark” que da un giro de 180 grados en cuanto a melodía refiere, por un excelente puente muy bien colocado antes del estribillo.
El resto de las canciones es tarea para el hogar…pero algo les prometo, no se van a decepcionar en lo absoluto.
Tailgunner se pone realmente serio con Midnight Blitz. Lleva la producción a otro nivel, con un mejor sello, con un mejor masterizado y bajo el mando del gran KK Downing. La banda se ve completa además de Craig, por Bones en bajo, Zach Salvini y Rhea Thompson en guitarras y Eddie Mariotti en percusión.
No pretenden reinventar la rueda como ellos mismos aseguran, tampoco apelar a la nostalgia como muchas otras bandas lo intentaron y lo intentan. Simplemente nos dan una obra que conmemora lo mejor de los tempranos 80s en Gran Bretaña, con las influencias de Maiden, Judas y quien sabe cuántas leyendas más. Analizo este material con la mera finalidad de saber cuan recomendable pueda llegar a ser y sin duda el resultado es más que contundente. Hacía mucho que no tenía tanta seguridad para recomendar un disco y Tailgunner con Midnight Blitz rompe el hielo.


Desde las frías tierras de Aarhus, al norte de Dinamarca, Sunken pisó fuerte dentro del underground danés. Esto se debe tanto a discos muy bien valorados, como Livslede (2020), como a sus intensas presentaciones en vivo, que llevaban al extremo el clima de introspección presente en sus álbumes. Por este motivo, el esperado nuevo trabajo Lykke llegaba con varias misiones por cumplir: demostrar una evolución musical y, al mismo tiempo, ampliar el alcance de la banda dentro del circuito del black metal europeo. Algo que se vio reflejado en un extenso tour por el norte de Europa.
En lo musical, este disco encuentra la forma de no repetirse. A su base de black metal atmosférico le suman elementos del depressive black metal, visibles sobre todo en el tratamiento vocal. Las voces pasan de los gritos agudos clásicos a registros más intensos, cercanos al lamento. Las atmósferas, por su parte, se sienten más densas y tristes. Si bien las guitarras etéreas y fantasmales características del proyecto siguen presentes, estas alternan entre riffs más pesados y otros más sensibles, aportando dinamismo sin perder cohesión.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Ellende en Copenhague: “Atmósferas que ahogan y emocionan”
Las canciones son extensas y en todas aparece al menos un interludio que funciona como respiro entre tanta intensidad. Estos pasajes están adornados con instrumentos de cuerda, teclados y guitarras acústicas, aportando variedad y reforzando el costado creativo del álbum sin romper su coherencia. Al mismo tiempo, la duración prolongada de los temas exige una escucha atenta y paciente, algo que potencia la inmersión en su clima melancólico, pero que también demanda compromiso por parte del oyente.
Las letras abordan temáticas existenciales y la paradoja de la felicidad, contrastando la búsqueda de bienestar con la dureza de la vida y el sufrimiento. Esto deja en claro que las líricas cargan con un peso emocional considerable, acompañado de manera efectiva por un sonido sólido, donde las bases cumplen su rol mientras las guitarras toman protagonismo cuando la composición lo requiere.
Sunken logra, sin reinventar la rueda, sumar nuevos matices a su identidad sonora y evolucionar de forma firme y consistente. Lykke no busca comodidad ni concesiones: es un disco que se sumerge de lleno en la tristeza y la introspección, y que recompensa a quienes estén dispuestos a entregarse a su atmósfera opresiva y melancólica. Un paso adelante para la banda dentro del black metal underground europeo.


Pelican, la banda de post-metal oriunda de Chicago, acaba de sacar a la venta su nuevo trabajo Ascending. Este nuevo EP cuenta tan solo con 4 canciones y llega en un momento significativo, ya que captura a la banda en un renovado vigor creativo. A pesar de ser un compilado de rarezas y material de sesiones grabadas durante la producción de Flickering Resonance (su último disco oficial), Ascending no se siente fragmentado ni como meros descartes de estudio; al contrario, hay una coherencia deliberada y cuidadosamente orquestada que transforma estas cuatro piezas en una declaración artística propia.
El track que abre y le da nombre al EP es una pieza compositiva única que demanda espacio para respirar, que necesita su propio momento, y en donde las guitarras alternan entre pasajes de sludge denso y melodías bien desarrolladas y cautivantes. La batería de Larry Herweg proporciona una base propulsiva pero nunca apresurada: cada golpe de tom resuena con intención.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: MØL – Dreamcrush (2026)
El bajo de Bryan Herweg, frecuentemente el elemento más subestimado en bandas instrumentales, acá tiene un protagonismo merecido. En lugar de simplemente seguir la guitarra rítmica, serpentea por debajo con una línea melódica propia, añadiendo una tercera capa armónica que enriquece la textura general sin saturarla y que, cuando se percibe, cambia la experiencia de toda la canción.
La canción “Cascading Crescent”, con la colaboración en la voz de Geoff Rickly de Thursday, se puede mencionar como un experimento bien logrado, ya que alterna entre voces melódicas apenas audibles y gritos desgarradores. Esa entrega emotiva podría parecer un desajuste fundamental con el enfoque medido y atmosférico de la banda y, sin embargo, contra todos los pronósticos, funciona bastante bien.
Uno de los aspectos más notables de Ascending es su producción. El sonido es limpio y claro, y cada instrumento ocupa su propio espacio en la mezcla: nada está enterrado ni sobresaturado. Hay suficiente textura para mantener el carácter orgánico de las grabaciones. Las guitarras tienen cuerpo y presencia, el bajo es audible y definido, y la batería conserva claridad sonora sin saturar, llevando el pulso de forma adecuada y dándole espacio a cada instrumento.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Hanabie – Hot Topic (2026)
Ascending no redefinirá el género, eso es seguro. Tampoco es el disco más original de Pelican si se lo compara con otras producciones de su catálogo, pero sí refina la comprensión de lo que la banda puede hacer y, por extensión, de lo que el post-metal instrumental aún tiene para ofrecer este año.


