


El pasado 4 de septiembre salió a la luz uno de los álbumes más esperados por los fans del metal moderno. 156/Silence volvía a la carga tras su exitoso People Watching publicado en 2024.
Nos encontramos con un álbum que ha llevado a la banda a un punto de experimentación que si bien es cierto puede no ser del gusto de todo el mundo, es una clara declaración de intenciones: hacemos lo que queremos y cuando queremos.
Liderados por Jack a la voz, los norteamericanos han mezclado elementos del Mathcore de sus orígenes, el Metalcore más moderno que tenemos a día de hoy y muchos elementos ambientales que nos hacen recordar a bandas como Deftones y/o similares. Una mezcla perfecta entre la brutalidad, la belleza de la voz melódica de Jack y una sensación de incomodidad/miedo durante todo el álbum.
“Control Arms” marca la pauta de todo el disco introduciéndonos lentamente en un ambiente oscuro parecido al de series como “Twin Peaks” y que construye poco a poco hasta desembocar en unos versos cargados de rabia y unos guturales que nos dan la bienvenida al mundo de 156/Silence.
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“No Arms, “Order & Entropy” y “Swept From Under” (Call Of The Void) reflejan a la perfección las intenciones de la banda con este disco. Momentos de agobio por todas partes, pasajes más melódicos con unas ambientales de 10 y gritos desgarradores que remarcan las emociones reflejadas en las letras de dichas canciones.
“An Early Exit” la podemos considerar un punto para tomar un respiro y disfrutar de otra de las facetas de esta banda. Una balada cargada de emoción y con un Jack demostrando porqué es uno de los vocalistas más versátiles de la escena.
El álbum sigue con dos de las tres colaboraciones que ha hecho la banda. “Collateral” (con Crippling Alcoholism) nos lleva a la parte más oscura de la banda con una brutal contundencia, unas voces de lo más oscuras y elementos ambientales que, una vez más, generan esa sensación de agobio/miedo. “Cannon Fodder” (con Mike Hranica de The Devil Wears Prada) sigue un formato un poco más “estándar” . En este caso nos encontramos con una dinámica similar a anteriores temas pero con este componente emocional extra que aporta una voz desgarrada como la de Mike.
“From A Distance” (con Alex Reade de Make Them Suffer) no solo da nombre al album sino que se ha convertido en mi canción favorita de toda la publicación. Una balada que arranca con una preciosa melodía de piano y que nos habla de la conexión humana a pesar de una posible separación física o mental y con, una vez más, un ambiente que eriza la piel.
En resumen, un álbum que se sitúa entre mis candidatos a lo mejor del año y que nos hace ver que no todo el metal moderno suena igual. Seguimos teniendo bandas que apuestan por innovar sin llegar a perder su esencia y que han llegado para quedarse.


De los fríos bosques canadienses nos llega Apocalypse, el segundo o tercer álbum de estudio de Crown Lands, según como se mire. Y es que todo en este grupo es peculiar: hermosamente peculiar.
Porque Crown Lands es una auténtica rareza, una pequeña joya musical atrapada en el tiempo, que recuerda fuertemente al rock progresivo de los 70, siguiendo de cerca la estela de Rush y Led Zeppelin. ¿Quién decía que ya no se hace música como la de antes?
Pero esta banda va a por el más difícil todavía: hacerlo a dúo. Sus integrantes son Cody Bowles, quien se encarga de las voces, la percusión y distintos tipos de vientos; y su compañero Kevin Comeau, encargado de cuerdas y teclados con su icónica guitarra de doble mástil (para recordarnos más a Rush), bajo, Mellotron, Minimoog y otros sintetizadores. Las grabaciones son impecables y los directos son muy interesantes también: la pareja puede sacarlos adelante con soltura, aunque en ocasiones se apoyan en otros músicos por razones obvias.
Son dos artistas tremendamente interesantes, capaces de revolucionar el género abrazando sus orígenes retro. El sonido es marcadamente espiritual y evocador. Existe además una reivindicación por los pueblos originarios del norte de América, desde el propio nombre de la banda (significa “tierras de la corona”, en memoria de cómo la corona británica se apropió de los territorios indígenas de lo que hoy es Canadá a través de tratados injustos y expoliación) al uso de algunos instrumentos tradicionales. Bowles es a su vez de ascendencia aborigen (Mi’kmaw) y no binario (Two-Spirit), mientras que Comeau es de origen judío y también sufrió exclusión por ello en su infancia. La mera existencia de la banda es un manifiesto vivo y sereno por los derechos civiles.
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En concreto, Apocalypse, se trata de un trabajo virtuoso, evocador, pausado y por momentos experimental, dentro del rock progresivo. Es uno de sus trabajos más maduros y cohesionados. Llama la atención su estructura tipo “vinilo clásico”: Con una “Cara A” con 6 temas de duración media, accesibles, rememorando al mejor hard rock (como los grupos ya citados, junto a ideas que recuerdan a Pink Floyd, King Crimson, Queen o Thin Lizzy). Tras esto, la “Cara B” nos ofrece una colosal suite de 19 minutos, titulada “Apocalypse” y que a su vez le da nombre al disco. Este tema podría fácilmente configurar su propio EP, pues sintetiza todo su universo sonoro, resultando un viaje psicotrópico y progresivo, que nos deja con sensación de paz espiritual.
No puedo pasar sin destacar el tema “Through the Looking Glass”, quizás mi favorito por su sonoridad e imaginación, que introduce de lleno en el lore de la banda. El videoclip nos traslada al planeta Karagon, 1016 años antes del alzamiento del Sindicato. El vídeo es sencillo, distópico, me recuerda a un Mad Max en la nieve. No se trata de una fantasía desatada, pero es capaz de sacarnos por un momento de la realidad.
