


Amon Amarth, nuestros deathmetaleros vikingos favoritos, están de vuelta con otro emocionante nuevo álbum. Bueno, no sé si “favoritos” sea la mejor palabra, y tampoco diría que el anuncio de un nuevo lanzamiento por parte del quinteto fuera “emocionante”, porque la última década de la agrupación sueca ha sido bastante medio. Puede que esté exagerando, pero hubo una época en la que Amon Amarth era una banda dentro de todo respetada y con razón, porque hay que tener cierto talento para que una fórmula como “death metal melódico con temática de vikingos” se relacione inmediatamente con vos. Pero en algún punto, tal vez coincidiendo con el punto donde dejaron de lado las portadas rojas y naranjas y pasaron al azul y al celeste, Amon Amarth dejó de tener esa “magia” que caracterizaba a sus primeros trabajos. ¿Será un ejemplo de algo perdiendo el ingrediente mágico en el momento en el que se vuelve “popular”? Tampoco es que me quiera poner en modo elitista con eso, pero en algún momento en los últimos diez años Amon Amarth se han sentido como una de esas series de televisión o sagas de películas que se extienden por demasiado tiempo, donde los personajes ya no avanzan ni un milímetro en sus historias y los guionistas parecen estar contentos con repetir los mismos chistes en las mismas situaciones, simplemente porque saben que van a seguir teniendo un público dentro de todo fiel.
Es así que en al menos la última década los discos perdieron su impacto, funcionando más como fotocopias de riffs e ideas y como excusa para armar nuevas giras donde pudieran meter otro bote vikingo arriba del escenario. Entiendo perfectamente que los miembros deben estar felices así, que incluso girando con un disco mediocre bajo en brazo pueden ser cabeza de cartel en festivales, girar por EEUU y por Asia, y que todos están contentos mientras toquen “Twilight of the Thunder God”, “Deceiver of the Gods” y “The Pursuit of the Vikings” para poder hacer el pogo ese donde todos fingen ser marineros en un barco vikingo, sin importar lo que un tipo como yo pueda decir sobre ello. Pero creo que la idea del “death melódico con temática de vikingos”™ de Amon Amarth se merece algo mejor que la seguidilla de discos mediocres que los suecos han estado entregando durante la última década, con más de un comentario tachando al último The Great Heathen Army (2022) como ya entrando en la autoparodia. Básicamente, terminaron como sus compatriotas Sabaton, los Call of Duty del metal en estos momentos.
Hablando de “autoparodia”, cuando lanzaron el primer single de este The Allfather Awakens, titulado “We Rule The Waves”, salió más de un año antes que el álbum y escuchándolo no pude evitar pensar en ese término, porque parece una canción de Amon Amarth generada por Chat GPT. No estoy acusando a la banda de haber usado inteligencia artificial, pero hay algo en ese estribillo de “Somos los vikingos / y nunca seremos esclavos” que es simplemente vergonzoso en las pocas ganas que le metieron. Sumado a los riffs reciclados, parece una canción que grabaron en cinco minutos y tomó la misma cantidad de tiempo para componer.
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Pero con los siguientes adelantos, la cosa creo que fue mejorando, o al menos la vara estaba tan baja que hasta un rengo podría haberla saltada. Tuvimos la particular “Upphaf”, una canción donde Johan Hegg mantiene su estilo característico gutural pero con una instrumentación totalmente acústica, algo donde no me termina de convencer el resultado pero al menos puedo decir que respeto el intento de hacer algo “diferente”. Y ya con “Gjallarhorn” las cosas se pusieron bastante mejor, más nada porque será una canción típica de Amon Amarth pero al menos tendrá algo de energía, algo más que ese medio tiempo que puede funcionar un par de veces pero que apareciendo demasiado seguido termina siendo un plomazo, y lo mismo se podría decir de “Eight Legs of Thunder”, cuarto y último adelanto que demostraba que los suecos de vez en cuando pueden acordarse de que el death melódico puede ser algo más que power metal genérico con voces podridas.
Cuando recibí este The Allfather Awakens, digamos que no sabía qué esperar. ¿Amon Amarth había recordado cómo hacer un álbum decente de vuelta? ¿Por qué debería ocurrir justo ahora? ¿Me estaba ilusionando demasiado? Pero bueno, era hora de darle otra oportunidad más a los suecos. Así que apreto play y… bueno, en realidad arrancamos con “Gjallarhorn” y le sigue “Eight Legs of Thunder” y ya expresé que me gustan, así que no hay sorpresas ahí. Así que luego de esas tenemos “Kvasir’s Blood”, una canción a medio tiempo con un pulso un tanto “moderno” en el sonido de las guitarras: siempre pareció que Amon Amarth funcionaban mucho mejor cuando mantenían la carnicería deathmetalera en sus guitarras y no sólo en las voces, pero creo que la canción es dentro de todo decente, siendo más lenta sin dejar de lado la pesadez.
Después siguen con la mediocre y antes mencionada “We Rule The Waves” y con la también antes mencionada “respetable en el intento pero no tanto en la ejecución” “Upphaf”, así que se puede decir que es un momento donde el disco se pincha. Pero después las cosas levantan vuelo con “Die With a War Cry”, otro clásico momento de energía guerrera por parte de Amon Amarth que vuelve a los riffs violentos y a las ganas de meterse a un mosh picante. Y lo mismo podría decirse con “Raven God”, canción con un título que me llama la atención que no hayan usado antes pero que mantiene la energía melódica.
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La (casi) canción título “The Allfather Awakes” (decisión extraña, si me preguntan) tiene un sentido épico que hace honor a semejante título, con otro medio tiempo pero que se apoya mucho en la percusión y ciertamente da la imagen de un ejército marchando con espadas a través de la nieve. Y “Oden’s Hunt” vuelve de lleno al death metal con un doble bombo omnipresente y unas guitarras sacándose de la manga unos riffs del manual más básico del melodeath sueco pero haciéndolo funcionar a puro músculo: sí, todavía hay cosas en la fórmula de Amon Amarth que pueden justificarse con un “Si no está roto, no lo arregles”. Y cerramos el álbum con “Ascending Like an Eagle”, track con un título cliché dentro o fuera del contexto vikingo pero que cumple con su propósito, dándole un cierre dentro de todo satisfactorio al álbum con otra canción de atmósfera épica.
The Allfather Awakens no será de los grandes discos del año, ni siquiera lo pondría en mi Top 25 del año, pero en el contexto de lo que vienen siendo los últimos años de Amon Amarth diría que es de lo mejor que hayan hecho en esta etapa de su carrera, y tal vez lo mejor que puedan hacer sin hacer cambios radicales en su sonido que puedan llegar a alienar a los fans. A decir verdad, el acierto del decimotercer álbum de los suecos está en el simple hecho de tener algo de material como para llegarle a gente por fuera del círculo más cerrado y fanático de seguidores de Amon Amarth, al menos demostrando que pueden recordar cómo hacer canciones decentes. Así que lo nuevo de Amon Amarth tendrá todavía un par de los vicios que han plagado a la obra de la banda en los últimos años, pero al menos puede llevarse un mini premio de “álbum que más entregó comparado con lo que esperaba de él”.


Con Axis Mundi, Imminence vuelve a construir su propuesta alrededor de esa combinación entre Metalcore, dramatismo y violín que se ha convertido en su principal seña de identidad. La cuestión es hasta qué punto el instrumento forma parte realmente de la identidad de la banda y cuánto funciona como un elemento añadido para diferenciarse dentro de una escena bastante saturada. Cuando aparece integrado en los momentos adecuados, la respuesta es evidente: las composiciones ganan profundidad, tensión y una dimensión cinematográfica que funciona especialmente bien en cortes como “Twisting In The Wind” o “Crestfallen”, donde las cuerdas consiguen elevar los estribillos hasta ese carácter épico que Imminence busca constantemente.
El problema aparece cuando se apartan de ese terreno. Axis Mundi presenta una producción enorme, guitarras pesadas y una atmósfera fría que pretende llevar el Metalcore hacia espacios más grandilocuentes, pero no siempre encuentra suficientes recursos para mantener esa sensación. “The Sword That Never Bends” introduce incluso un marcado aire Nu Metal, mientras que “If Not Now, When” se acerca a unos Deftones más melódicos y demuestra que la banda puede funcionar cuando abandona parcialmente su fórmula habitual. En cambio, “Didn’t Think About You (Lately)” resulta mucho menos convincente al introducir elementos electrónicos que no terminan de encajar con el resto del disco, y “Devil May Try” acusa especialmente la falta de cambios de dinámica.
También existe un contraste importante entre la contundencia instrumental y la interpretación vocal de Eddie Berg. Cuando se ocupa de las voces agresivas, su registro encaja perfectamente con la parte más pesada de Imminence, pero las melodías limpias no siempre tienen la misma fuerza. Esto se hace especialmente evidente en “Power Divine” y “Exodus”, donde la instrumentación parece reclamar una interpretación vocal mucho más poderosa de la que finalmente recibe. “Shed Your Skin” intenta romper esa monotonía introduciendo texturas más ásperas y unos registros vocales enterrados en la mezcla, aunque la canción tampoco termina de desarrollar todo ese potencial.
Aun así, Axis Mundi contiene algunos de los mejores momentos de Imminence. “Crestfallen” representa con bastante precisión lo que la banda pretende conseguir cuando todos sus elementos funcionan al mismo tiempo: guitarras enormes, cuerdas, melodía y una atmósfera casi gélida que convierte el Metalcore en algo mucho más expansivo. “If Not Now, When” aporta otra cara interesante y demuestra que existe margen para explorar más allá de la fórmula habitual. El violín sigue siendo una pieza fundamental, quizá demasiado fundamental, pero cuando Imminence consigue integrarlo de manera natural dentro de sus composiciones, deja de parecer un simple elemento diferenciador y pasa a formar parte de los momentos realmente memorables del álbum.