Hanabie vuelve a la carga en formato breve con Hot Topic, un EP que funciona como una descarga directa y sin rodeos dentro de su particular universo sonoro. Lejos de plantearlo como un simple relleno entre discos largos, el lanzamiento se siente pensado para el impacto inmediato: canciones cortas, dinámicas y diseñadas para convivir tanto en playlists como en el directo. Aquí no hay introducciones largas ni desarrollos innecesarios; todo entra rápido y con intención clara, reforzando esa identidad híbrida donde el metalcore moderno se cruza sin complejos con el J-Pop, la electrónica y el caos kawaii que define a la banda.
El arranque con “Iconic” marca el tono desde el primer segundo: riffs contundentes, bases electrónicas bien integradas y un juego vocal constante entre agresividad y melodía pop. Hanabie entiende perfectamente el lenguaje del metalcore actual, pero lo filtra a través de una estética propia que evita caer en fórmulas occidentales recicladas. La producción es limpia, potente y muy enfocada al golpe rítmico, algo que permite que los cambios bruscos de tempo y estilo no suenen forzados, sino naturales dentro de su ADN musical.
TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: Hanabie en Barcelona: “Kawaii, Purpurina y Metal”
A medida que avanza el EP, temas como “Spicy Queen”, “トキメキ About You” y “Girl’s Talk” refuerzan ese carácter explosivo y adictivo que ha hecho crecer a la banda fuera de Japón. Aquí conviven breakdowns pesados con estribillos pegajosos, líneas casi rap y detalles electrónicos que rozan el synthpop sin diluir la pegada metalera. El uso del japonés no es un obstáculo, sino un elemento más que suma personalidad y convierte cada canción en algo reconocible al instante, incluso para oyentes que no entienden el idioma.
El cierre con “はなびえんちゃん。のテーマ” introduce un tono más desenfadado y casi lúdico, rompiendo cualquier expectativa de solemnidad y recordando que Hanabie también juega con el humor y la autoimagen sin perder identidad. Hot Topic se mueve así entre la agresión, la inmediatez pop y la actitud irreverente, consolidando una propuesta que sigue creciendo en visibilidad internacional y que demuestra que, incluso en formato EP, la banda sabe cómo dejar huella canción tras canción.


The Ruins of Beverast vuelve a escena con Tempelschlaf, nuevo lanzamiento a través de Van Records y una duración que ronda la hora repartida en siete cortes extensos. Detrás del proyecto sigue estando Alexander von Meilenwald, quien una vez más se encarga de dar forma a un disco de desarrollo pausado, atmósferas cargadas y una producción que encaja perfectamente con el carácter oscuro del material.
Si algo ha definido la trayectoria del proyecto es la falta de repetición entre discos. Desde Unlock the Shrine hasta Exuvia, cada etapa ha mostrado cambios claros en sonido y enfoque. Tempelschlaf se apoya en composiciones largas, con estructuras que se transforman constantemente y evitan la inmediatez, apostando más por la construcción progresiva de climas que por el impacto directo.
TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: Ellende – Zerfall (2026)
El tema que da nombre al disco, “Tempelschlaf”, abre con un tono ritual y denso, alternando pasajes pesados con otros más contenidos. “Day of the Poacher” eleva el ritmo con guitarras más rápidas y un tratamiento vocal más agresivo, dejando ver una base de black metal más marcada. En “Cathedral of Bleeding Statues” el protagonismo recae en las melodías y las voces limpias, con un aire sombrío que se mueve entre lo gótico y lo feroz sin perder coherencia.
La parte central del álbum se vuelve más directa en lo instrumental. “Alpha Fluids” descarga riffs contundentes y una batería que empuja con fuerza, mientras las voces vuelven a jugar entre registros limpios y rasgados. “Babel, You Scarlet Queen!” mantiene un tono caótico y agresivo durante casi todo su recorrido, resultando uno de los cortes más fáciles de asimilar dentro del conjunto. “Last Theatre of the Sea” continúa esa línea, aunque su desarrollo se oscurece y baja la intensidad en su tramo final.
El cierre llega con “The Carrion Cocoon”, una pieza extensa que combina momentos introspectivos, voces habladas y acordes melancólicos con irrupciones más violentas bien dosificadas. Tempelschlaf se perfila como uno de los trabajos más accesibles de The Ruins of Beverast, manteniendo su complejidad habitual pero con una estructura que permite una escucha más fluida y continua.


Si hay algo que siempre engancha del metal no es solo el volumen ni la velocidad, es la honestidad brutal en las guitarras y en la garganta, y Dreamcrush es eso multiplicado por diez. MØL no viene a ser “otro disco más de metal mezclado con shoegaze”; hay bandas que nacen para repetir una fórmula y hay otras que aparecen desde un lugar incómodo, como si nunca hubieran querido encajar del todo. MØL es de esas.
Desde Aarhus, Dinamarca, lejos del ruido de las escenas grandes, fueron armando su identidad en silencio. Desde su primer EP hasta hoy, se nota que no les interesa la complacencia fácil. Han tomado el abanico del metal, black, post, shoegaze y alt-rock, y lo han fusionado hasta que ya no se pueda separar en partes: esa es su identidad.
Dreamcrush no es un disco que te explique cosas. Es un disco que te pone frente a ellas. Su sonido, siempre entre el filo cortante y la atmósfera expansiva, deja en claro que hoy en día están más afilados y maduros que nunca.
Lo que más vuela la cabeza del disco es cómo logra abarcar contradicciones sin sentirse incoherente. Hay momentos casi cinematográficos y otros que te sacuden la médula. Hay riffs que golpean como la vida misma: no piden permiso, te atrapan y te obligan a sentir.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Ellende – Zerfall (2026)
Las guitarras siguen siendo densas, pero ahora respiran. Hay mucho más espacio, más aire, más melodía. Se sienten influencias que no vienen del metal extremo puro, sino del shoegaze y del alt-rock noventero, de bandas que entendían que la emoción también puede ser ruidosa. No es suavizar el golpe: es hacerlo más profundo.
La voz de Kim Song Sternkopf es clave en todo esto. El grito sigue ahí, rasposo, visceral, negro. Pero ahora convive con momentos donde canta de verdad, donde se expone. Esa dualidad es el alma del disco: el choque constante entre lo que querés decir y lo que te cuesta aceptar.
Dreamcrush tiene picos de violencia emocional y también momentos de introspección. Hay temas que te empujan y otros que te obligan a quedarte quieto y escuchar. El disco no corre todo el tiempo: sabe cuándo frenar, y eso lo hace más pesado que muchos discos que no bajan un cambio jamás.
Y si hay que señalar un punto donde todo el disco termina de cerrar, es “Crush”.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Poppy – Empty Hands (2026)
No es solo el cierre, es la síntesis. Todo lo que MØL viene construyendo desde sus comienzos termina de tomar forma ahí. Es un tema que no necesita explotar desde el segundo uno; se arma de a poco, te envuelve, te desgasta emocionalmente. Tiene agresión, sí, pero también una especie de belleza rota, casi resignada. Es ese momento donde entendés que los sueños no siempre te salvan… a veces también te aplastan. Y aun así, seguís adelante.
Para mí, “Crush” representa exactamente lo que hace grande a este disco: no busca impresionar, busca decir algo verdadero. Es un tema que queda dando vueltas después de que termina, de esos que te hacen volver atrás y escuchar todo el álbum otra vez, pero con otra cabeza.
Los instrumentos acompañan todo este viaje con inteligencia, sin caer en el exceso. Cuando tienen que ser demoledores, lo son. Todo está al servicio de la narrativa, no del lucimiento individual.
Si alguna vez charlamos de cómo el metal puede ser más que furia física —cómo puede ser furia emocional, reflexión, catarsis y poesía distorsionada al mismo tiempo—, Dreamcrush lo demuestra sin pretensiones. No se trata de competir en brutalidad, se trata de construir intensidad y profundidad juntas.
No hay nostalgia forzada ni intento de competir con nadie. Hay identidad.
Y eso, en el metal actual, vale oro.
Dreamcrush no busca gustar a todos. Busca conectar. Y si sos de los que sienten el metal como una herramienta para decir lo que cuesta decir, este disco te va a agarrar fuerte.