La narrativa del disco se encuadra en el mismo universo que el anterior, Fearless (2023), con letras metafóricas que incluyen fantasía épica, ciencia ficción y algunos tintes sociopolíticos, sobre la caída de imperios, el colapso de estructuras de poder opresivas, la avaricia, las grandes batallas, el duelo y la posibilidad de que tras la destrucción surja algo nuevo. Es posible arañar algunas de las preocupaciones propias de los músicos como la crisis medioambiental y el dolor histórico de la colonización, siempre desde la alegoría.
Crown Lands se consagra con este disco como una banda imprescindible, tanto para los nostálgicos como para los auténticos amantes de ese hard rock progresivo, experimental, con agudos imposibles y voces de estilo Geddy Lee / Robert Plant, que ha demostrado seguir vivo en estos convulsos nuevos años 20.


Tras tres años desde su último lanzamiento, los rockeros australianos Airbourne vuelven con quinto trabajo de estudio, el cual es homónimo y donde los muchachos vuelven a demostrar que en la simpleza, está su grandeza como banda dentro de la escena actual.
Para empezar un aviso, que creo, a estas alturas del partido, no es muy necesario, pero por las dudas os lo dejo, Airbourne no inventan nada nuevo en este trabajo, la fórmula que les dio el éxito y les ha permitido compartir escenario con pesos pesados como Judas Priest, Guns ‘N’ Roses e incluso los mismísimos Iron Maiden, es la que siguen manteniendo en estas 12 nuevas canciones, cargadas de energía, potencia, sonido rockero y mucha actitud.
Y que mejor arranque que el corte que da título al disco, con el freno de mano echado, para sin perder muchos segundos, las guitarras comenzar a encender una mecha que se mantendrá bien arriba a lo largo de todo el álbum.
La voz de Joel O’Keeffe vuelve a rugir como siempre y aunque no hay mucha diferencia entre este corte y varios de sus grandes singles, lo cierto es que este puede añadirse a la bolsa, con derecho propio y una buena cerveza en la mano.
Mejor aún es el binomio entre “Alive After Death (Last Plane Out)”, con un titulo curioso que podría hacer referencia tanto a Maiden (con un guiño a su disco en directo Live After Death 85′) como a Lynyrd Skynyrd, ya que es de sobra conocida la trágica historia de la banda emblema del rock sureño, que sufrió un accidente de avión en 1977, cortando (por entonces) la carrera de la banda de la peor forma posible, pero igual, ambas pueden ser simples teorías.
Lo que es una realidad es que este es un cañonazo de hard rock and roll, con unas muy buenas guitarras entre Joel y David Roads, aparte de un “Groove” muy efectivo que seguro sonará de muerte en directo.
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Mientras que en “Here She Comes”, la banda se mancha un poquito más las manos y juega con las melodías de guitarra, pero sin caer en la estructura prototípica en la cual se sienten cómodos y que tan bien les ha funcionado en 20 años de trayectoria.
Creo que podrían seguir indagando por este lado y podrían salir cosas muy interesantes de cara al futuro más próximo de los australianos.
Cuando se ponen juguetones, la banda dispara con “Kid in a Candy Store” y seguro que hay más de alguna seguidora que bailará este tema en la época de los festivales del 2027, con el ombligo al aire luciendo un piercing, los tatuajes y la ropa ajustada, robándose más de un suspiro.
“Sky High”, sería otro gran ejemplo de como Airbourne le imprimen rudeza y músculo a sus temas, cuando estos los requieren, poniendo la nota cañera al disco, siempre con honestidad e identidad propia.
Eso si, no esperéis que aquí haya innovación o una ruptura estilística, porque no son Airbourne la banda para ello, ni nosotros buscamos eso de ellos a la hora de enfrentarnos a un disco que lleve su firma, pero si que dentro del estilo que hacen, les exigimos que mantengan el nivel de sus trabajos previos, algo que aquí se vuelve a conseguir sin duda alguna.
Y justo cuando llegamos al ecuador, la banda comienza el lado más dubitativo del disco, combinando “Bogotá” o “Last Man Standing”, como cartas bien jugadas con patinazos irregulares como “Christmas Bonus”, donde se evidencia que los temas de relleno, a veces es mejor revisarlos y ahorrarlos, antes de sumarlos a un disco y quitarle puntos al resultado final.
Así que, si muchachos, Airbourne siguen rockeando duro, con actitud y macarrismo, pero sin querer evolucionar del todo y saber redondear un disco completo, siendo esto el principal handicap del álbum.
Ahora bien, la espera ha merecido la pena y la balanza vuelve a inclinarse en favor de la banda australiana, evidenciando que su calidad y mano para escribir buenas canciones de rock and roll, siguen intactas.


Contra (casi) todo pronóstico, la carrera de los norteamericanos Motionless In White se encuentra en su mejor momento y es que los de Scranton han experimentado a lo largo de esta década un crecimiento a nivel de popularidad impensado hace más de tres lustros cuando empezaron en la escena y hoy se ven capaces de agotar más de 12 mil entradas en Madrid, colmando la capacidad del Palacio Vistalegre, uno de los recintos emblema de la capital de España, quién lo diría verdad?
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Por eso a la hora de enfrentarme a Decades, su séptimo trabajo de estudio, tenía la duda de si seguirían por la línea cómoda de sus tres trabajos previos o si habría algo de evolución en el sonido de la banda, como para justificar semejante “Hype” alrededor suyo.
Y lo que puedo decir tras varias escuchas al disco, es que ni tanto ni tan poco, la banda sigue sonando excelente, con un Chris que quizás esté en uno los mejores momentos a nivel vocal que se le recuerda y un Ricky Horror que demuestra porque es de los músicos más destacados y a la vez infravalorados de su generación…Pero si somos justos, no terminan de redondear lo que uno se podría esperar de ellos a estas alturas de la película.