Los gigantes del metalcore Miss May I vuelven a la carga con su nuevo trabajo llamado: No Place For Me para demostrar que el Metalcore Clásico sigue muy vivo. Alejados de las producciones ultraprocesadas que marcan la pauta en la actualidad, los norteamericanos siguen fieles a su estilo más oldschool y nos presentan “No Place For Me”.
Un álbum que habla sobre los problemas que ha sufrido la banda a la hora de llevarse a si mismos al límite para conseguir el tan ansiado éxito. La ansiedad, la sobreexposición, el “burnout”… Varios de los sentimientos que ha expresado Levi (vocalista) en diversas entrevistas y que han sufrido a lo largo de los casi 20 años que llevan en activo.
El álbum se divide en tres partes bastante diferenciadas:
Una primera donde encontramos “Sanctuary” y “Portrait of Pain”. Temas que nos hablan del momento en el que se dan cuenta los sentimientos y emociones anteriormente mencionadas que están sufriendo y que reflejan perfectamente con un tono oscuro, una agresividad en los temas para marcar la pauta y unas letras bien elaboradas.
Una segunda donde tenemos “Hand Me A Halo”, “Pray For Silence”, “Death Threat” y “Die On The Vine”. Aquí la música pasa a ser un punto más pesada para representar el momento de colapso que sufrieron y la presión psicológica que fueron acumulando a lo largo de los años.
Y en la parte final, con “Fire Falls”, “Bury Me Down”, “Ashes Of The Altar” y “Highbrow Thieves” vemos la luz al final del túnel. Los de Ohio nos llevan a una vertiente menos agresiva y más enfocada en el “groove”. Unas guitarras que “iluminan” con unos riffs y solos espectaculares.
En resumen, un disco que adquiere todo el sentido cuando lo escuchas de principio a fin. Si nos ponemos a escuchar temas sueltos es cierto que pueden sonar a “lo de siempre”, pero si mencionamos a Miss May I estamos hablando de uno de los pilares dentro del Metalcore Clásico que no necesita adaptarse a ninguna tendencia. Han sido, son y serán leyendas.

Desde España, Bocc lleva desde 2019 trabajando una propuesta asentada en las vertientes más densas del death metal, una fórmula que les ha situado habitualmente cerca del death/doom. Con Demolarium, segundo larga duración de la banda y editado por Night Terrors Records, el grupo profundiza todavía más en ese sonido pesado y cavernoso, tomando como referencia una escuela de funeral doom que tiene en Winter uno de sus nombres fundamentales. Los riffs avanzan con lentitud y mucho peso, mientras las voces graves y profundas refuerzan una atmósfera oscura que se mantiene prácticamente durante los 42 minutos.
Desde el arranque con “Demolarium” queda claro que Bocc no busca una producción basada en golpes rápidos ni en cambios constantes. El protagonismo está en la densidad de las guitarras, en los tempos contenidos y en esa sensación de estar ante una masa sonora que avanza lentamente. “Calvari (Dels Condemnants)” rompe ligeramente esa dinámica al introducir más detalles y variaciones, siendo uno de los cortes donde el grupo amplía un poco más su registro sin abandonar el carácter opresivo que define al álbum.
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El resto del recorrido, desde “Ànima D’Acer” hasta los distintos pasajes intermedios, mantiene una línea bastante definida. Hay momentos donde el sonido se vuelve especialmente cavernoso y otros en los que la fórmula puede resultar más plana, pero Bocc consigue que esa falta de grandes giros no termine perjudicando la intensidad del conjunto. Demolarium funciona precisamente porque el grupo parece tener muy claro qué quiere conseguir y no necesita introducir elementos ajenos para sostener el interés.
La propuesta queda así construida alrededor de riffs lentos, voces profundas y una atmósfera pesada que remite directamente a las raíces más oscuras del doom. No es un disco que dependa de una canción concreta para sostenerse, sino de la continuidad de su propia fórmula, permitiendo que Demolarium se escuche de principio a fin sin necesidad de buscar constantemente el siguiente cambio.


El proyecto unipersonal del sueco M. regresa con The Expanse, su cuarto trabajo de estudio y continuación de Where Sun Resigns (2025). Skuggor vuelve a moverse dentro de un Atmospheric Black Metal que encuentra buena parte de su identidad en los contrastes: guitarras que pueden sonar abrasivas mientras las bases mantienen una sensación fría y distante, pasajes más pausados frente a otros donde los blast beats aceleran el pulso y una voz desgarrada que termina de dar forma al conjunto. Todo ello está directamente relacionado con los bosques, lagos helados y paisajes del norte de Suecia que inspiraron la composición del álbum.
El tema que da nombre al disco, “The Expanse”, supera los ocho minutos y funciona como una entrada progresiva en el universo de Skuggor, creciendo poco a poco hasta desembocar en sus momentos más agresivos. “The Fire” introduce un mayor protagonismo de las guitarras, con riffs que contrastan con esa atmósfera gélida que domina buena parte del álbum, mientras que “The Trance” se apoya más en la repetición, los ritmos pesados y una interpretación vocal cargada de desesperación. No hay demasiada prisa por llegar a ningún sitio: las canciones se desarrollan dejando espacio para que cada capa termine ocupando su lugar.
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“Hem” apuesta por una vertiente más épica, con teclados que amplían el sonido y vuelven a colocar la melancolía en primer plano. En “The Storm” encontramos el momento más violento del disco, combinando blast beats y una interpretación más cruda con algunos pasajes semiacústicos que rompen la tensión. M. también deja notar sus influencias del Black Metal atmosférico más clásico, con ecos que pueden recordar a Burzum, Agalloch, Urfaust o Drudkh, aunque The Expanse no se limita a reproducir esas referencias.
El cierre llega con “The Nothing”, probablemente uno de los cortes donde mejor se aprecia la vertiente más oscura y cercana al Doom de Skuggor, manteniendo esa combinación de tempos contenidos, guitarras envolventes y voces llevadas al límite. The Expanse fue concebido además como acompañamiento a los trayectos entre Moskosel y Arvidsjaur, en una zona boscosa de la Laponia sueca todavía alejada de buena parte de la actividad humana, y esa conexión con el entorno se percibe especialmente en los momentos donde M. deja que la música avance sin necesidad de sobrecargarla.