2026 marca el décimo aniversario del trío londinense Urne, y Setting Fire to the Sky llega como la declaración definitiva de una banda que finalmente ha encontrado su voz única dentro del panorama del metal progresivo. Después de dos álbumes sólidos que establecieron al grupo como uno de los secretos mejor guardados del underground británico, este tercer trabajo representa no solo un perfeccionamiento técnico, sino también una evolución artística completa.
Si sus trabajos anteriores se caracterizaron por un proceso de autodescubrimiento y experimentación, este disco es inequívocamente el destino: una culminación confiada de lecciones duramente ganadas y la realización más clara hasta ahora del sonido que Urne siempre buscó. El álbum, que cuenta con 8 canciones (9 si tomamos en cuenta el bonus track), suena exponencialmente más grande como unidad, con una producción limpia y clara, que permite que cada instrumento respire de manera precisa.
Desde el primer acorde acústico de “Be Not Dismayed”, queda claro que Urne no tiene intención de jugar seguro. El tema de apertura funciona como una declaración de intenciones perfecta: tras el preludio contemplativo, la banda irrumpe con una demoledora avalancha de riffs precisos y devastadores, mientras el vocalista/bajista Joe Nally demuestra un salto cuántico en su entrega vocal, alternando sin esfuerzo entre guturales aguerridos y pasajes limpios melódicos que se elevan muy por encima de un coro satisfactorio.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Crystal Lake – The Weight Of Sound (2026)
“Weeping to the World” continúa el asalto con patrones de batería acelerados y una estructura progresiva que fusiona elementos de thrash metal con momentos más ligados al sludge, todo envuelto en un machaque que golpea como un tren de carga. La canción es una representación perfecta de lo que Urne representa musicalmente: complejidad sin pretensión, brutalidad con propósito.
La comparación con Mastodon y Gojira es inevitable y, en cierto sentido, completamente justificada. Urne bebe abiertamente del pozo de las grandes bandas del progressive metal, incorporando su combinación de salvajismo y toque melódico, pero lo hace con suficiente personalidad propia como para evitar sonar como meros imitadores.
Lo que distingue a “Setting Fire to the Sky” es la capacidad de Urne para tejer un groove irresistible a lo largo de todo el álbum. Mientras el disco se mueve sin esfuerzo entre pasajes de calma y agresividad, la banda mantiene una atención cautivadora con cada nota. Pueden ofrecer riffs y ritmos tumultuosos, estrellándose a un ritmo atronador, pero luego cambiar hábilmente hacia una sutileza que mantiene la música siempre vigorizante.
Justo cuando creés que ya sabés hacia dónde se dirige el álbum, la banda lanza casualmente su sección más extensa, comenzando con “Towards The Harmony Hall”, una pista de dos mitades, con una segunda parte completamente inesperada, cargada de pasajes e instrumentación enormemente emotivos.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Epica en Barcelona: “En lo mas alto del metal sinfonico”
Esto conduce directamente a la épica de nueve minutos “Harken The Waves”, que presenta la participación de Troy Sanders de Mastodon. Y aquí es donde la colaboración brilla genuinamente: a diferencia de otras bandas que utilizan los feats para apenas unas pocas líneas y un estribillo, Urne reclutó a Sanders vocalmente para casi toda la canción, con las voces de Nally y Sanders entrelazándose de forma intermitente, generando un ida y vuelta realmente convincente. Es una empresa enorme que rinde dividendos en cada escucha, y también una demostración de cuán sólida es la composición de la banda.
El cierre “Breathe”, con la participación de la innovadora chelista Jo Quail, se desvía ligeramente del camino que el resto del álbum ha seguido, pero sigue siendo un final fantástico. La pieza propone un descenso lento y crudo en comparación con el resto del disco, que se mostró agresivo y poderosamente ambiental en varias secciones. Hay olas de serenidad cargadas de emoción, y se percibe que hubo un trabajo muy cuidado en la entrega delicada del cierre.
A pesar de estas pequeñas objeciones, Setting Fire to the Sky es un gran álbum dentro del progressive metal moderno. Es ajustado, cuenta con una producción sólida y resulta sumamente disfrutable, cimentando el estatus de Urne como una de las bandas más emocionantes del circuito actual y posicionándose como un contendiente temprano a disco del año, aunque solo el tiempo lo dirá.
La composición, el lirismo y la musicalidad general del trío han envejecido como un vino fino. Este es un álbum que exige atención completa, recompensando al oyente con nuevos detalles en cada escucha.


Mayhem, pilar fundamental del género extremo, regresa con su séptimo álbum de estudio, Liturgy of Death, lanzado el 6 de febrero de 2026. Con 49 minutos de duración y ocho cortes, esta entrega demuestra que tras cuarenta años de actividad, la banda no solo persiste, sino que domina su oficio con una ferocidad renovada y acá la destripamos.
Liturgy of Death es una experiencia inmersiva en la oscuridad filosófica. El disco funciona como un ritual de desacralización; no busca la velocidad gratuita ni teatralidades vacías, sino que entiende la contención como un arma. La producción marca un hito respecto a sus crudos inicios: cada instrumento respira en una mezcla soberbia. La batería de Hellhammer es una clínica de precisión, mientras que las guitarras de Teloch y Ghul alcanzan una densidad comparable a los trabajos tardíos de Emperor, canalizando florituras técnicas de la escuela de Necrophobic.
A diferencia de la brevedad de Daemon (2019), este álbum adopta un enfoque épico. “Ephemeral Eternity” abre con un preludio ambiental que estalla en una tormenta de rabia nórdica, moviéndose entre ráfagas de velocidad y pasajes asfixiantes. Le sigue “Despair”, que aumenta en disonancia y la amenaza sin dar tregua al oyente. “Weep For Nothing” cierra la trilogía inicial con un despliegue de guitarras repletoss de complejidad, donde el enfoque thrash del black metal brilla con una raspeza que llena todo el espectro sonoro. Se puede escuchar como la garganta de Attila demuestra ser su mayor activo, alternando entre voces limpias, ásperas y matices que llegan a lo operístico.
TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: Hauntologist – Hollow (2024)
En “Aeon’s End” combinan motivos melódicos gélidos con riffs que evocan el pico de Immortal, incluyendo un solo de guitarra desgarrador. “Funeral Existence” se inclina hacia el thrash con cambios de ritmo, mientras que “Realm of Endless Misery” otorga protagonismo al bajo de Necrobutcher. El cierre, “The Sentence of Absolution”, lanza cada elemento decrépito cubierto en el disco contra la pared, culminando en una percusión tribal que podría estar evocando a alguna ceremonia pagana de una era olvidada.
Este nuevo material de los noruegos camina la línea entre la crudeza que piden los puristas y una producción de alto calibre. Representa la expresión por excelencia de lo que el black metal ha llegado a ser en las últimas dos décadas. Puede que no posea la mística de sus obras seminales de los 90, pero confirma que el legado de Mayhem es hoy una realidad auditiva incuestionable.