El disco comienza de manera correcta y hasta ahí con el corte que le da título, un tema que no aporta absolutamente nada ni al álbum ni al catálogo de MIW, pero que sin embargo se ve mejorado con el cañonazo “Log In//Crash Out”, mucho más cerca de su disco anterior pero con una buena estructura y unos coros infantiles, que suman originalidad a la pieza.
Las cosas mejoran aún más con el inquietante dueto junto a Skylar Grey en “R.I.P”, donde las voces encajan de perlas y a pesar de no ser un corte súper pesado, gana muchos enteros a nivel de intensidad y no sería raro ver este tema de fondo en alguna película de terror así como cuando este otoño vaya por la calle, sintiendo el frío en el cuerpo y solo viendo las hojas caer de los árboles.
Creo que aquí si, la banda ha sabido plasmar de manera (casi) perfecta las ideas que tenía para la pieza y les aplaudimos por ello.
El disco vuelve a coger vuelo y lo hace con “Fight Like Hell”, donde es más que obvia la influencia de bandas como Korn y Chris nos deleita con una gran interpretación vocal, medio teatral pero combinando melodía y agresividad a partes iguales, para luego sorprendernos del todo con unos fraseados rapeados que van a dejar descolocado a más de un despistado.
Y bueno, si en la anterior había influencias del nu metal, que decir de “Playing God”, donde el guiño a Slipknot, concretamente al himno “Eyeless”, es impagable y más aún cuando Corey Taylor entra para hacer un dueto vocal tremendo junto a Chris, creando una de las mejores canciones de MIW hasta la fecha.
La parte más alternativa la podemos encontrar en temas como “All That I’ve Ever Known”, con esas partes medio electrónicas que podrían haber estado firmadas por bandas como Linkin Park, en la época clasica y que sorprende hacia la mitad con un “Break” medio dubstep, que podrían haber firmado tanto Electric Callboy como Pendulum y Skrillex.
Más cañera aún es “Blood Rave”, pero con una pausa donde la voz limpia de Chris hará las delicias de los que disfrutamos de estos sonidos más modernos y electrónicos, con Anthony Martínez aportando lo suyo en las voces y obteniendo como resultado una auténtica bomba de relojería que puede sonar aún mejor en directo.
Por el contrario “Afraid of the Dark”, sería un híbrido entre el metalcore más pesado de sus inicios, con un doble bombo arrollador y unas guitarras que te transportan al Ozzfest o al Warped 2007 sin escalas y que se complementan con un puente glorioso y moderno, acompañado de un estribillo que bien merece ser cantando por miles de personas el próximo año en los festivales donde se presenten.
Así que si, Motionless in White vuelven a demostrar que su fórmula aún tiene muchos cartuchos para quemar, con un disco sólido, moderno, cañero y que presenta ciertos destellos que suman a la evolución de una banda, que a diferencia de otras, ha sabido como crecer, madurar y no perder calidad en el intento, a estas alturas, esto es mucho decir.


Los alemanes Future Palace publicaron el pasado 31 de Julio su álbum más reciente “Resurgence”. Material que acaba de perfilar el sonido que venían consiguiendo con “Run” (2024) pero que han llevado un paso más allá.
En esta ocasión, podemos disfrutar de una Maria Lessing en una variedad de registros de los que teníamos constancia pero no con esta contundencia. Se nota una gran mejoría sobretodo en el apartado gutural. Musicalmente, la banda ha apostado por mantener su esencia post-hardcore mezclada con pop pero aportando. Podemos notar una notable mejoría en cuanto a letras se refiere también, buscando jugar más con la poesía y las metáforas en lugar de tirar de clásicos clichés dentro del género.
Como canciones más destacadas encontramos:
“Resurge”: La canción homónima al álbum. Un tema nos habla sobre tocar fondo, resurgir de las cenizas y que define a la banda a la perfección con esa mezcla de estrofas más pesadas y esos guturales de María y un estribillo memorable.
“Deep Blue”: para mi, el tema más completo del álbum y que encontramos como primera canción del mismo. Una vez más, mezclando elementos del metal, del pop y de la música electrónica a partes iguales con María a un nivel estelar haciendo gala de la mejoría que comentamos más arriba
“Thorns”: una canción que “huye” un poco de la típica estructura estrofa/estrofa/estribillo que encontramos a lo largo de todo el disco. Encontramos un tema que empieza de manera tranquila y va construyendo el camino hacia un estribillo memorable.
En resumen, un álbum que no inventa la rueda pero si asenta a los alemanes como uno de los referentes del Metal Moderno y eleva un par de escalones a María. Muy agradable de escuchar y con un dinamismo que te hace fluir entre varias emociones durante toda la escucha.


Después de varios años construyendo una nueva identidad sonora y dejando atrás el Thrash Metal que marcó sus primeros trabajos, los italianos Ultra-Violence regresan con All My Life. El grupo ya había iniciado este cambio con el EP Beyond en 2021, apostando desde entonces por un sonido más cercano al metal moderno y al metalcore.
El EP comienza con “All My Life”, tema que da nombre al lanzamiento y que sirve para presentar las principales armas actuales de Ultra-Violence: melodías accesibles, riffs contundentes y una producción moderna. Le sigue “No One’s Listening”, junto a Wake Up Hate, una colaboración que mantiene la intensidad y refuerza esa nueva dirección musical que los italianos llevan explorando durante los últimos años.
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En la parte central encontramos “Nightmares”, acompañado por The Machine Universe, antes de llegar a “Through The Static”, donde participa Thorn In Side y la banda endurece ligeramente su propuesta con un sonido más pesado. Las cinco canciones funcionan como una muestra de la evolución que Ultra-Violence ha desarrollado desde su anterior etapa.
El cierre llega con “Good Enough”, junto a los estadounidenses Villain of the Story, completando un EP breve y directo en el que las colaboraciones tienen un peso importante. All My Life reúne canciones que la banda fue publicando de forma individual durante los últimos años y las presenta ahora bajo un mismo lanzamiento, consolidando definitivamente su distancia respecto al Thrash Metal de sus primeros discos.