Green Lung tendrán un nombre que a primera vista podrá recordar al rejunte de bandas de stoner metal que ponen especial énfasis en el sentido inglés de “stoner”, como Bongzilla, Bongripper, Belzebong, Weedeater, Dopethrone y otros, pero los ingleses Green Lung van por un lado más particular. Manteniendo la veneración a los riffs y las cruces de Black Sabbath, el quinteto se sumerge en el mundo del terror ocultista y pagano de los lugares secretos de las islas británicas. Tal vez eso recuerde de inmediato a Electric Wizard, pero considerando que desde que Green Lung se formaron los de Jus Oborn no han sacado ni un solo LP entonces no quedará otra que agarrar de donde se pueda.
Este Necropolitan, su cuarto LP, está descrito como “una carta de amor al Londres gótico en clave de riffs”. Más específicamente, se inspira en los cementerios construidos en la capital inglesa en la era victoriana, época en la que la población de la ciudad creció más de un 300% y ya no podía dar abasto con los cementerios normales. Cuando leí esa descripción no sabía qué esperarme, pero ahora puedo decir que sin lugar a dudas Green Lung cumple con su palabra, porque Necropolitan bien podría ser una guía turística de los lugares más particulares de su ciudad natal.
Tomemos por ejemplo “Necropolitan Line”, ya de por sí una de las más particulares al ser un claro pastiche de Deep Purple con sus teclados acompañando las guitarras sino también por el hecho de que sea una canción sobre el metro de Londres, pintando un escenario de los lugares ocultos debajo de la tierra y que a primera vista parecen sólo ser recorridos por los trenes pero que siempre pueden ocultar algo más. También está “Evil In This House”, que referencia 50 Berkeley Square, dirección de una de las “casas embrujadas” más famosas del mundo, y la que tributan con una canción lenta, pesada y melódica, con un sonido de bajo bien presente.
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Una de las más interesantes en cuanto a temática es “Alostrael (Be My Babalon)”, que parece estar basada alrededor de la figura del ocultista Aleister Crowley y más específicamente de Leah Hirsig, una de las compañeras y amantes de Crowley a las que este llamó “Mujeres Escarlata”: no me habría enterado de 90% de esto si no fuera por esta canción, ciertamente. Y ya que estamos, la séptima canción es una adaptación del poema “Ozymandias” de Percy Bysshe Shelley, uno de los poetas románticos más famosos y cuya obra ha sido referenciada en muchas historias, lo hayamos notado o no.
Ahora, ¿cómo está la música en Necropolitan? Incluso si uno no es tan fan de ir saltando de artículo en artículo en Wikipedia, creo que Green Lung ofrecen una tonelada de material muy recomendable en este álbum. No habrá grandes diferencias con respecto a sus discos anteriores, pero los ingleses siguen encontrando maneras de ofrecer esta onda de metal retro setentas de una forma que no se sienta como un simple copiado y pegado de lo hecho cinco décadas atrás por Black Sabbath o bandas similares, más que nada porque incluso en sus momentos más obvios se nota que saben lo que hace que este estilo sea atrayente.
Quiero mencionar que es obvio que las voces de Tom Templar son el hueso duro de roer en la propuesta de Green Lung, como su estilo agudo y nasal que por momentos me recuerda a un Geddy Lee británico. Leí y escuché a mucha gente quejarse de ellas y está claro que en los primeros discos eran un tanto más “complicadas”. Sin embargo, en este punto de su carrera siento que esas voces le van como guante a la propuesta de Green Lung: si me dijeran cómo debería de sonar una banda de “metal stoner nerd” mi idea no estaría muy alejada de cómo suena él, con un toque teatral que ayuda a meterse en la atmósfera oscura tan particular de las canciones.
Así que sí, Green Lung puede que entreguen “más de lo mismo” en materia de stoner doom, pero no me quejo porque está muy bien hecho. La idea conceptual es muy interesante, las canciones son atrapantes, la producción es un lujo y todo el conjunto da lugar a una obra muy recomendable, seas fan de la historia o simplemente quieras escuchar unos bueno riffs durante un rato. Y si usted es ambas cosas, vaya ya mismo a darle play.


Desde que Sigh apareció a finales de los ochenta, pocas bandas han demostrado una capacidad semejante para cambiar de piel sin perder su identidad. Aquella relación inicial con el Black Metal hace tiempo que quedó atrás, y discos como Hail Horror Hail, Scenario IV: Dread Dreams o Imaginary Sonicscape ya dejaban claro que lo suyo iba mucho más allá de cualquier etiqueta. Cuatro años después de Shiki, los japoneses regresan con Goh-Ka, un nuevo ejercicio de libertad creativa en el que vuelven a mezclar metal extremo, progresivo, psicodelia, sonidos setenteros y pasajes de difícil clasificación.
El álbum gira alrededor de la impermanencia de la vida y del cuerpo, tomando como referencia las nueve etapas de descomposición de un cadáver dentro de la tradición budista japonesa. Esa idea no funciona como simple decoración conceptual, sino que se refleja en una música que cambia constantemente de forma. “Kuso-shi 1, 2, and 3” abre el recorrido con una construcción progresiva que desemboca en “Jigoku-Zoshi 1: Unkamusho”, mucho más agresiva y directa, con Mike Heller aportando una batería especialmente contundente. Después llega “Kuso-shi 4, 5, and 6”, donde Sigh vuelve a retorcer las estructuras hasta convertirlas en una sucesión de cambios, atmósferas y elementos extremos.
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La capacidad para saltar de un registro a otro vuelve a ser una de las grandes virtudes del disco. “Unputenpu” introduce una marcada influencia setentera que puede recordar incluso a Deep Purple, mientras “Jinmenjushin” recupera el lado más oscuro y agresivo. “Jigoku-Zoshi 2: Tokatsujigoku” insiste en esa vertiente extrema antes de que el tramo final complete un álbum de casi una hora en el que prácticamente todo parece estar en movimiento. Hay riffs pesados, melodías inesperadas, voces desgarradas, momentos psicodélicos y estructuras progresivas, pero todo termina sonando reconociblemente a Sigh.
Goh-Ka exige dejar de lado la necesidad de encontrar una etiqueta concreta y simplemente entrar en su universo. Sigh vuelve a demostrar que su mayor virtud consiste precisamente en no repetirse, utilizando cada canción como un espacio para experimentar con nuevas ideas sin perder el carácter que llevan construyendo desde hace décadas. Es un disco extraño, ambicioso y cargado de detalles, de esos que descubren algo nuevo cuando se vuelven a escuchar.


Los críticos suelen (solemos) prestarle mucha atención a los álbumes editados inmediatamente después de algún momento importante en la vida del artista en cuestión. Asumo que debe ser porque, de vez en cuando, nos gusta que la idea del “álbum más personal hasta ahora” sea una realidad y no un simple cliché de los creativos publicitarios al momento de promocionar los álbumes: véase cosas tan disímiles como Blood on the Tracks de Bob Dylan o …And Justice For All de Metallica como ejemplos. Entonces, ¿cómo entra este disco de Beartooth acá? O, considerando el público de esta página, tal vez tendría que preguntar qué o quién es Beartooth.
A pesar de ser oficialmente una banda, Beartooth siempre ha sido un proyecto centrado en la figura de su cantante, compositor principal y único fundador Caleb Shomo. Cuando escuché acerca de Beartooth, me sorprendió descubrir que ya me había cruzado con la figura de Shomo años atrás, con el video de “Stick Stickly” de Attack Attack!, uno de los videos más ridículos y al mismo tiempo icónicos de la época del “metalcore MySpace” de los 2000. Shomo era el cantante y tecladista de la banda, y se fue en 2012 para fundar su propio proyecto, este Beartooth con el que sacó seis álbumes y se ganó un grupo de fans fieles en medio de la escena de ensalada de metalcore / post hardcore / metal alternativo y demás. En agosto tuvimos la salida de Pure Ecstasy, su séptimo álbum de estudio.
¿Qué tenemos en Pure Ecstasy? Voy a ser sincero: hay muchos elementos del estilo de Beartooth, sea en este álbum o en general, que puedo disfrutar sólo a cuentagotas. Tendré casi la misma edad que Caleb Shomo, pero tengo en claro que el estilo de Beartooth, en su conjunto, está dirigido a un público más joven o al menos bastante diferente al que sea que yo pertenezca. El álbum en sí es un rejunte de diferentes tendencias actuales tanto en música pesada como en rock en general, donde las guitarras distorsionadas y procesadas se encuentran con elementos de electrónica y a veces estos cambian de lugar y es la electrónica la que pasa a primer plano.
El problema con el estilo de Beartooth y muchas bandas parecidas es que muchas veces no se sientan como bandas, sino más como un cantante que hace lo suyo con alguna pista de fondo hecha en FL Studio: hay una diferencia de actitud entre ambos, eh. Las partes con los riffs furiosos y las voces gritadas me parecen las mejores del álbum, mientras que las partes con las voces limpias con efectos y las bases electrónicas a veces se me hacen demasiado largas, como si quisiera fijarme cuánto falta hasta que vuelvan las guitarras. No sé, debe ser que mucha de esta percusión electrónica la relaciono con música impersonal de historia de Instagram.
Y, a pesar de ello, no “odio” esos momentos. A las guitarras le faltarán algo de músculo, no puedo mencionar nada que haya hecho el bajo, las baterías son bastante artificiales y el álbum tiene una sobredosis de momentos de “pop tiktokero”, pero hay algo en mí que termina disfrutando bastante del álbum: puede ser alguna clase de síndrome de Estocolmo. Tomemos por ejemplo “Bullshit”, con esos versos medio rapeados que parecen una versión edgy de Justin Timberlake y después nos sepulta bajo una montaña de guitarras procesadas acompañadas de voces limpias: no pude evitar hacer una expresión de “¿Qué estoy escuchando?” las primeras veces… y a las pocas reproducciones estaba tarareando el “tatatá” que hacen las guitarras y hasta ese flow básico de los versos.
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Ese tipo de cosas le terminan dando una dinámica interesante al álbum, contrastando la furia con las melodías empalagosas que Beartooth suele meter en los momentos más pop del disco. Y sí, esas partes pop metidas en el medio hacen que las partes más pesadas se sientan más impactantes: si le borrara las partes melódicas lo más seguro es que las partes pesadas se sientan un tanto estériles, tal vez a causa del sonido procesado que tienen las guitarras, pero el contraste termina dándoles su propia personalidad.
“You” nos engaña con otro inicio electrónico y de repente se vuelve una de las canciones más pesadas del álbum, con blast beats deathmetaleros y toda la bola. Y también está “Beautiful Again”, que tiene una melodía con una sobredosis melosidad que al principio se me hizo demasiado básica y con el paso de las reproducciones me terminó comprando: es como si la hubieran sacado de algún demo perdido de 20 años atrás, seguro hubiera sido un hitazo en MySpace en su momento. Pure Ecstasy tiene mucho de eso: la clase de canciones que serían placeres culposos de alguien y que escucharía a escondidas para que no lo juzguen.
Ah, y hablando de hacer cosas a escondidas.
Mencioné antes el tema de que a los críticos nos gustan los álbumes que reflejen algo personal del artista, y ese es el caso de Pure Ecstasy. Hay que saber que en mayo de 2026, Caleb Shomo reveló por redes sociales que es gay, algo que fue de la mano con el anuncio del fin de su matrimonio de 14 años, una cifra que hay que poner en la perspectiva de que se casó cuando tenía 19. Algún lector puede llegar a decir que esto no importará porque en estos días “a los gays ya no se los oprime” o algo así, pero hay que tener en cuenta que Shomo nació en una familia de cristianos evangélicos y que Attack Attack! era una banda cristiana o al menos una banda con influencias cristianas, y digamos que ese mundo no es el más amigable para las minorías sexuales, fuera en 2006, 2016 o incluso en 2026.
Algunos álbumes logran ser sutiles al momento de hablar sobre los problemas personales de los artistas, pero Pure Ecstasy no es uno de ellos: en los 38 minutos del álbum, las canciones tienen la misma sutileza que un martillazo en la cara al momento de reflejar los conflictos personales del cantante. Ya desde la primera canción, el tema título “Pure Ecstasy”, tenemos a Shomo cantando “¿Debería sacrificar mi vida? / ¿Enfrentarme a la verdad o vivir esta mentira?”.
Es una temática que recorre casi todo el álbum, y hasta diría que por momentos se puede poner un tanto repetitivo en ese ámbito. Sin tener idea de la historia de Shomo podría llegar a asumir que Beartooth sería una banda cristiana: el cantante habrá dicho que está alejado de la religión, pero está claro que su crianza y los años de tocar junto a bandas cristianas dejaron esa influencia en la manera de expresar, con tantas menciones sobre sentirse libre, de encontrar un nuevo propósito en la vida y frases similares.
Pero considerando los problemas mentales que ha sufrido Caleb Shomo a lo largo de su vida, con problemas de adicciones e incluso tendencias suicidas, está claro que un álbum como Pure Ecstasy va más allá de ser un compilado de canciones y directamente es un espacio donde Shomo se desahoga después de años de ocultarse. Eso podría haber dado lugar a un disco oscuro y un tanto incómodo, pero en su lugar tenemos muchas canciones diseñadas para ser himnos de estadio o himnos personales, casi “inspiradores” y ciertamente pasados de azúcar por momentos pero que no viene mal para escuchar aunque sea una vez y ver si le termina llegando.