Crystal Lake regresa en 2026 con “The Weight of Sound”, un álbum que no se limita a marcar una simple vuelta, sino que ha tratado de funcionar como una reafirmación identitaria tras años de silencio, cambios internos (con la salida de Ryo) y una escena que no ha dejado de evolucionar. Ocho años después de Helix, la banda japonesa vuelve con un trabajo que carga y abraza el peso de su propia historia, tanto a nivel sonoro como emocional.
Desde los primeros compases queda claro que este no es un disco diseñado para mirar atrás con nostalgia. Los japoneses optan por un enfoque más amplio y ambicioso, donde el metalcore sigue siendo el eje central, pero se ve constantemente tensionado por elementos de hardcore, deathcore e incluso groove metal. La producción es limpia, musculosa y moderna, sin caer en la sobrecompresión típica del género actual (que hace que gran parte de los nuevos álbumes se vuelvan pesados de escuchar), permitiendo que cada golpe rítmico y cada riff respiren con contundencia.
TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: Architects en Barcelona: “El rugido del Metalcore”
Uno de los aspectos más llamativos del álbum es su planteamiento colaborativo. Lejos de sentirse como un reclamo oportunista, las apariciones de Taylor Barber (Left to Suffer), Jesse Leach (Killswitch Engage), David Simonich (Signs Of The Swarm), Myke Terry (Volumes) o Karl Schubach (Misery Signals) se integran de forma orgánica, aportando matices sin diluir la identidad de la banda. Estos cruces vocales refuerzan la sensación de comunidad y escena, algo que Crystal Lake siempre ha sabido manejar con inteligencia.
Los singles adelantan bien el tono general del disco. Hay espacio para la agresividad directa, con breakdowns diseñados para el directo, pero también para estructuras más dinámicas y pasajes melódicos que no rompen la tensión, sino que la canalizan. “Neversleep” destaca especialmente por su enfoque oscuro y su carga emocional, mientras que otros cortes apuestan por un groove casi hipnótico que demuestra que la banda sigue sabiendo escribir temas memorables sin caer en fórmulas agotadas.
A nivel conceptual, este album gira en torno a la carga emocional, el desgaste físico y mental, y la perseverancia. No es un disco explícitamente conceptual, pero sí coherente en tono y mensaje. Se percibe una banda consciente de su legado, pero también de sus limitaciones pasadas, intentando construir algo más sólido y duradero. La figura de YD como arquitecto sonoro vuelve a ser clave, dotando al álbum de una cohesión que evita que la variedad estilística se convierta en dispersión.
No todo es perfecto. En algunos tramos, la acumulación de ideas y colaboraciones puede generar la sensación de estar escuchando una sucesión de golpes efectivos más que un viaje completamente orgánico. Hay temas que funcionan mejor de manera individual que dentro del conjunto, algo que puede restar profundidad a escuchas completas para los oyentes más exigentes.
Aun así, el balance es claramente positivo. “The Weight of Sound” no pretende reinventar el metalcore, pero sí demostrar que Crystal Lake sigue siendo relevante, peligrosa y creativamente viva en 2026. Es un disco sólido, intenso y honesto, que funcionará tanto para los seguidores veteranos como para una nueva generación que busca algo más que agresividad vacía.
Un regreso convincente, cargado de músculo y carácter, que confirma que Crystal Lake no ha vuelto para ocupar espacio, sino para recordarle a la escena por qué su nombre sigue pesando en el metalcore actual.



Los alemanes de Wolfchant editarán el próximo 13 de febrero su noveno álbum de estudio, Echoes of a Time Once Past. Este es su segundo trabajo luego de su regreso en 2019. Recordemos que la banda se separó en 2018 y que en 2019 volvió con nuevos integrantes, aunque recién editó nuevo material en 2024.
En este nuevo disco se percibe una combinación muy acertada entre folk y power metal, con pasajes más extremos cercanos al death metal melódico o al black metal. Todo esto se construye a base de melodías vocales muy épicas, acompañadas por guitarras igual de heroicas. Aunque por momentos estas toman una posición más agresiva, es allí donde las voces guturales entran en escena.
Las canciones van surfeando entre estos elementos, pero rara vez se encuentran superpuestos. Es decir, cuando la canción se vuelve extrema, todos los componentes lo hacen. No hay una fusión simultánea entre estas dos facetas.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Rites of the Blood Moon invoca una noche de metal pagano en Dinamarca
Por supuesto, los instrumentos folklóricos están presentes, aportando color a las composiciones y reforzando ese espíritu de guerra medieval que la banda busca transmitir. La batería mantiene un nivel de intensidad muy alto durante todo el disco, aunque siempre sabe cómo adaptarse a cada parte de la canción. De esta forma aparecen momentos de blast beats, ritmos más cercanos al power metal y otros donde acompaña la épica general del álbum.
Las canciones resultan llevaderas y transitan bien todos sus pasajes, pero en varias ocasiones los finales no se sienten del todo trabajados, ya que varias composiciones terminan de forma abrupta o mediante un efecto de fade out.
Uno de los puntos que no funciona es el sonido. El mismo resulta demasiado agudo, con los graves apoyándose casi exclusivamente en la batería. Las guitarras suenan blandas y faltas de cuerpo, lo que además provoca que queden tapadas por las orquestaciones y otros elementos de la música. El bajo prácticamente no tiene presencia; de hecho, por momentos parece inexistente.
Echoes of a Time Once Past es un trabajo muy llevadero para quienes disfrutan de la música épica que transita entre varios géneros, pero sus problemas de sonido le restan varios puntos al resultado final.