Tras foguearse en la escena danesa con una agenda de conciertos en vivo que fue puliendo su presencia en el escenario, Solipsy entrega su primer álbum de larga duración con la ambición de quien ya no quiere sonar prometedor, sino definitivo. En los próximos días de septiembre, la banda estará realizando conciertos de presentación y ahí podremos ver en vivo lo que se plasma en el álbum.
El disco se estructura en apenas cinco canciones, pero ahí está la primera declaración de intenciones: nada de temas de tres minutos y estribillo fácil. Cada corte se mueve entre los cinco y los diez minutos, un formato que exige paciencia tanto a la banda como al oyente, y que Solipsy aprovecha para desplegar composiciones de largo aliento en lugar de simples canciones. Es una apuesta arriesgada para un debut, pero funciona precisamente porque el grupo no rellena esos minutos: los usa para construir, tensar y finalmente liberar.
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Musicalmente, Dissolution combina riffs pesados y contundentes con pasajes marcadamente melódicos, un contraste que ya era seña de identidad de Solipsy en sus primeros lanzamientos y que aquí se lleva a su máxima expresión. Los growls y los grandes estribillos se van turnando el protagonismo de Magnus, generando una dinámica de tensión y desahogo que evita que las canciones, pese a su duración, se sientan estáticas. Hay algo de la crudeza del death metal más tradicional, pero también líneas de guitarra con un aroma melódico que recuerda a ciertas corrientes del black metal moderno, con mucho blast beat y estructuras complejas de progressive metal, todo ello sostenido por una producción que le da al conjunto un empaque sólido sin restarle aspereza.
Pero si algo distingue a Dissolution no es solo su arquitectura sonora, sino su vocación de fondo. Las letras son densas, trabajadas, y rehúyen la anécdota fácil: el disco se plantea como un ejercicio introspectivo que, sin embargo, no se queda en lo personal. Late en él una lectura crítica de lo social, un señalamiento hacia dinámicas heredadas: ansiedad, pertenencia, el peso de lo que se arrastra generacionalmente, que convierten al álbum en algo más que un ejercicio técnico.
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Solipsy no canta sobre monstruos ni ficciones: apunta hacia dentro y, desde ahí, hacia fuera, hacia las estructuras que moldean al individuo. Es un disco que quiere decir algo, y ese es quizás su mayor logro: la ambición conceptual está a la altura de la ambición musical.
El resultado es un debut serio, exigente y con personalidad propia dentro de una escena danesa de metal moderno que últimamente no deja de dar sorpresas. Dissolution no busca la inmediatez ni el golpe de efecto fácil; busca sostener una idea musical a lo largo de cinco piezas que se sienten más como capítulos de un mismo relato que como canciones sueltas. Es un disco que pide ser escuchado de principio a fin, sin atajos, tal como está construido.
Con este primer disco largo (aunque tenga cinco canciones), Solipsy deja claro que no llegó para hacer ruido de paso, sino para quedarse. Si el resto de su carrera mantiene esta ambición, Dissolution bien podría recordarse como el punto de partida de algo mayor.


Tranquilos. No se agarren la cabeza. Ni entren en pánico. Porque sé que más de uno lo habrá hecho al ver la portada. O al haber escuchado la noticia. Y que seguro se imaginaron lo peor. ¿Left To Die sacando un disco? ¿Un álbum nuevo? ¿En medio del 2026? ¿Pero si no se trataba de un grupo homenaje a la memoria y legado de Chuck Schuldiner y el material de su primera etapa en Death?
Pues sí. Y justamente la respuesta a por qué vemos el nombre de esta agrupación en la sección de reseñas, se debe a que tanto Rick Rozz como Terry Butler decidieron llevar este tributo directamente hacia los cimientos, Hacia las ruinas perdidas y olvidadas en el tiempo. Y rescatar de la mismísima tumba aquellas composiciones de Chuck que nunca llegaron a aparecer en un material discográfico oficial. Es decir, aquellas demos que se editaron bajo el nombre de Mantas y aquellas en las que participo el mismo Rozz entre 1984 y 1986.
De esta manera, en pleno 2026 y por medio de Relapse Records, sale a la luz este conjunto de regrabaciones que reúne piezas y temas de la primera era de Death titulado Initium Mortis, una obra que apenas llega a los 27 minutos de duración. Pero que contiene años de historia y una parte sustancial del origen del death metal.
Y acá podemos empezar a afirmar lo acertada que fue la decisión de seleccionar estas canciones que no tienen ni de cerca, el mismo impacto musical que tuvo todo lo que grabó Schuldiner del Scream Bloody Gore (1987) en adelante. Ya que muchas, se tratan de composiciones pocas conocidas o directamente, desconocidas por parte del público general.
De este modo, Initium Mortis se comprende de 10 tracks que nos muestra y actualiza con una producción más pulida y profesional, cómo fueron los inicios de Death. Con piezas que evidentemente, se alejan del tecnicismo y virtuosismo de un Human (1991) o Symbolic (1995), pero que también, presentan sus diferencias con respecto al sonido que haría representativo al Death Metal. Y es que al tratarse de demos grabadas a mitad de los años 80’, el estilo compositivo se asemeja más al de un thrash extremo, que se asemeja a un Bestial Devastation (1986) de Sepultura o un In The Sign Of Evil (1984) de Sodom. Con riffs rápidos, voces rasposas y estribillos directos al palo. Nada rebuscado ni ambicioso. Solo música que documenta los comienzos de un género.
Y es que eso pretende Left To Die con este lanzamiento. Registrar de forma oficial y con un sonido más prolijo, un testimonio de época. Un prototipo de Death Metal de la vieja escuela. Con una producción que permite identificar los instrumentos, apreciar las composiciones pero que a su vez, rescata el espíritu juvenil y primigenio de aquellas grabaciones originales. Sin adornos ni retoques. Si no, respetando la forma en la que fueron concebidas.