El pasado 4 de septiembre salió a la luz uno de los álbumes más esperados por los fans del metal moderno. 156/Silence volvía a la carga tras su exitoso People Watching publicado en 2024.
Nos encontramos con un álbum que ha llevado a la banda a un punto de experimentación que si bien es cierto puede no ser del gusto de todo el mundo, es una clara declaración de intenciones: hacemos lo que queremos y cuando queremos.
Liderados por Jack a la voz, los norteamericanos han mezclado elementos del Mathcore de sus orígenes, el Metalcore más moderno que tenemos a día de hoy y muchos elementos ambientales que nos hacen recordar a bandas como Deftones y/o similares. Una mezcla perfecta entre la brutalidad, la belleza de la voz melódica de Jack y una sensación de incomodidad/miedo durante todo el álbum.
“Control Arms” marca la pauta de todo el disco introduciéndonos lentamente en un ambiente oscuro parecido al de series como “Twin Peaks” y que construye poco a poco hasta desembocar en unos versos cargados de rabia y unos guturales que nos dan la bienvenida al mundo de 156/Silence.
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“No Arms, “Order & Entropy” y “Swept From Under” (Call Of The Void) reflejan a la perfección las intenciones de la banda con este disco. Momentos de agobio por todas partes, pasajes más melódicos con unas ambientales de 10 y gritos desgarradores que remarcan las emociones reflejadas en las letras de dichas canciones.
“An Early Exit” la podemos considerar un punto para tomar un respiro y disfrutar de otra de las facetas de esta banda. Una balada cargada de emoción y con un Jack demostrando porqué es uno de los vocalistas más versátiles de la escena.
El álbum sigue con dos de las tres colaboraciones que ha hecho la banda. “Collateral” (con Crippling Alcoholism) nos lleva a la parte más oscura de la banda con una brutal contundencia, unas voces de lo más oscuras y elementos ambientales que, una vez más, generan esa sensación de agobio/miedo. “Cannon Fodder” (con Mike Hranica de The Devil Wears Prada) sigue un formato un poco más “estándar” . En este caso nos encontramos con una dinámica similar a anteriores temas pero con este componente emocional extra que aporta una voz desgarrada como la de Mike.
“From A Distance” (con Alex Reade de Make Them Suffer) no solo da nombre al album sino que se ha convertido en mi canción favorita de toda la publicación. Una balada que arranca con una preciosa melodía de piano y que nos habla de la conexión humana a pesar de una posible separación física o mental y con, una vez más, un ambiente que eriza la piel.
En resumen, un álbum que se sitúa entre mis candidatos a lo mejor del año y que nos hace ver que no todo el metal moderno suena igual. Seguimos teniendo bandas que apuestan por innovar sin llegar a perder su esencia y que han llegado para quedarse.


De los fríos bosques canadienses nos llega Apocalypse, el segundo o tercer álbum de estudio de Crown Lands, según como se mire. Y es que todo en este grupo es peculiar: hermosamente peculiar.
Porque Crown Lands es una auténtica rareza, una pequeña joya musical atrapada en el tiempo, que recuerda fuertemente al rock progresivo de los 70, siguiendo de cerca la estela de Rush y Led Zeppelin. ¿Quién decía que ya no se hace música como la de antes?
Pero esta banda va a por el más difícil todavía: hacerlo a dúo. Sus integrantes son Cody Bowles, quien se encarga de las voces, la percusión y distintos tipos de vientos; y su compañero Kevin Comeau, encargado de cuerdas y teclados con su icónica guitarra de doble mástil (para recordarnos más a Rush), bajo, Mellotron, Minimoog y otros sintetizadores. Las grabaciones son impecables y los directos son muy interesantes también: la pareja puede sacarlos adelante con soltura, aunque en ocasiones se apoyan en otros músicos por razones obvias.
Son dos artistas tremendamente interesantes, capaces de revolucionar el género abrazando sus orígenes retro. El sonido es marcadamente espiritual y evocador. Existe además una reivindicación por los pueblos originarios del norte de América, desde el propio nombre de la banda (significa “tierras de la corona”, en memoria de cómo la corona británica se apropió de los territorios indígenas de lo que hoy es Canadá a través de tratados injustos y expoliación) al uso de algunos instrumentos tradicionales. Bowles es a su vez de ascendencia aborigen (Mi’kmaw) y no binario (Two-Spirit), mientras que Comeau es de origen judío y también sufrió exclusión por ello en su infancia. La mera existencia de la banda es un manifiesto vivo y sereno por los derechos civiles.
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En concreto, Apocalypse, se trata de un trabajo virtuoso, evocador, pausado y por momentos experimental, dentro del rock progresivo. Es uno de sus trabajos más maduros y cohesionados. Llama la atención su estructura tipo “vinilo clásico”: Con una “Cara A” con 6 temas de duración media, accesibles, rememorando al mejor hard rock (como los grupos ya citados, junto a ideas que recuerdan a Pink Floyd, King Crimson, Queen o Thin Lizzy). Tras esto, la “Cara B” nos ofrece una colosal suite de 19 minutos, titulada “Apocalypse” y que a su vez le da nombre al disco. Este tema podría fácilmente configurar su propio EP, pues sintetiza todo su universo sonoro, resultando un viaje psicotrópico y progresivo, que nos deja con sensación de paz espiritual.
No puedo pasar sin destacar el tema “Through the Looking Glass”, quizás mi favorito por su sonoridad e imaginación, que introduce de lleno en el lore de la banda. El videoclip nos traslada al planeta Karagon, 1016 años antes del alzamiento del Sindicato. El vídeo es sencillo, distópico, me recuerda a un Mad Max en la nieve. No se trata de una fantasía desatada, pero es capaz de sacarnos por un momento de la realidad.
La narrativa del disco se encuadra en el mismo universo que el anterior, Fearless (2023), con letras metafóricas que incluyen fantasía épica, ciencia ficción y algunos tintes sociopolíticos, sobre la caída de imperios, el colapso de estructuras de poder opresivas, la avaricia, las grandes batallas, el duelo y la posibilidad de que tras la destrucción surja algo nuevo. Es posible arañar algunas de las preocupaciones propias de los músicos como la crisis medioambiental y el dolor histórico de la colonización, siempre desde la alegoría.
Crown Lands se consagra con este disco como una banda imprescindible, tanto para los nostálgicos como para los auténticos amantes de ese hard rock progresivo, experimental, con agudos imposibles y voces de estilo Geddy Lee / Robert Plant, que ha demostrado seguir vivo en estos convulsos nuevos años 20.