En las pesadas noches del verano del hemisferio sur, nadie se encuentra lo suficientemente relajado para una escucha emocional o introspectiva. Lo único que queremos es un buen disco de heavy metal, una bebida bien fría y dejar el cerebro estimularse con los mejores solos de guitarra.
Bueno, no es mi caso (ja). En mi papel de crítico, mi principal responsabilidad es la de comunicarles de la manera más transparente posible, las sensaciones que un disco me deja para que ustedes acepten, o no, la invitación a escucharlos.
Tailgunner es una banda relativamente nueva, que tiene sus orígenes apenas un par de años antes de la pandemia, pero que se presenta como banda oficialmente desde 2022. Con un disco ya en su haber, que pasó sin pena ni gloria, vuelven a la carga, ahora bajo el sello Napalm Records (gran salto). A pesar de mi rol, anteriormente comentado, se me antoja escuchar lo nuevo de esta banda, Midnight Blitz, por el simple hecho de sus evidentes influencias de lo mejor del heavy metal británico (si, el de la nwobhm).
El disco salió… ¿Hoy? Si, hoy 6 de febrero, pero me hice del suficiente espacio durante mis horas de trabajo para darle por lo menos 4 pasadas. Si su material anterior dejo sabor a poco y nada, me atrevo a decir que con Midnight Blitz se reivindicaron de una manera categórica.
Categórico es también su comienzo con la pieza de nombre homónimo al álbum, que entre sirenas de defensa aérea y sintetizadores abre paso a la voz de Craig Cairns para evocar temas típicos de las guerras en el aire, que se repetirán en piezas como “War In Heaven” y “Blood Sacrifice”. Especial mención para la primera, que tiene una intro al fiel estilo new age 80s (reinvindicado por la serie televisiva Stranger Things y que ya muchas bandas se encargaron de volver a sobre explotar) pero que luego y rápidamente se convierte en una power balada que pareciera cantada por el mismísimo Timo Kotipelto de Stratovarius.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Twisted Sister anuncia la cancelación completa de su próxima gira europea
“Tears In Rain” es de mi favoritas, por ese estribillo tan ganchero, un punto alto del disco sin duda alguna. Después te podés encontrar algunas piezas con un tonó más análogo al power metal, como “Follow Me In Death”.
Otro punto alto de este material es “Dead Until The Dark” que da un giro de 180 grados en cuanto a melodía refiere, por un excelente puente muy bien colocado antes del estribillo.
El resto de las canciones es tarea para el hogar…pero algo les prometo, no se van a decepcionar en lo absoluto.
Tailgunner se pone realmente serio con Midnight Blitz. Lleva la producción a otro nivel, con un mejor sello, con un mejor masterizado y bajo el mando del gran KK Downing. La banda se ve completa además de Craig, por Bones en bajo, Zach Salvini y Rhea Thompson en guitarras y Eddie Mariotti en percusión.
No pretenden reinventar la rueda como ellos mismos aseguran, tampoco apelar a la nostalgia como muchas otras bandas lo intentaron y lo intentan. Simplemente nos dan una obra que conmemora lo mejor de los tempranos 80s en Gran Bretaña, con las influencias de Maiden, Judas y quien sabe cuántas leyendas más. Analizo este material con la mera finalidad de saber cuan recomendable pueda llegar a ser y sin duda el resultado es más que contundente. Hacía mucho que no tenía tanta seguridad para recomendar un disco y Tailgunner con Midnight Blitz rompe el hielo.


Desde las frías tierras de Aarhus, al norte de Dinamarca, Sunken pisó fuerte dentro del underground danés. Esto se debe tanto a discos muy bien valorados, como Livslede (2020), como a sus intensas presentaciones en vivo, que llevaban al extremo el clima de introspección presente en sus álbumes. Por este motivo, el esperado nuevo trabajo Lykke llegaba con varias misiones por cumplir: demostrar una evolución musical y, al mismo tiempo, ampliar el alcance de la banda dentro del circuito del black metal europeo. Algo que se vio reflejado en un extenso tour por el norte de Europa.
En lo musical, este disco encuentra la forma de no repetirse. A su base de black metal atmosférico le suman elementos del depressive black metal, visibles sobre todo en el tratamiento vocal. Las voces pasan de los gritos agudos clásicos a registros más intensos, cercanos al lamento. Las atmósferas, por su parte, se sienten más densas y tristes. Si bien las guitarras etéreas y fantasmales características del proyecto siguen presentes, estas alternan entre riffs más pesados y otros más sensibles, aportando dinamismo sin perder cohesión.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Ellende en Copenhague: “Atmósferas que ahogan y emocionan”
Las canciones son extensas y en todas aparece al menos un interludio que funciona como respiro entre tanta intensidad. Estos pasajes están adornados con instrumentos de cuerda, teclados y guitarras acústicas, aportando variedad y reforzando el costado creativo del álbum sin romper su coherencia. Al mismo tiempo, la duración prolongada de los temas exige una escucha atenta y paciente, algo que potencia la inmersión en su clima melancólico, pero que también demanda compromiso por parte del oyente.
Las letras abordan temáticas existenciales y la paradoja de la felicidad, contrastando la búsqueda de bienestar con la dureza de la vida y el sufrimiento. Esto deja en claro que las líricas cargan con un peso emocional considerable, acompañado de manera efectiva por un sonido sólido, donde las bases cumplen su rol mientras las guitarras toman protagonismo cuando la composición lo requiere.
Sunken logra, sin reinventar la rueda, sumar nuevos matices a su identidad sonora y evolucionar de forma firme y consistente. Lykke no busca comodidad ni concesiones: es un disco que se sumerge de lleno en la tristeza y la introspección, y que recompensa a quienes estén dispuestos a entregarse a su atmósfera opresiva y melancólica. Un paso adelante para la banda dentro del black metal underground europeo.