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Ya metiéndonos de lleno en el contenido, uno puede entender porque ciertos temas no llegaron a figurar dentro de un trabajo de larga duración. No se tratan precisamente de las mejores composiciones e ideas que manejaba Chuck en aquellos años. En términos de ingenio, ninguna resulta precisamente sorprendente o llamativa. Pero eso no quita que haya piezas interesantes con momentos. En especial, al principio, ya que tanto “Legions Of Doom” como “Archangel” resultan ser dos gemas con cierto brillo, que quizás con un poco más de pulido pudieran haber llegado a instancias de bonus track en un Scream Bloody Gore (1987). Pero se ve que a ojos y oídos de Schuldiner, no lo estaban. Aunque resulta innegable que parte del riff de “Legions Of Doom” se recicló y apareció más adelante en forma de “Spiritual Healing”.
“Power Of Darkness”, como su nombre lo indica, es una tormenta de oscuridad y maldad, donde se nota la pluma y aporte de Rick Rozz en los solos, ya que contiene buena parte del ADN compositivo que el guitarrista dejaría patentado en Leprosy (1988).
Por su parte, “Witch Of Hell” no se aleja mucho de lo que sus contemporáneos como Slayer y Sodom hacían, por ejemplo, en “Chemical Warfare” o “Witching Metal” respectivamente. Con ese riff clásico y pegadizo propio del thrash/death.
En buena medida, se tratan de canciones simpáticas, sencillas pero entretenidas, que fluyen como el agua, y se disfrutan en un abrir y cerrar de ojos.
En términos de innovación, uno no va a encontrar nada nuevo en esta regrabación. No al menos algo impactante en pleno 2026. Tampoco en lo compositivo, resulta algo impresionante viendo que se trata de material viejo de Death. Pero no vamos a quitarle el mérito de haber sido parte fundacional en sus inicios. Y haber marcado el camino de un género y estilo, que encontraría su forma definitiva, en los años venideros. Para los amantes de los baúles de los recuerdos, esto es un regalo caído del cielo. O mejor dicho, traído de la misma tumba de la portada.
Etiquetas: Death Metal, Left to Die, Thrash Death


Los ochentas habrán terminado hace más de tres décadas y media, pero el glam metal sigue vivo, no sólo en los recuerdos de quienes vivieron los años de gloria de aquella escena sino también en los músicos que se han visto influenciados por aquellas bandas, sobre todo a partir del revival que tuvo el estilo en los 2000 y que sigue al día de hoy. En las dos últimas décadas muchos de los lanzamientos más celebrados han venido de Escandinavia, particularmente de Suecia con gente como Hardcore Superstar y Crashdïet demostrando que el glam del Sunset Strip sigue vivo incluso a casi 9000 kilómetros. Pero Estados Unidos no va a quedarse atrás en un estilo con un espíritu tan suyo: es así que nos llega Anthems From The Underground, lo nuevo de Kickin’ Valentina.
Incluso estando también a miles de kilómetros del centro de origen de esta onda, viniendo desde la ciudad de Atlanta en el estado de Georgia, este cuarteto arrancó su carrera allá por 2013 dispuesto a comenzar una fiesta donde sea que estuviera tocando, fuera frente a miles de personas o en el bar más sucio que uno se pueda imaginar, de la clase donde los vasos no se suelen lavar entre bebida y bebida y hay un olor raro en todos los muebles. Y con su cuarto álbum, editado por el sello danés Mighty Music (OK sí, volvemos a Europa aunque sea por un detalle), digamos que las cosas no se han movido ni un milímetro en la propuesta de Kickin’ Valentina: misma idea de fiesta, mismo bar.
Es imposible pasar por alto que Anthems From The Underground es un disco profundamente descerebrado, incluso para la clase de banda que supuestamente decidió bautizarse en homenaje a una actriz porno europea que pateaba en los testículos a los tipos en sus videos. Hablamos de la clase de álbum que tiene una canción que dice: “Ella quiere el bang bang boom boom / Que le lamas su cuchara sucia”. Que tiene el tributo más cliché del cliché a “los buenos tiempos cuando el rock’n’roll reinaba”, combinado con unos coros que dicen “uooo OH uooo OH”. Y que está repleto hasta el cuello de riffs tan de manual que tal vez me tomaría quince minutos encontrar copiados nota por nota en muchos otros éxitos glam. Es un disco repetitivo en extremo en su postura de “rock drogas rock nena rock rock rock”, y que en muchos casos podría llegar a ser indistinguible de alguna de las tantas parodias que se han hecho del estilo en los últimos cuarenta años.
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Con esto quiero decir que me encanta. Bueno, “encanta” es un término un tanto fuerte, hasta exagerado. Anthems From The Underground no es un lanzamiento que vaya a estar en algún Top 10/20/50 del año, y lo de “repetitivo” no es un simple relleno en el texto. Sumado a ello, Kickin’ Valentina no es la clase de banda que lleve bien en alto ningún estandarte, ni que uno pueda en serio calificar como “la voz de una generación” ni esos términos que muchos críticos se sacan de lo más profundo de donde no les da el sol. Pero yo no le voy a estar pidiendo peras al olmo y la tarea de andar buscando “música seria” se la dejo a otra gente, porque lo mismo podría decir de un montón de discos que me gustan en estos días y de estilos más “respetados”. Lo de Kickin’ Valentina es la fiesta, y no mucho más.