Amon Amarth, nuestros deathmetaleros vikingos favoritos, están de vuelta con otro emocionante nuevo álbum. Bueno, no sé si “favoritos” sea la mejor palabra, y tampoco diría que el anuncio de un nuevo lanzamiento por parte del quinteto fuera “emocionante”, porque la última década de la agrupación sueca ha sido bastante medio. Puede que esté exagerando, pero hubo una época en la que Amon Amarth era una banda dentro de todo respetada y con razón, porque hay que tener cierto talento para que una fórmula como “death metal melódico con temática de vikingos” se relacione inmediatamente con vos. Pero en algún punto, tal vez coincidiendo con el punto donde dejaron de lado las portadas rojas y naranjas y pasaron al azul y al celeste, Amon Amarth dejó de tener esa “magia” que caracterizaba a sus primeros trabajos. ¿Será un ejemplo de algo perdiendo el ingrediente mágico en el momento en el que se vuelve “popular”? Tampoco es que me quiera poner en modo elitista con eso, pero en algún momento en los últimos diez años Amon Amarth se han sentido como una de esas series de televisión o sagas de películas que se extienden por demasiado tiempo, donde los personajes ya no avanzan ni un milímetro en sus historias y los guionistas parecen estar contentos con repetir los mismos chistes en las mismas situaciones, simplemente porque saben que van a seguir teniendo un público dentro de todo fiel.
Es así que en al menos la última década los discos perdieron su impacto, funcionando más como fotocopias de riffs e ideas y como excusa para armar nuevas giras donde pudieran meter otro bote vikingo arriba del escenario. Entiendo perfectamente que los miembros deben estar felices así, que incluso girando con un disco mediocre bajo en brazo pueden ser cabeza de cartel en festivales, girar por EEUU y por Asia, y que todos están contentos mientras toquen “Twilight of the Thunder God”, “Deceiver of the Gods” y “The Pursuit of the Vikings” para poder hacer el pogo ese donde todos fingen ser marineros en un barco vikingo, sin importar lo que un tipo como yo pueda decir sobre ello. Pero creo que la idea del “death melódico con temática de vikingos”™ de Amon Amarth se merece algo mejor que la seguidilla de discos mediocres que los suecos han estado entregando durante la última década, con más de un comentario tachando al último The Great Heathen Army (2022) como ya entrando en la autoparodia. Básicamente, terminaron como sus compatriotas Sabaton, los Call of Duty del metal en estos momentos.
Hablando de “autoparodia”, cuando lanzaron el primer single de este The Allfather Awakens, titulado “We Rule The Waves”, salió más de un año antes que el álbum y escuchándolo no pude evitar pensar en ese término, porque parece una canción de Amon Amarth generada por Chat GPT. No estoy acusando a la banda de haber usado inteligencia artificial, pero hay algo en ese estribillo de “Somos los vikingos / y nunca seremos esclavos” que es simplemente vergonzoso en las pocas ganas que le metieron. Sumado a los riffs reciclados, parece una canción que grabaron en cinco minutos y tomó la misma cantidad de tiempo para componer.
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Pero con los siguientes adelantos, la cosa creo que fue mejorando, o al menos la vara estaba tan baja que hasta un rengo podría haberla saltada. Tuvimos la particular “Upphaf”, una canción donde Johan Hegg mantiene su estilo característico gutural pero con una instrumentación totalmente acústica, algo donde no me termina de convencer el resultado pero al menos puedo decir que respeto el intento de hacer algo “diferente”. Y ya con “Gjallarhorn” las cosas se pusieron bastante mejor, más nada porque será una canción típica de Amon Amarth pero al menos tendrá algo de energía, algo más que ese medio tiempo que puede funcionar un par de veces pero que apareciendo demasiado seguido termina siendo un plomazo, y lo mismo se podría decir de “Eight Legs of Thunder”, cuarto y último adelanto que demostraba que los suecos de vez en cuando pueden acordarse de que el death melódico puede ser algo más que power metal genérico con voces podridas.
Cuando recibí este The Allfather Awakens, digamos que no sabía qué esperar. ¿Amon Amarth había recordado cómo hacer un álbum decente de vuelta? ¿Por qué debería ocurrir justo ahora? ¿Me estaba ilusionando demasiado? Pero bueno, era hora de darle otra oportunidad más a los suecos. Así que apreto play y… bueno, en realidad arrancamos con “Gjallarhorn” y le sigue “Eight Legs of Thunder” y ya expresé que me gustan, así que no hay sorpresas ahí. Así que luego de esas tenemos “Kvasir’s Blood”, una canción a medio tiempo con un pulso un tanto “moderno” en el sonido de las guitarras: siempre pareció que Amon Amarth funcionaban mucho mejor cuando mantenían la carnicería deathmetalera en sus guitarras y no sólo en las voces, pero creo que la canción es dentro de todo decente, siendo más lenta sin dejar de lado la pesadez.
Después siguen con la mediocre y antes mencionada “We Rule The Waves” y con la también antes mencionada “respetable en el intento pero no tanto en la ejecución” “Upphaf”, así que se puede decir que es un momento donde el disco se pincha. Pero después las cosas levantan vuelo con “Die With a War Cry”, otro clásico momento de energía guerrera por parte de Amon Amarth que vuelve a los riffs violentos y a las ganas de meterse a un mosh picante. Y lo mismo podría decirse con “Raven God”, canción con un título que me llama la atención que no hayan usado antes pero que mantiene la energía melódica.
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La (casi) canción título “The Allfather Awakes” (decisión extraña, si me preguntan) tiene un sentido épico que hace honor a semejante título, con otro medio tiempo pero que se apoya mucho en la percusión y ciertamente da la imagen de un ejército marchando con espadas a través de la nieve. Y “Oden’s Hunt” vuelve de lleno al death metal con un doble bombo omnipresente y unas guitarras sacándose de la manga unos riffs del manual más básico del melodeath sueco pero haciéndolo funcionar a puro músculo: sí, todavía hay cosas en la fórmula de Amon Amarth que pueden justificarse con un “Si no está roto, no lo arregles”. Y cerramos el álbum con “Ascending Like an Eagle”, track con un título cliché dentro o fuera del contexto vikingo pero que cumple con su propósito, dándole un cierre dentro de todo satisfactorio al álbum con otra canción de atmósfera épica.
The Allfather Awakens no será de los grandes discos del año, ni siquiera lo pondría en mi Top 25 del año, pero en el contexto de lo que vienen siendo los últimos años de Amon Amarth diría que es de lo mejor que hayan hecho en esta etapa de su carrera, y tal vez lo mejor que puedan hacer sin hacer cambios radicales en su sonido que puedan llegar a alienar a los fans. A decir verdad, el acierto del decimotercer álbum de los suecos está en el simple hecho de tener algo de material como para llegarle a gente por fuera del círculo más cerrado y fanático de seguidores de Amon Amarth, al menos demostrando que pueden recordar cómo hacer canciones decentes. Así que lo nuevo de Amon Amarth tendrá todavía un par de los vicios que han plagado a la obra de la banda en los últimos años, pero al menos puede llevarse un mini premio de “álbum que más entregó comparado con lo que esperaba de él”.


Con Axis Mundi, Imminence vuelve a construir su propuesta alrededor de esa combinación entre Metalcore, dramatismo y violín que se ha convertido en su principal seña de identidad. La cuestión es hasta qué punto el instrumento forma parte realmente de la identidad de la banda y cuánto funciona como un elemento añadido para diferenciarse dentro de una escena bastante saturada. Cuando aparece integrado en los momentos adecuados, la respuesta es evidente: las composiciones ganan profundidad, tensión y una dimensión cinematográfica que funciona especialmente bien en cortes como “Twisting In The Wind” o “Crestfallen”, donde las cuerdas consiguen elevar los estribillos hasta ese carácter épico que Imminence busca constantemente.
El problema aparece cuando se apartan de ese terreno. Axis Mundi presenta una producción enorme, guitarras pesadas y una atmósfera fría que pretende llevar el Metalcore hacia espacios más grandilocuentes, pero no siempre encuentra suficientes recursos para mantener esa sensación. “The Sword That Never Bends” introduce incluso un marcado aire Nu Metal, mientras que “If Not Now, When” se acerca a unos Deftones más melódicos y demuestra que la banda puede funcionar cuando abandona parcialmente su fórmula habitual. En cambio, “Didn’t Think About You (Lately)” resulta mucho menos convincente al introducir elementos electrónicos que no terminan de encajar con el resto del disco, y “Devil May Try” acusa especialmente la falta de cambios de dinámica.
También existe un contraste importante entre la contundencia instrumental y la interpretación vocal de Eddie Berg. Cuando se ocupa de las voces agresivas, su registro encaja perfectamente con la parte más pesada de Imminence, pero las melodías limpias no siempre tienen la misma fuerza. Esto se hace especialmente evidente en “Power Divine” y “Exodus”, donde la instrumentación parece reclamar una interpretación vocal mucho más poderosa de la que finalmente recibe. “Shed Your Skin” intenta romper esa monotonía introduciendo texturas más ásperas y unos registros vocales enterrados en la mezcla, aunque la canción tampoco termina de desarrollar todo ese potencial.
Aun así, Axis Mundi contiene algunos de los mejores momentos de Imminence. “Crestfallen” representa con bastante precisión lo que la banda pretende conseguir cuando todos sus elementos funcionan al mismo tiempo: guitarras enormes, cuerdas, melodía y una atmósfera casi gélida que convierte el Metalcore en algo mucho más expansivo. “If Not Now, When” aporta otra cara interesante y demuestra que existe margen para explorar más allá de la fórmula habitual. El violín sigue siendo una pieza fundamental, quizá demasiado fundamental, pero cuando Imminence consigue integrarlo de manera natural dentro de sus composiciones, deja de parecer un simple elemento diferenciador y pasa a formar parte de los momentos realmente memorables del álbum.