Pelican, la banda de post-metal oriunda de Chicago, acaba de sacar a la venta su nuevo trabajo Ascending. Este nuevo EP cuenta tan solo con 4 canciones y llega en un momento significativo, ya que captura a la banda en un renovado vigor creativo. A pesar de ser un compilado de rarezas y material de sesiones grabadas durante la producción de Flickering Resonance (su último disco oficial), Ascending no se siente fragmentado ni como meros descartes de estudio; al contrario, hay una coherencia deliberada y cuidadosamente orquestada que transforma estas cuatro piezas en una declaración artística propia.
El track que abre y le da nombre al EP es una pieza compositiva única que demanda espacio para respirar, que necesita su propio momento, y en donde las guitarras alternan entre pasajes de sludge denso y melodías bien desarrolladas y cautivantes. La batería de Larry Herweg proporciona una base propulsiva pero nunca apresurada: cada golpe de tom resuena con intención.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: MØL – Dreamcrush (2026)
El bajo de Bryan Herweg, frecuentemente el elemento más subestimado en bandas instrumentales, acá tiene un protagonismo merecido. En lugar de simplemente seguir la guitarra rítmica, serpentea por debajo con una línea melódica propia, añadiendo una tercera capa armónica que enriquece la textura general sin saturarla y que, cuando se percibe, cambia la experiencia de toda la canción.
La canción “Cascading Crescent”, con la colaboración en la voz de Geoff Rickly de Thursday, se puede mencionar como un experimento bien logrado, ya que alterna entre voces melódicas apenas audibles y gritos desgarradores. Esa entrega emotiva podría parecer un desajuste fundamental con el enfoque medido y atmosférico de la banda y, sin embargo, contra todos los pronósticos, funciona bastante bien.
Uno de los aspectos más notables de Ascending es su producción. El sonido es limpio y claro, y cada instrumento ocupa su propio espacio en la mezcla: nada está enterrado ni sobresaturado. Hay suficiente textura para mantener el carácter orgánico de las grabaciones. Las guitarras tienen cuerpo y presencia, el bajo es audible y definido, y la batería conserva claridad sonora sin saturar, llevando el pulso de forma adecuada y dándole espacio a cada instrumento.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Hanabie – Hot Topic (2026)
Ascending no redefinirá el género, eso es seguro. Tampoco es el disco más original de Pelican si se lo compara con otras producciones de su catálogo, pero sí refina la comprensión de lo que la banda puede hacer y, por extensión, de lo que el post-metal instrumental aún tiene para ofrecer este año.


Hanabie vuelve a la carga en formato breve con Hot Topic, un EP que funciona como una descarga directa y sin rodeos dentro de su particular universo sonoro. Lejos de plantearlo como un simple relleno entre discos largos, el lanzamiento se siente pensado para el impacto inmediato: canciones cortas, dinámicas y diseñadas para convivir tanto en playlists como en el directo. Aquí no hay introducciones largas ni desarrollos innecesarios; todo entra rápido y con intención clara, reforzando esa identidad híbrida donde el metalcore moderno se cruza sin complejos con el J-Pop, la electrónica y el caos kawaii que define a la banda.
El arranque con “Iconic” marca el tono desde el primer segundo: riffs contundentes, bases electrónicas bien integradas y un juego vocal constante entre agresividad y melodía pop. Hanabie entiende perfectamente el lenguaje del metalcore actual, pero lo filtra a través de una estética propia que evita caer en fórmulas occidentales recicladas. La producción es limpia, potente y muy enfocada al golpe rítmico, algo que permite que los cambios bruscos de tempo y estilo no suenen forzados, sino naturales dentro de su ADN musical.
TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: Hanabie en Barcelona: “Kawaii, Purpurina y Metal”
A medida que avanza el EP, temas como “Spicy Queen”, “トキメキ About You” y “Girl’s Talk” refuerzan ese carácter explosivo y adictivo que ha hecho crecer a la banda fuera de Japón. Aquí conviven breakdowns pesados con estribillos pegajosos, líneas casi rap y detalles electrónicos que rozan el synthpop sin diluir la pegada metalera. El uso del japonés no es un obstáculo, sino un elemento más que suma personalidad y convierte cada canción en algo reconocible al instante, incluso para oyentes que no entienden el idioma.
El cierre con “はなびえんちゃん。のテーマ” introduce un tono más desenfadado y casi lúdico, rompiendo cualquier expectativa de solemnidad y recordando que Hanabie también juega con el humor y la autoimagen sin perder identidad. Hot Topic se mueve así entre la agresión, la inmediatez pop y la actitud irreverente, consolidando una propuesta que sigue creciendo en visibilidad internacional y que demuestra que, incluso en formato EP, la banda sabe cómo dejar huella canción tras canción.


The Ruins of Beverast vuelve a escena con Tempelschlaf, nuevo lanzamiento a través de Van Records y una duración que ronda la hora repartida en siete cortes extensos. Detrás del proyecto sigue estando Alexander von Meilenwald, quien una vez más se encarga de dar forma a un disco de desarrollo pausado, atmósferas cargadas y una producción que encaja perfectamente con el carácter oscuro del material.
Si algo ha definido la trayectoria del proyecto es la falta de repetición entre discos. Desde Unlock the Shrine hasta Exuvia, cada etapa ha mostrado cambios claros en sonido y enfoque. Tempelschlaf se apoya en composiciones largas, con estructuras que se transforman constantemente y evitan la inmediatez, apostando más por la construcción progresiva de climas que por el impacto directo.
TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: Ellende – Zerfall (2026)
El tema que da nombre al disco, “Tempelschlaf”, abre con un tono ritual y denso, alternando pasajes pesados con otros más contenidos. “Day of the Poacher” eleva el ritmo con guitarras más rápidas y un tratamiento vocal más agresivo, dejando ver una base de black metal más marcada. En “Cathedral of Bleeding Statues” el protagonismo recae en las melodías y las voces limpias, con un aire sombrío que se mueve entre lo gótico y lo feroz sin perder coherencia.
La parte central del álbum se vuelve más directa en lo instrumental. “Alpha Fluids” descarga riffs contundentes y una batería que empuja con fuerza, mientras las voces vuelven a jugar entre registros limpios y rasgados. “Babel, You Scarlet Queen!” mantiene un tono caótico y agresivo durante casi todo su recorrido, resultando uno de los cortes más fáciles de asimilar dentro del conjunto. “Last Theatre of the Sea” continúa esa línea, aunque su desarrollo se oscurece y baja la intensidad en su tramo final.
El cierre llega con “The Carrion Cocoon”, una pieza extensa que combina momentos introspectivos, voces habladas y acordes melancólicos con irrupciones más violentas bien dosificadas. Tempelschlaf se perfila como uno de los trabajos más accesibles de The Ruins of Beverast, manteniendo su complejidad habitual pero con una estructura que permite una escucha más fluida y continua.