¿Qué? ¿Eso es todo lo que se necesita? Y bueno, el glam metal mismo no es un estilo que requiera mucho más que unos riffs divertidos, unos solos entretenidos, una actitud chabacana, y no tenerle miedo al spray para el pelo y los pantalones apretados hasta que corten la circulación. Ah, y las canciones, eso no debe falta y ciertamente hay de sobra en Anthems From The Underground: las guitarras llenas de energía yendo a toda velocidad en “Dance of Destruction”, la atmósfera de callejón sucio de zona roja de “Silver Moon”, la bailable y motoquera “Rock’n’roll Casualty”, y toda la onda rock star que plaga cada milímetro del álbum. Siguiendo con la premisa de la final “Just Like a Movie”, todo esto es como la sangre falsa y los efectos de carne despedazada en una película de Lucio Fulci: mientras entretenga de principio a fin, no pido más. Y el cuarto de Kickin’ Valentina es ciertamente entretenido durante sus 38 minutos de rock sin descanso: muchas de las estrellas más grandes del Sunset Strip se habrán pasado las siguientes décadas fallando al momento de adaptarse fuera a las corrientes musicales o directamente a todo cambio de los tiempos, pero no es difícil encontrarse bandas actuales tomando ese sonido y dándonos una razón para sacar los pantalones de cuero y la bandana del placard.
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Hablar de Behemoth es hacerlo de una de las bandas más reconocibles y consolidadas del metal extremo contemporáneo. Con I, Scvlptor, los polacos presentan un EP de unos 40 minutos que reúne ocho piezas, aunque únicamente la mitad corresponde a material nuevo. El resto lo completan revisiones, grabaciones en directo y dos versiones que sirven para ampliar el contenido de una edición que, pese a su formato, tiene suficiente material para resultar interesante. Además, personalmente me parece un lanzamiento más acertado que The Shit ov God, un video y canción que me generó cierta sensación de cringe en algunos momentos.
El EP arranca con “I, Scvlptor”, un tema que ya conocíamos como adelanto y que funciona especialmente bien por su combinación de oscuridad, tensión y contundencia. “Lord ov the Horizons” cambia el registro con un desarrollo más pausado, voces limpias y unos acordes que van creando espacio antes de que los riffs y las voces más agresivas entren en escena. Behemoth no necesita acelerar constantemente para mantener la intensidad y aquí demuestra que también sabe trabajar el peso desde el medio tiempo. “Begotten”, descartada durante las sesiones de su anterior álbum, recupera una atmósfera inquietante que termina explotando en riffs más violentos y agresivos.
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A partir de aquí, I, Scvlptor mira también hacia diferentes etapas de la carrera de Behemoth. “Rise of the Blackstorm of Evil” recupera una composición de 1993, mientras que “In Thy Pandemaeternvm” nos lleva directamente a la época de Pandemonic Incantations, uno de los trabajos fundamentales de la formación. El tramo final apuesta por las versiones: “In League with Satan” revisa a Venom con la participación de Shagrath de Dimmu Borgir, mientras que “The Return of Darkness and Evil” recupera a Bathory en una interpretación en directo junto a Sakis Tolis de Rotting Christ.
El carácter de lanzamiento complementario hace que I, Scvlptor no pueda medirse exactamente con un álbum de estudio convencional, pero sí permite encontrar diferentes caras de Behemoth en un mismo recorrido. Entre material reciente, composiciones recuperadas, directos y homenajes a algunas de las bandas que forman parte del ADN de los polacos, el EP ofrece bastante más variedad que una simple colección de extras.



El pasado 4 de septiembre salió a la luz uno de los álbumes más esperados por los fans del metal moderno. 156/Silence volvía a la carga tras su exitoso People Watching publicado en 2024.
Nos encontramos con un álbum que ha llevado a la banda a un punto de experimentación que si bien es cierto puede no ser del gusto de todo el mundo, es una clara declaración de intenciones: hacemos lo que queremos y cuando queremos.
Liderados por Jack a la voz, los norteamericanos han mezclado elementos del Mathcore de sus orígenes, el Metalcore más moderno que tenemos a día de hoy y muchos elementos ambientales que nos hacen recordar a bandas como Deftones y/o similares. Una mezcla perfecta entre la brutalidad, la belleza de la voz melódica de Jack y una sensación de incomodidad/miedo durante todo el álbum.
“Control Arms” marca la pauta de todo el disco introduciéndonos lentamente en un ambiente oscuro parecido al de series como “Twin Peaks” y que construye poco a poco hasta desembocar en unos versos cargados de rabia y unos guturales que nos dan la bienvenida al mundo de 156/Silence.
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“No Arms, “Order & Entropy” y “Swept From Under” (Call Of The Void) reflejan a la perfección las intenciones de la banda con este disco. Momentos de agobio por todas partes, pasajes más melódicos con unas ambientales de 10 y gritos desgarradores que remarcan las emociones reflejadas en las letras de dichas canciones.
“An Early Exit” la podemos considerar un punto para tomar un respiro y disfrutar de otra de las facetas de esta banda. Una balada cargada de emoción y con un Jack demostrando porqué es uno de los vocalistas más versátiles de la escena.
El álbum sigue con dos de las tres colaboraciones que ha hecho la banda. “Collateral” (con Crippling Alcoholism) nos lleva a la parte más oscura de la banda con una brutal contundencia, unas voces de lo más oscuras y elementos ambientales que, una vez más, generan esa sensación de agobio/miedo. “Cannon Fodder” (con Mike Hranica de The Devil Wears Prada) sigue un formato un poco más “estándar” . En este caso nos encontramos con una dinámica similar a anteriores temas pero con este componente emocional extra que aporta una voz desgarrada como la de Mike.
“From A Distance” (con Alex Reade de Make Them Suffer) no solo da nombre al album sino que se ha convertido en mi canción favorita de toda la publicación. Una balada que arranca con una preciosa melodía de piano y que nos habla de la conexión humana a pesar de una posible separación física o mental y con, una vez más, un ambiente que eriza la piel.