Los gigantes del metalcore Miss May I vuelven a la carga con su nuevo trabajo llamado: No Place For Me para demostrar que el Metalcore Clásico sigue muy vivo. Alejados de las producciones ultraprocesadas que marcan la pauta en la actualidad, los norteamericanos siguen fieles a su estilo más oldschool y nos presentan “No Place For Me”.
Un álbum que habla sobre los problemas que ha sufrido la banda a la hora de llevarse a si mismos al límite para conseguir el tan ansiado éxito. La ansiedad, la sobreexposición, el “burnout”… Varios de los sentimientos que ha expresado Levi (vocalista) en diversas entrevistas y que han sufrido a lo largo de los casi 20 años que llevan en activo.
El álbum se divide en tres partes bastante diferenciadas:
Una primera donde encontramos “Sanctuary” y “Portrait of Pain”. Temas que nos hablan del momento en el que se dan cuenta los sentimientos y emociones anteriormente mencionadas que están sufriendo y que reflejan perfectamente con un tono oscuro, una agresividad en los temas para marcar la pauta y unas letras bien elaboradas.
Una segunda donde tenemos “Hand Me A Halo”, “Pray For Silence”, “Death Threat” y “Die On The Vine”. Aquí la música pasa a ser un punto más pesada para representar el momento de colapso que sufrieron y la presión psicológica que fueron acumulando a lo largo de los años.
Y en la parte final, con “Fire Falls”, “Bury Me Down”, “Ashes Of The Altar” y “Highbrow Thieves” vemos la luz al final del túnel. Los de Ohio nos llevan a una vertiente menos agresiva y más enfocada en el “groove”. Unas guitarras que “iluminan” con unos riffs y solos espectaculares.
En resumen, un disco que adquiere todo el sentido cuando lo escuchas de principio a fin. Si nos ponemos a escuchar temas sueltos es cierto que pueden sonar a “lo de siempre”, pero si mencionamos a Miss May I estamos hablando de uno de los pilares dentro del Metalcore Clásico que no necesita adaptarse a ninguna tendencia. Han sido, son y serán leyendas.

Desde España, Bocc lleva desde 2019 trabajando una propuesta asentada en las vertientes más densas del death metal, una fórmula que les ha situado habitualmente cerca del death/doom. Con Demolarium, segundo larga duración de la banda y editado por Night Terrors Records, el grupo profundiza todavía más en ese sonido pesado y cavernoso, tomando como referencia una escuela de funeral doom que tiene en Winter uno de sus nombres fundamentales. Los riffs avanzan con lentitud y mucho peso, mientras las voces graves y profundas refuerzan una atmósfera oscura que se mantiene prácticamente durante los 42 minutos.
Desde el arranque con “Demolarium” queda claro que Bocc no busca una producción basada en golpes rápidos ni en cambios constantes. El protagonismo está en la densidad de las guitarras, en los tempos contenidos y en esa sensación de estar ante una masa sonora que avanza lentamente. “Calvari (Dels Condemnants)” rompe ligeramente esa dinámica al introducir más detalles y variaciones, siendo uno de los cortes donde el grupo amplía un poco más su registro sin abandonar el carácter opresivo que define al álbum.
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El resto del recorrido, desde “Ànima D’Acer” hasta los distintos pasajes intermedios, mantiene una línea bastante definida. Hay momentos donde el sonido se vuelve especialmente cavernoso y otros en los que la fórmula puede resultar más plana, pero Bocc consigue que esa falta de grandes giros no termine perjudicando la intensidad del conjunto. Demolarium funciona precisamente porque el grupo parece tener muy claro qué quiere conseguir y no necesita introducir elementos ajenos para sostener el interés.
La propuesta queda así construida alrededor de riffs lentos, voces profundas y una atmósfera pesada que remite directamente a las raíces más oscuras del doom. No es un disco que dependa de una canción concreta para sostenerse, sino de la continuidad de su propia fórmula, permitiendo que Demolarium se escuche de principio a fin sin necesidad de buscar constantemente el siguiente cambio.


El proyecto unipersonal del sueco M. regresa con The Expanse, su cuarto trabajo de estudio y continuación de Where Sun Resigns (2025). Skuggor vuelve a moverse dentro de un Atmospheric Black Metal que encuentra buena parte de su identidad en los contrastes: guitarras que pueden sonar abrasivas mientras las bases mantienen una sensación fría y distante, pasajes más pausados frente a otros donde los blast beats aceleran el pulso y una voz desgarrada que termina de dar forma al conjunto. Todo ello está directamente relacionado con los bosques, lagos helados y paisajes del norte de Suecia que inspiraron la composición del álbum.
El tema que da nombre al disco, “The Expanse”, supera los ocho minutos y funciona como una entrada progresiva en el universo de Skuggor, creciendo poco a poco hasta desembocar en sus momentos más agresivos. “The Fire” introduce un mayor protagonismo de las guitarras, con riffs que contrastan con esa atmósfera gélida que domina buena parte del álbum, mientras que “The Trance” se apoya más en la repetición, los ritmos pesados y una interpretación vocal cargada de desesperación. No hay demasiada prisa por llegar a ningún sitio: las canciones se desarrollan dejando espacio para que cada capa termine ocupando su lugar.
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“Hem” apuesta por una vertiente más épica, con teclados que amplían el sonido y vuelven a colocar la melancolía en primer plano. En “The Storm” encontramos el momento más violento del disco, combinando blast beats y una interpretación más cruda con algunos pasajes semiacústicos que rompen la tensión. M. también deja notar sus influencias del Black Metal atmosférico más clásico, con ecos que pueden recordar a Burzum, Agalloch, Urfaust o Drudkh, aunque The Expanse no se limita a reproducir esas referencias.
El cierre llega con “The Nothing”, probablemente uno de los cortes donde mejor se aprecia la vertiente más oscura y cercana al Doom de Skuggor, manteniendo esa combinación de tempos contenidos, guitarras envolventes y voces llevadas al límite. The Expanse fue concebido además como acompañamiento a los trayectos entre Moskosel y Arvidsjaur, en una zona boscosa de la Laponia sueca todavía alejada de buena parte de la actividad humana, y esa conexión con el entorno se percibe especialmente en los momentos donde M. deja que la música avance sin necesidad de sobrecargarla.