Si hay algo que siempre engancha del metal no es solo el volumen ni la velocidad, es la honestidad brutal en las guitarras y en la garganta, y Dreamcrush es eso multiplicado por diez. MØL no viene a ser “otro disco más de metal mezclado con shoegaze”; hay bandas que nacen para repetir una fórmula y hay otras que aparecen desde un lugar incómodo, como si nunca hubieran querido encajar del todo. MØL es de esas.
Desde Aarhus, Dinamarca, lejos del ruido de las escenas grandes, fueron armando su identidad en silencio. Desde su primer EP hasta hoy, se nota que no les interesa la complacencia fácil. Han tomado el abanico del metal, black, post, shoegaze y alt-rock, y lo han fusionado hasta que ya no se pueda separar en partes: esa es su identidad.
Dreamcrush no es un disco que te explique cosas. Es un disco que te pone frente a ellas. Su sonido, siempre entre el filo cortante y la atmósfera expansiva, deja en claro que hoy en día están más afilados y maduros que nunca.
Lo que más vuela la cabeza del disco es cómo logra abarcar contradicciones sin sentirse incoherente. Hay momentos casi cinematográficos y otros que te sacuden la médula. Hay riffs que golpean como la vida misma: no piden permiso, te atrapan y te obligan a sentir.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Ellende – Zerfall (2026)
Las guitarras siguen siendo densas, pero ahora respiran. Hay mucho más espacio, más aire, más melodía. Se sienten influencias que no vienen del metal extremo puro, sino del shoegaze y del alt-rock noventero, de bandas que entendían que la emoción también puede ser ruidosa. No es suavizar el golpe: es hacerlo más profundo.
La voz de Kim Song Sternkopf es clave en todo esto. El grito sigue ahí, rasposo, visceral, negro. Pero ahora convive con momentos donde canta de verdad, donde se expone. Esa dualidad es el alma del disco: el choque constante entre lo que querés decir y lo que te cuesta aceptar.
Dreamcrush tiene picos de violencia emocional y también momentos de introspección. Hay temas que te empujan y otros que te obligan a quedarte quieto y escuchar. El disco no corre todo el tiempo: sabe cuándo frenar, y eso lo hace más pesado que muchos discos que no bajan un cambio jamás.
Y si hay que señalar un punto donde todo el disco termina de cerrar, es “Crush”.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Poppy – Empty Hands (2026)
No es solo el cierre, es la síntesis. Todo lo que MØL viene construyendo desde sus comienzos termina de tomar forma ahí. Es un tema que no necesita explotar desde el segundo uno; se arma de a poco, te envuelve, te desgasta emocionalmente. Tiene agresión, sí, pero también una especie de belleza rota, casi resignada. Es ese momento donde entendés que los sueños no siempre te salvan… a veces también te aplastan. Y aun así, seguís adelante.
Para mí, “Crush” representa exactamente lo que hace grande a este disco: no busca impresionar, busca decir algo verdadero. Es un tema que queda dando vueltas después de que termina, de esos que te hacen volver atrás y escuchar todo el álbum otra vez, pero con otra cabeza.
Los instrumentos acompañan todo este viaje con inteligencia, sin caer en el exceso. Cuando tienen que ser demoledores, lo son. Todo está al servicio de la narrativa, no del lucimiento individual.
Si alguna vez charlamos de cómo el metal puede ser más que furia física —cómo puede ser furia emocional, reflexión, catarsis y poesía distorsionada al mismo tiempo—, Dreamcrush lo demuestra sin pretensiones. No se trata de competir en brutalidad, se trata de construir intensidad y profundidad juntas.
No hay nostalgia forzada ni intento de competir con nadie. Hay identidad.
Y eso, en el metal actual, vale oro.
Dreamcrush no busca gustar a todos. Busca conectar. Y si sos de los que sienten el metal como una herramienta para decir lo que cuesta decir, este disco te va a agarrar fuerte.


2026 marca el décimo aniversario del trío londinense Urne, y Setting Fire to the Sky llega como la declaración definitiva de una banda que finalmente ha encontrado su voz única dentro del panorama del metal progresivo. Después de dos álbumes sólidos que establecieron al grupo como uno de los secretos mejor guardados del underground británico, este tercer trabajo representa no solo un perfeccionamiento técnico, sino también una evolución artística completa.
Si sus trabajos anteriores se caracterizaron por un proceso de autodescubrimiento y experimentación, este disco es inequívocamente el destino: una culminación confiada de lecciones duramente ganadas y la realización más clara hasta ahora del sonido que Urne siempre buscó. El álbum, que cuenta con 8 canciones (9 si tomamos en cuenta el bonus track), suena exponencialmente más grande como unidad, con una producción limpia y clara, que permite que cada instrumento respire de manera precisa.
Desde el primer acorde acústico de “Be Not Dismayed”, queda claro que Urne no tiene intención de jugar seguro. El tema de apertura funciona como una declaración de intenciones perfecta: tras el preludio contemplativo, la banda irrumpe con una demoledora avalancha de riffs precisos y devastadores, mientras el vocalista/bajista Joe Nally demuestra un salto cuántico en su entrega vocal, alternando sin esfuerzo entre guturales aguerridos y pasajes limpios melódicos que se elevan muy por encima de un coro satisfactorio.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Crystal Lake – The Weight Of Sound (2026)
“Weeping to the World” continúa el asalto con patrones de batería acelerados y una estructura progresiva que fusiona elementos de thrash metal con momentos más ligados al sludge, todo envuelto en un machaque que golpea como un tren de carga. La canción es una representación perfecta de lo que Urne representa musicalmente: complejidad sin pretensión, brutalidad con propósito.
La comparación con Mastodon y Gojira es inevitable y, en cierto sentido, completamente justificada. Urne bebe abiertamente del pozo de las grandes bandas del progressive metal, incorporando su combinación de salvajismo y toque melódico, pero lo hace con suficiente personalidad propia como para evitar sonar como meros imitadores.
Lo que distingue a “Setting Fire to the Sky” es la capacidad de Urne para tejer un groove irresistible a lo largo de todo el álbum. Mientras el disco se mueve sin esfuerzo entre pasajes de calma y agresividad, la banda mantiene una atención cautivadora con cada nota. Pueden ofrecer riffs y ritmos tumultuosos, estrellándose a un ritmo atronador, pero luego cambiar hábilmente hacia una sutileza que mantiene la música siempre vigorizante.
Justo cuando creés que ya sabés hacia dónde se dirige el álbum, la banda lanza casualmente su sección más extensa, comenzando con “Towards The Harmony Hall”, una pista de dos mitades, con una segunda parte completamente inesperada, cargada de pasajes e instrumentación enormemente emotivos.
TAMBIEN TE PUEDE INTERESAR: Epica en Barcelona: “En lo mas alto del metal sinfonico”
Esto conduce directamente a la épica de nueve minutos “Harken The Waves”, que presenta la participación de Troy Sanders de Mastodon. Y aquí es donde la colaboración brilla genuinamente: a diferencia de otras bandas que utilizan los feats para apenas unas pocas líneas y un estribillo, Urne reclutó a Sanders vocalmente para casi toda la canción, con las voces de Nally y Sanders entrelazándose de forma intermitente, generando un ida y vuelta realmente convincente. Es una empresa enorme que rinde dividendos en cada escucha, y también una demostración de cuán sólida es la composición de la banda.
El cierre “Breathe”, con la participación de la innovadora chelista Jo Quail, se desvía ligeramente del camino que el resto del álbum ha seguido, pero sigue siendo un final fantástico. La pieza propone un descenso lento y crudo en comparación con el resto del disco, que se mostró agresivo y poderosamente ambiental en varias secciones. Hay olas de serenidad cargadas de emoción, y se percibe que hubo un trabajo muy cuidado en la entrega delicada del cierre.
A pesar de estas pequeñas objeciones, Setting Fire to the Sky es un gran álbum dentro del progressive metal moderno. Es ajustado, cuenta con una producción sólida y resulta sumamente disfrutable, cimentando el estatus de Urne como una de las bandas más emocionantes del circuito actual y posicionándose como un contendiente temprano a disco del año, aunque solo el tiempo lo dirá.
La composición, el lirismo y la musicalidad general del trío han envejecido como un vino fino. Este es un álbum que exige atención completa, recompensando al oyente con nuevos detalles en cada escucha.