En resumen, un álbum que se sitúa entre mis candidatos a lo mejor del año y que nos hace ver que no todo el metal moderno suena igual. Seguimos teniendo bandas que apuestan por innovar sin llegar a perder su esencia y que han llegado para quedarse.


De los fríos bosques canadienses nos llega Apocalypse, el segundo o tercer álbum de estudio de Crown Lands, según como se mire. Y es que todo en este grupo es peculiar: hermosamente peculiar.
Porque Crown Lands es una auténtica rareza, una pequeña joya musical atrapada en el tiempo, que recuerda fuertemente al rock progresivo de los 70, siguiendo de cerca la estela de Rush y Led Zeppelin. ¿Quién decía que ya no se hace música como la de antes?
Pero esta banda va a por el más difícil todavía: hacerlo a dúo. Sus integrantes son Cody Bowles, quien se encarga de las voces, la percusión y distintos tipos de vientos; y su compañero Kevin Comeau, encargado de cuerdas y teclados con su icónica guitarra de doble mástil (para recordarnos más a Rush), bajo, Mellotron, Minimoog y otros sintetizadores. Las grabaciones son impecables y los directos son muy interesantes también: la pareja puede sacarlos adelante con soltura, aunque en ocasiones se apoyan en otros músicos por razones obvias.
Son dos artistas tremendamente interesantes, capaces de revolucionar el género abrazando sus orígenes retro. El sonido es marcadamente espiritual y evocador. Existe además una reivindicación por los pueblos originarios del norte de América, desde el propio nombre de la banda (significa “tierras de la corona”, en memoria de cómo la corona británica se apropió de los territorios indígenas de lo que hoy es Canadá a través de tratados injustos y expoliación) al uso de algunos instrumentos tradicionales. Bowles es a su vez de ascendencia aborigen (Mi’kmaw) y no binario (Two-Spirit), mientras que Comeau es de origen judío y también sufrió exclusión por ello en su infancia. La mera existencia de la banda es un manifiesto vivo y sereno por los derechos civiles.
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En concreto, Apocalypse, se trata de un trabajo virtuoso, evocador, pausado y por momentos experimental, dentro del rock progresivo. Es uno de sus trabajos más maduros y cohesionados. Llama la atención su estructura tipo “vinilo clásico”: Con una “Cara A” con 6 temas de duración media, accesibles, rememorando al mejor hard rock (como los grupos ya citados, junto a ideas que recuerdan a Pink Floyd, King Crimson, Queen o Thin Lizzy). Tras esto, la “Cara B” nos ofrece una colosal suite de 19 minutos, titulada “Apocalypse” y que a su vez le da nombre al disco. Este tema podría fácilmente configurar su propio EP, pues sintetiza todo su universo sonoro, resultando un viaje psicotrópico y progresivo, que nos deja con sensación de paz espiritual.
No puedo pasar sin destacar el tema “Through the Looking Glass”, quizás mi favorito por su sonoridad e imaginación, que introduce de lleno en el lore de la banda. El videoclip nos traslada al planeta Karagon, 1016 años antes del alzamiento del Sindicato. El vídeo es sencillo, distópico, me recuerda a un Mad Max en la nieve. No se trata de una fantasía desatada, pero es capaz de sacarnos por un momento de la realidad.
La narrativa del disco se encuadra en el mismo universo que el anterior, Fearless (2023), con letras metafóricas que incluyen fantasía épica, ciencia ficción y algunos tintes sociopolíticos, sobre la caída de imperios, el colapso de estructuras de poder opresivas, la avaricia, las grandes batallas, el duelo y la posibilidad de que tras la destrucción surja algo nuevo. Es posible arañar algunas de las preocupaciones propias de los músicos como la crisis medioambiental y el dolor histórico de la colonización, siempre desde la alegoría.
Crown Lands se consagra con este disco como una banda imprescindible, tanto para los nostálgicos como para los auténticos amantes de ese hard rock progresivo, experimental, con agudos imposibles y voces de estilo Geddy Lee / Robert Plant, que ha demostrado seguir vivo en estos convulsos nuevos años 20.


Tras tres años desde su último lanzamiento, los rockeros australianos Airbourne vuelven con quinto trabajo de estudio, el cual es homónimo y donde los muchachos vuelven a demostrar que en la simpleza, está su grandeza como banda dentro de la escena actual.
Para empezar un aviso, que creo, a estas alturas del partido, no es muy necesario, pero por las dudas os lo dejo, Airbourne no inventan nada nuevo en este trabajo, la fórmula que les dio el éxito y les ha permitido compartir escenario con pesos pesados como Judas Priest, Guns ‘N’ Roses e incluso los mismísimos Iron Maiden, es la que siguen manteniendo en estas 12 nuevas canciones, cargadas de energía, potencia, sonido rockero y mucha actitud.
Y que mejor arranque que el corte que da título al disco, con el freno de mano echado, para sin perder muchos segundos, las guitarras comenzar a encender una mecha que se mantendrá bien arriba a lo largo de todo el álbum.
La voz de Joel O’Keeffe vuelve a rugir como siempre y aunque no hay mucha diferencia entre este corte y varios de sus grandes singles, lo cierto es que este puede añadirse a la bolsa, con derecho propio y una buena cerveza en la mano.
Mejor aún es el binomio entre “Alive After Death (Last Plane Out)”, con un titulo curioso que podría hacer referencia tanto a Maiden (con un guiño a su disco en directo Live After Death 85′) como a Lynyrd Skynyrd, ya que es de sobra conocida la trágica historia de la banda emblema del rock sureño, que sufrió un accidente de avión en 1977, cortando (por entonces) la carrera de la banda de la peor forma posible, pero igual, ambas pueden ser simples teorías.
Lo que es una realidad es que este es un cañonazo de hard rock and roll, con unas muy buenas guitarras entre Joel y David Roads, aparte de un “Groove” muy efectivo que seguro sonará de muerte en directo.