Green Lung tendrán un nombre que a primera vista podrá recordar al rejunte de bandas de stoner metal que ponen especial énfasis en el sentido inglés de “stoner”, como Bongzilla, Bongripper, Belzebong, Weedeater, Dopethrone y otros, pero los ingleses Green Lung van por un lado más particular. Manteniendo la veneración a los riffs y las cruces de Black Sabbath, el quinteto se sumerge en el mundo del terror ocultista y pagano de los lugares secretos de las islas británicas. Tal vez eso recuerde de inmediato a Electric Wizard, pero considerando que desde que Green Lung se formaron los de Jus Oborn no han sacado ni un solo LP entonces no quedará otra que agarrar de donde se pueda.
Este Necropolitan, su cuarto LP, está descrito como “una carta de amor al Londres gótico en clave de riffs”. Más específicamente, se inspira en los cementerios construidos en la capital inglesa en la era victoriana, época en la que la población de la ciudad creció más de un 300% y ya no podía dar abasto con los cementerios normales. Cuando leí esa descripción no sabía qué esperarme, pero ahora puedo decir que sin lugar a dudas Green Lung cumple con su palabra, porque Necropolitan bien podría ser una guía turística de los lugares más particulares de su ciudad natal.
Tomemos por ejemplo “Necropolitan Line”, ya de por sí una de las más particulares al ser un claro pastiche de Deep Purple con sus teclados acompañando las guitarras sino también por el hecho de que sea una canción sobre el metro de Londres, pintando un escenario de los lugares ocultos debajo de la tierra y que a primera vista parecen sólo ser recorridos por los trenes pero que siempre pueden ocultar algo más. También está “Evil In This House”, que referencia 50 Berkeley Square, dirección de una de las “casas embrujadas” más famosas del mundo, y la que tributan con una canción lenta, pesada y melódica, con un sonido de bajo bien presente.
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Una de las más interesantes en cuanto a temática es “Alostrael (Be My Babalon)”, que parece estar basada alrededor de la figura del ocultista Aleister Crowley y más específicamente de Leah Hirsig, una de las compañeras y amantes de Crowley a las que este llamó “Mujeres Escarlata”: no me habría enterado de 90% de esto si no fuera por esta canción, ciertamente. Y ya que estamos, la séptima canción es una adaptación del poema “Ozymandias” de Percy Bysshe Shelley, uno de los poetas románticos más famosos y cuya obra ha sido referenciada en muchas historias, lo hayamos notado o no.
Ahora, ¿cómo está la música en Necropolitan? Incluso si uno no es tan fan de ir saltando de artículo en artículo en Wikipedia, creo que Green Lung ofrecen una tonelada de material muy recomendable en este álbum. No habrá grandes diferencias con respecto a sus discos anteriores, pero los ingleses siguen encontrando maneras de ofrecer esta onda de metal retro setentas de una forma que no se sienta como un simple copiado y pegado de lo hecho cinco décadas atrás por Black Sabbath o bandas similares, más que nada porque incluso en sus momentos más obvios se nota que saben lo que hace que este estilo sea atrayente.
Quiero mencionar que es obvio que las voces de Tom Templar son el hueso duro de roer en la propuesta de Green Lung, como su estilo agudo y nasal que por momentos me recuerda a un Geddy Lee británico. Leí y escuché a mucha gente quejarse de ellas y está claro que en los primeros discos eran un tanto más “complicadas”. Sin embargo, en este punto de su carrera siento que esas voces le van como guante a la propuesta de Green Lung: si me dijeran cómo debería de sonar una banda de “metal stoner nerd” mi idea no estaría muy alejada de cómo suena él, con un toque teatral que ayuda a meterse en la atmósfera oscura tan particular de las canciones.
Así que sí, Green Lung puede que entreguen “más de lo mismo” en materia de stoner doom, pero no me quejo porque está muy bien hecho. La idea conceptual es muy interesante, las canciones son atrapantes, la producción es un lujo y todo el conjunto da lugar a una obra muy recomendable, seas fan de la historia o simplemente quieras escuchar unos bueno riffs durante un rato. Y si usted es ambas cosas, vaya ya mismo a darle play.


Desde que Sigh apareció a finales de los ochenta, pocas bandas han demostrado una capacidad semejante para cambiar de piel sin perder su identidad. Aquella relación inicial con el Black Metal hace tiempo que quedó atrás, y discos como Hail Horror Hail, Scenario IV: Dread Dreams o Imaginary Sonicscape ya dejaban claro que lo suyo iba mucho más allá de cualquier etiqueta. Cuatro años después de Shiki, los japoneses regresan con Goh-Ka, un nuevo ejercicio de libertad creativa en el que vuelven a mezclar metal extremo, progresivo, psicodelia, sonidos setenteros y pasajes de difícil clasificación.
El álbum gira alrededor de la impermanencia de la vida y del cuerpo, tomando como referencia las nueve etapas de descomposición de un cadáver dentro de la tradición budista japonesa. Esa idea no funciona como simple decoración conceptual, sino que se refleja en una música que cambia constantemente de forma. “Kuso-shi 1, 2, and 3” abre el recorrido con una construcción progresiva que desemboca en “Jigoku-Zoshi 1: Unkamusho”, mucho más agresiva y directa, con Mike Heller aportando una batería especialmente contundente. Después llega “Kuso-shi 4, 5, and 6”, donde Sigh vuelve a retorcer las estructuras hasta convertirlas en una sucesión de cambios, atmósferas y elementos extremos.
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La capacidad para saltar de un registro a otro vuelve a ser una de las grandes virtudes del disco. “Unputenpu” introduce una marcada influencia setentera que puede recordar incluso a Deep Purple, mientras “Jinmenjushin” recupera el lado más oscuro y agresivo. “Jigoku-Zoshi 2: Tokatsujigoku” insiste en esa vertiente extrema antes de que el tramo final complete un álbum de casi una hora en el que prácticamente todo parece estar en movimiento. Hay riffs pesados, melodías inesperadas, voces desgarradas, momentos psicodélicos y estructuras progresivas, pero todo termina sonando reconociblemente a Sigh.
Goh-Ka exige dejar de lado la necesidad de encontrar una etiqueta concreta y simplemente entrar en su universo. Sigh vuelve a demostrar que su mayor virtud consiste precisamente en no repetirse, utilizando cada canción como un espacio para experimentar con nuevas ideas sin perder el carácter que llevan construyendo desde hace décadas. Es un disco extraño, ambicioso y cargado de detalles, de esos que descubren algo nuevo cuando se vuelven a escuchar.


Los críticos suelen (solemos) prestarle mucha atención a los álbumes editados inmediatamente después de algún momento importante en la vida del artista en cuestión. Asumo que debe ser porque, de vez en cuando, nos gusta que la idea del “álbum más personal hasta ahora” sea una realidad y no un simple cliché de los creativos publicitarios al momento de promocionar los álbumes: véase cosas tan disímiles como Blood on the Tracks de Bob Dylan o …And Justice For All de Metallica como ejemplos. Entonces, ¿cómo entra este disco de Beartooth acá? O, considerando el público de esta página, tal vez tendría que preguntar qué o quién es Beartooth.
A pesar de ser oficialmente una banda, Beartooth siempre ha sido un proyecto centrado en la figura de su cantante, compositor principal y único fundador Caleb Shomo. Cuando escuché acerca de Beartooth, me sorprendió descubrir que ya me había cruzado con la figura de Shomo años atrás, con el video de “Stick Stickly” de Attack Attack!, uno de los videos más ridículos y al mismo tiempo icónicos de la época del “metalcore MySpace” de los 2000. Shomo era el cantante y tecladista de la banda, y se fue en 2012 para fundar su propio proyecto, este Beartooth con el que sacó seis álbumes y se ganó un grupo de fans fieles en medio de la escena de ensalada de metalcore / post hardcore / metal alternativo y demás. En agosto tuvimos la salida de Pure Ecstasy, su séptimo álbum de estudio.
¿Qué tenemos en Pure Ecstasy? Voy a ser sincero: hay muchos elementos del estilo de Beartooth, sea en este álbum o en general, que puedo disfrutar sólo a cuentagotas. Tendré casi la misma edad que Caleb Shomo, pero tengo en claro que el estilo de Beartooth, en su conjunto, está dirigido a un público más joven o al menos bastante diferente al que sea que yo pertenezca. El álbum en sí es un rejunte de diferentes tendencias actuales tanto en música pesada como en rock en general, donde las guitarras distorsionadas y procesadas se encuentran con elementos de electrónica y a veces estos cambian de lugar y es la electrónica la que pasa a primer plano.
El problema con el estilo de Beartooth y muchas bandas parecidas es que muchas veces no se sientan como bandas, sino más como un cantante que hace lo suyo con alguna pista de fondo hecha en FL Studio: hay una diferencia de actitud entre ambos, eh. Las partes con los riffs furiosos y las voces gritadas me parecen las mejores del álbum, mientras que las partes con las voces limpias con efectos y las bases electrónicas a veces se me hacen demasiado largas, como si quisiera fijarme cuánto falta hasta que vuelvan las guitarras. No sé, debe ser que mucha de esta percusión electrónica la relaciono con música impersonal de historia de Instagram.
Y, a pesar de ello, no “odio” esos momentos. A las guitarras le faltarán algo de músculo, no puedo mencionar nada que haya hecho el bajo, las baterías son bastante artificiales y el álbum tiene una sobredosis de momentos de “pop tiktokero”, pero hay algo en mí que termina disfrutando bastante del álbum: puede ser alguna clase de síndrome de Estocolmo. Tomemos por ejemplo “Bullshit”, con esos versos medio rapeados que parecen una versión edgy de Justin Timberlake y después nos sepulta bajo una montaña de guitarras procesadas acompañadas de voces limpias: no pude evitar hacer una expresión de “¿Qué estoy escuchando?” las primeras veces… y a las pocas reproducciones estaba tarareando el “tatatá” que hacen las guitarras y hasta ese flow básico de los versos.
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Ese tipo de cosas le terminan dando una dinámica interesante al álbum, contrastando la furia con las melodías empalagosas que Beartooth suele meter en los momentos más pop del disco. Y sí, esas partes pop metidas en el medio hacen que las partes más pesadas se sientan más impactantes: si le borrara las partes melódicas lo más seguro es que las partes pesadas se sientan un tanto estériles, tal vez a causa del sonido procesado que tienen las guitarras, pero el contraste termina dándoles su propia personalidad.
“You” nos engaña con otro inicio electrónico y de repente se vuelve una de las canciones más pesadas del álbum, con blast beats deathmetaleros y toda la bola. Y también está “Beautiful Again”, que tiene una melodía con una sobredosis melosidad que al principio se me hizo demasiado básica y con el paso de las reproducciones me terminó comprando: es como si la hubieran sacado de algún demo perdido de 20 años atrás, seguro hubiera sido un hitazo en MySpace en su momento. Pure Ecstasy tiene mucho de eso: la clase de canciones que serían placeres culposos de alguien y que escucharía a escondidas para que no lo juzguen.
Ah, y hablando de hacer cosas a escondidas.
Mencioné antes el tema de que a los críticos nos gustan los álbumes que reflejen algo personal del artista, y ese es el caso de Pure Ecstasy. Hay que saber que en mayo de 2026, Caleb Shomo reveló por redes sociales que es gay, algo que fue de la mano con el anuncio del fin de su matrimonio de 14 años, una cifra que hay que poner en la perspectiva de que se casó cuando tenía 19. Algún lector puede llegar a decir que esto no importará porque en estos días “a los gays ya no se los oprime” o algo así, pero hay que tener en cuenta que Shomo nació en una familia de cristianos evangélicos y que Attack Attack! era una banda cristiana o al menos una banda con influencias cristianas, y digamos que ese mundo no es el más amigable para las minorías sexuales, fuera en 2006, 2016 o incluso en 2026.
Algunos álbumes logran ser sutiles al momento de hablar sobre los problemas personales de los artistas, pero Pure Ecstasy no es uno de ellos: en los 38 minutos del álbum, las canciones tienen la misma sutileza que un martillazo en la cara al momento de reflejar los conflictos personales del cantante. Ya desde la primera canción, el tema título “Pure Ecstasy”, tenemos a Shomo cantando “¿Debería sacrificar mi vida? / ¿Enfrentarme a la verdad o vivir esta mentira?”.
Es una temática que recorre casi todo el álbum, y hasta diría que por momentos se puede poner un tanto repetitivo en ese ámbito. Sin tener idea de la historia de Shomo podría llegar a asumir que Beartooth sería una banda cristiana: el cantante habrá dicho que está alejado de la religión, pero está claro que su crianza y los años de tocar junto a bandas cristianas dejaron esa influencia en la manera de expresar, con tantas menciones sobre sentirse libre, de encontrar un nuevo propósito en la vida y frases similares.
Pero considerando los problemas mentales que ha sufrido Caleb Shomo a lo largo de su vida, con problemas de adicciones e incluso tendencias suicidas, está claro que un álbum como Pure Ecstasy va más allá de ser un compilado de canciones y directamente es un espacio donde Shomo se desahoga después de años de ocultarse. Eso podría haber dado lugar a un disco oscuro y un tanto incómodo, pero en su lugar tenemos muchas canciones diseñadas para ser himnos de estadio o himnos personales, casi “inspiradores” y ciertamente pasados de azúcar por momentos pero que no viene mal para escuchar aunque sea una vez y ver si le termina llegando.