Mayhem, pilar fundamental del género extremo, regresa con su séptimo álbum de estudio, Liturgy of Death, lanzado el 6 de febrero de 2026. Con 49 minutos de duración y ocho cortes, esta entrega demuestra que tras cuarenta años de actividad, la banda no solo persiste, sino que domina su oficio con una ferocidad renovada y acá la destripamos.
Liturgy of Death es una experiencia inmersiva en la oscuridad filosófica. El disco funciona como un ritual de desacralización; no busca la velocidad gratuita ni teatralidades vacías, sino que entiende la contención como un arma. La producción marca un hito respecto a sus crudos inicios: cada instrumento respira en una mezcla soberbia. La batería de Hellhammer es una clínica de precisión, mientras que las guitarras de Teloch y Ghul alcanzan una densidad comparable a los trabajos tardíos de Emperor, canalizando florituras técnicas de la escuela de Necrophobic.
A diferencia de la brevedad de Daemon (2019), este álbum adopta un enfoque épico. “Ephemeral Eternity” abre con un preludio ambiental que estalla en una tormenta de rabia nórdica, moviéndose entre ráfagas de velocidad y pasajes asfixiantes. Le sigue “Despair”, que aumenta en disonancia y la amenaza sin dar tregua al oyente. “Weep For Nothing” cierra la trilogía inicial con un despliegue de guitarras repletoss de complejidad, donde el enfoque thrash del black metal brilla con una raspeza que llena todo el espectro sonoro. Se puede escuchar como la garganta de Attila demuestra ser su mayor activo, alternando entre voces limpias, ásperas y matices que llegan a lo operístico.
TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: Hauntologist – Hollow (2024)
En “Aeon’s End” combinan motivos melódicos gélidos con riffs que evocan el pico de Immortal, incluyendo un solo de guitarra desgarrador. “Funeral Existence” se inclina hacia el thrash con cambios de ritmo, mientras que “Realm of Endless Misery” otorga protagonismo al bajo de Necrobutcher. El cierre, “The Sentence of Absolution”, lanza cada elemento decrépito cubierto en el disco contra la pared, culminando en una percusión tribal que podría estar evocando a alguna ceremonia pagana de una era olvidada.
Este nuevo material de los noruegos camina la línea entre la crudeza que piden los puristas y una producción de alto calibre. Representa la expresión por excelencia de lo que el black metal ha llegado a ser en las últimas dos décadas. Puede que no posea la mística de sus obras seminales de los 90, pero confirma que el legado de Mayhem es hoy una realidad auditiva incuestionable.


Crystal Lake regresa en 2026 con “The Weight of Sound”, un álbum que no se limita a marcar una simple vuelta, sino que ha tratado de funcionar como una reafirmación identitaria tras años de silencio, cambios internos (con la salida de Ryo) y una escena que no ha dejado de evolucionar. Ocho años después de Helix, la banda japonesa vuelve con un trabajo que carga y abraza el peso de su propia historia, tanto a nivel sonoro como emocional.
Desde los primeros compases queda claro que este no es un disco diseñado para mirar atrás con nostalgia. Los japoneses optan por un enfoque más amplio y ambicioso, donde el metalcore sigue siendo el eje central, pero se ve constantemente tensionado por elementos de hardcore, deathcore e incluso groove metal. La producción es limpia, musculosa y moderna, sin caer en la sobrecompresión típica del género actual (que hace que gran parte de los nuevos álbumes se vuelvan pesados de escuchar), permitiendo que cada golpe rítmico y cada riff respiren con contundencia.
TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR: Architects en Barcelona: “El rugido del Metalcore”
Uno de los aspectos más llamativos del álbum es su planteamiento colaborativo. Lejos de sentirse como un reclamo oportunista, las apariciones de Taylor Barber (Left to Suffer), Jesse Leach (Killswitch Engage), David Simonich (Signs Of The Swarm), Myke Terry (Volumes) o Karl Schubach (Misery Signals) se integran de forma orgánica, aportando matices sin diluir la identidad de la banda. Estos cruces vocales refuerzan la sensación de comunidad y escena, algo que Crystal Lake siempre ha sabido manejar con inteligencia.
Los singles adelantan bien el tono general del disco. Hay espacio para la agresividad directa, con breakdowns diseñados para el directo, pero también para estructuras más dinámicas y pasajes melódicos que no rompen la tensión, sino que la canalizan. “Neversleep” destaca especialmente por su enfoque oscuro y su carga emocional, mientras que otros cortes apuestan por un groove casi hipnótico que demuestra que la banda sigue sabiendo escribir temas memorables sin caer en fórmulas agotadas.
A nivel conceptual, este album gira en torno a la carga emocional, el desgaste físico y mental, y la perseverancia. No es un disco explícitamente conceptual, pero sí coherente en tono y mensaje. Se percibe una banda consciente de su legado, pero también de sus limitaciones pasadas, intentando construir algo más sólido y duradero. La figura de YD como arquitecto sonoro vuelve a ser clave, dotando al álbum de una cohesión que evita que la variedad estilística se convierta en dispersión.
No todo es perfecto. En algunos tramos, la acumulación de ideas y colaboraciones puede generar la sensación de estar escuchando una sucesión de golpes efectivos más que un viaje completamente orgánico. Hay temas que funcionan mejor de manera individual que dentro del conjunto, algo que puede restar profundidad a escuchas completas para los oyentes más exigentes.
Aun así, el balance es claramente positivo. “The Weight of Sound” no pretende reinventar el metalcore, pero sí demostrar que Crystal Lake sigue siendo relevante, peligrosa y creativamente viva en 2026. Es un disco sólido, intenso y honesto, que funcionará tanto para los seguidores veteranos como para una nueva generación que busca algo más que agresividad vacía.
Un regreso convincente, cargado de músculo y carácter, que confirma que Crystal Lake no ha vuelto para ocupar espacio, sino para recordarle a la escena por qué su nombre sigue pesando en el metalcore actual.