El pasado 4 de septiembre salió a la luz uno de los álbumes más esperados por los fans del metal moderno. 156/Silence volvía a la carga tras su exitoso People Watching publicado en 2024.
Nos encontramos con un álbum que ha llevado a la banda a un punto de experimentación que si bien es cierto puede no ser del gusto de todo el mundo, es una clara declaración de intenciones: hacemos lo que queremos y cuando queremos.
Liderados por Jack a la voz, los norteamericanos han mezclado elementos del Mathcore de sus orígenes, el Metalcore más moderno que tenemos a día de hoy y muchos elementos ambientales que nos hacen recordar a bandas como Deftones y/o similares. Una mezcla perfecta entre la brutalidad, la belleza de la voz melódica de Jack y una sensación de incomodidad/miedo durante todo el álbum.
“Control Arms” marca la pauta de todo el disco introduciéndonos lentamente en un ambiente oscuro parecido al de series como “Twin Peaks” y que construye poco a poco hasta desembocar en unos versos cargados de rabia y unos guturales que nos dan la bienvenida al mundo de 156/Silence.
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“No Arms, “Order & Entropy” y “Swept From Under” (Call Of The Void) reflejan a la perfección las intenciones de la banda con este disco. Momentos de agobio por todas partes, pasajes más melódicos con unas ambientales de 10 y gritos desgarradores que remarcan las emociones reflejadas en las letras de dichas canciones.
“An Early Exit” la podemos considerar un punto para tomar un respiro y disfrutar de otra de las facetas de esta banda. Una balada cargada de emoción y con un Jack demostrando porqué es uno de los vocalistas más versátiles de la escena.
El álbum sigue con dos de las tres colaboraciones que ha hecho la banda. “Collateral” (con Crippling Alcoholism) nos lleva a la parte más oscura de la banda con una brutal contundencia, unas voces de lo más oscuras y elementos ambientales que, una vez más, generan esa sensación de agobio/miedo. “Cannon Fodder” (con Mike Hranica de The Devil Wears Prada) sigue un formato un poco más “estándar” . En este caso nos encontramos con una dinámica similar a anteriores temas pero con este componente emocional extra que aporta una voz desgarrada como la de Mike.
“From A Distance” (con Alex Reade de Make Them Suffer) no solo da nombre al album sino que se ha convertido en mi canción favorita de toda la publicación. Una balada que arranca con una preciosa melodía de piano y que nos habla de la conexión humana a pesar de una posible separación física o mental y con, una vez más, un ambiente que eriza la piel.
En resumen, un álbum que se sitúa entre mis candidatos a lo mejor del año y que nos hace ver que no todo el metal moderno suena igual. Seguimos teniendo bandas que apuestan por innovar sin llegar a perder su esencia y que han llegado para quedarse.


De los fríos bosques canadienses nos llega Apocalypse, el segundo o tercer álbum de estudio de Crown Lands, según como se mire. Y es que todo en este grupo es peculiar: hermosamente peculiar.
Porque Crown Lands es una auténtica rareza, una pequeña joya musical atrapada en el tiempo, que recuerda fuertemente al rock progresivo de los 70, siguiendo de cerca la estela de Rush y Led Zeppelin. ¿Quién decía que ya no se hace música como la de antes?
Pero esta banda va a por el más difícil todavía: hacerlo a dúo. Sus integrantes son Cody Bowles, quien se encarga de las voces, la percusión y distintos tipos de vientos; y su compañero Kevin Comeau, encargado de cuerdas y teclados con su icónica guitarra de doble mástil (para recordarnos más a Rush), bajo, Mellotron, Minimoog y otros sintetizadores. Las grabaciones son impecables y los directos son muy interesantes también: la pareja puede sacarlos adelante con soltura, aunque en ocasiones se apoyan en otros músicos por razones obvias.
Son dos artistas tremendamente interesantes, capaces de revolucionar el género abrazando sus orígenes retro. El sonido es marcadamente espiritual y evocador. Existe además una reivindicación por los pueblos originarios del norte de América, desde el propio nombre de la banda (significa “tierras de la corona”, en memoria de cómo la corona británica se apropió de los territorios indígenas de lo que hoy es Canadá a través de tratados injustos y expoliación) al uso de algunos instrumentos tradicionales. Bowles es a su vez de ascendencia aborigen (Mi’kmaw) y no binario (Two-Spirit), mientras que Comeau es de origen judío y también sufrió exclusión por ello en su infancia. La mera existencia de la banda es un manifiesto vivo y sereno por los derechos civiles.
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En concreto, Apocalypse, se trata de un trabajo virtuoso, evocador, pausado y por momentos experimental, dentro del rock progresivo. Es uno de sus trabajos más maduros y cohesionados. Llama la atención su estructura tipo “vinilo clásico”: Con una “Cara A” con 6 temas de duración media, accesibles, rememorando al mejor hard rock (como los grupos ya citados, junto a ideas que recuerdan a Pink Floyd, King Crimson, Queen o Thin Lizzy). Tras esto, la “Cara B” nos ofrece una colosal suite de 19 minutos, titulada “Apocalypse” y que a su vez le da nombre al disco. Este tema podría fácilmente configurar su propio EP, pues sintetiza todo su universo sonoro, resultando un viaje psicotrópico y progresivo, que nos deja con sensación de paz espiritual.
No puedo pasar sin destacar el tema “Through the Looking Glass”, quizás mi favorito por su sonoridad e imaginación, que introduce de lleno en el lore de la banda. El videoclip nos traslada al planeta Karagon, 1016 años antes del alzamiento del Sindicato. El vídeo es sencillo, distópico, me recuerda a un Mad Max en la nieve. No se trata de una fantasía desatada, pero es capaz de sacarnos por un momento de la realidad.
La narrativa del disco se encuadra en el mismo universo que el anterior, Fearless (2023), con letras metafóricas que incluyen fantasía épica, ciencia ficción y algunos tintes sociopolíticos, sobre la caída de imperios, el colapso de estructuras de poder opresivas, la avaricia, las grandes batallas, el duelo y la posibilidad de que tras la destrucción surja algo nuevo. Es posible arañar algunas de las preocupaciones propias de los músicos como la crisis medioambiental y el dolor histórico de la colonización, siempre desde la alegoría.
Crown Lands se consagra con este disco como una banda imprescindible, tanto para los nostálgicos como para los auténticos amantes de ese hard rock progresivo, experimental, con agudos imposibles y voces de estilo Geddy Lee / Robert Plant, que ha demostrado seguir vivo en estos convulsos nuevos años 20.