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Mientras que en “Here She Comes”, la banda se mancha un poquito más las manos y juega con las melodías de guitarra, pero sin caer en la estructura prototípica en la cual se sienten cómodos y que tan bien les ha funcionado en 20 años de trayectoria.
Creo que podrían seguir indagando por este lado y podrían salir cosas muy interesantes de cara al futuro más próximo de los australianos.
Cuando se ponen juguetones, la banda dispara con “Kid in a Candy Store” y seguro que hay más de alguna seguidora que bailará este tema en la época de los festivales del 2027, con el ombligo al aire luciendo un piercing, los tatuajes y la ropa ajustada, robándose más de un suspiro.
“Sky High”, sería otro gran ejemplo de como Airbourne le imprimen rudeza y músculo a sus temas, cuando estos los requieren, poniendo la nota cañera al disco, siempre con honestidad e identidad propia.
Eso si, no esperéis que aquí haya innovación o una ruptura estilística, porque no son Airbourne la banda para ello, ni nosotros buscamos eso de ellos a la hora de enfrentarnos a un disco que lleve su firma, pero si que dentro del estilo que hacen, les exigimos que mantengan el nivel de sus trabajos previos, algo que aquí se vuelve a conseguir sin duda alguna.
Y justo cuando llegamos al ecuador, la banda comienza el lado más dubitativo del disco, combinando “Bogotá” o “Last Man Standing”, como cartas bien jugadas con patinazos irregulares como “Christmas Bonus”, donde se evidencia que los temas de relleno, a veces es mejor revisarlos y ahorrarlos, antes de sumarlos a un disco y quitarle puntos al resultado final.
Así que, si muchachos, Airbourne siguen rockeando duro, con actitud y macarrismo, pero sin querer evolucionar del todo y saber redondear un disco completo, siendo esto el principal handicap del álbum.
Ahora bien, la espera ha merecido la pena y la balanza vuelve a inclinarse en favor de la banda australiana, evidenciando que su calidad y mano para escribir buenas canciones de rock and roll, siguen intactas.


Contra (casi) todo pronóstico, la carrera de los norteamericanos Motionless In White se encuentra en su mejor momento y es que los de Scranton han experimentado a lo largo de esta década un crecimiento a nivel de popularidad impensado hace más de tres lustros cuando empezaron en la escena y hoy se ven capaces de agotar más de 12 mil entradas en Madrid, colmando la capacidad del Palacio Vistalegre, uno de los recintos emblema de la capital de España, quién lo diría verdad?
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Por eso a la hora de enfrentarme a Decades, su séptimo trabajo de estudio, tenía la duda de si seguirían por la línea cómoda de sus tres trabajos previos o si habría algo de evolución en el sonido de la banda, como para justificar semejante “Hype” alrededor suyo.
Y lo que puedo decir tras varias escuchas al disco, es que ni tanto ni tan poco, la banda sigue sonando excelente, con un Chris que quizás esté en uno los mejores momentos a nivel vocal que se le recuerda y un Ricky Horror que demuestra porque es de los músicos más destacados y a la vez infravalorados de su generación…Pero si somos justos, no terminan de redondear lo que uno se podría esperar de ellos a estas alturas de la película.
El disco comienza de manera correcta y hasta ahí con el corte que le da título, un tema que no aporta absolutamente nada ni al álbum ni al catálogo de MIW, pero que sin embargo se ve mejorado con el cañonazo “Log In//Crash Out”, mucho más cerca de su disco anterior pero con una buena estructura y unos coros infantiles, que suman originalidad a la pieza.
Las cosas mejoran aún más con el inquietante dueto junto a Skylar Grey en “R.I.P”, donde las voces encajan de perlas y a pesar de no ser un corte súper pesado, gana muchos enteros a nivel de intensidad y no sería raro ver este tema de fondo en alguna película de terror así como cuando este otoño vaya por la calle, sintiendo el frío en el cuerpo y solo viendo las hojas caer de los árboles.
Creo que aquí si, la banda ha sabido plasmar de manera (casi) perfecta las ideas que tenía para la pieza y les aplaudimos por ello.
El disco vuelve a coger vuelo y lo hace con “Fight Like Hell”, donde es más que obvia la influencia de bandas como Korn y Chris nos deleita con una gran interpretación vocal, medio teatral pero combinando melodía y agresividad a partes iguales, para luego sorprendernos del todo con unos fraseados rapeados que van a dejar descolocado a más de un despistado.
Y bueno, si en la anterior había influencias del nu metal, que decir de “Playing God”, donde el guiño a Slipknot, concretamente al himno “Eyeless”, es impagable y más aún cuando Corey Taylor entra para hacer un dueto vocal tremendo junto a Chris, creando una de las mejores canciones de MIW hasta la fecha.
La parte más alternativa la podemos encontrar en temas como “All That I’ve Ever Known”, con esas partes medio electrónicas que podrían haber estado firmadas por bandas como Linkin Park, en la época clasica y que sorprende hacia la mitad con un “Break” medio dubstep, que podrían haber firmado tanto Electric Callboy como Pendulum y Skrillex.
Más cañera aún es “Blood Rave”, pero con una pausa donde la voz limpia de Chris hará las delicias de los que disfrutamos de estos sonidos más modernos y electrónicos, con Anthony Martínez aportando lo suyo en las voces y obteniendo como resultado una auténtica bomba de relojería que puede sonar aún mejor en directo.
Por el contrario “Afraid of the Dark”, sería un híbrido entre el metalcore más pesado de sus inicios, con un doble bombo arrollador y unas guitarras que te transportan al Ozzfest o al Warped 2007 sin escalas y que se complementan con un puente glorioso y moderno, acompañado de un estribillo que bien merece ser cantando por miles de personas el próximo año en los festivales donde se presenten.
Así que si, Motionless in White vuelven a demostrar que su fórmula aún tiene muchos cartuchos para quemar, con un disco sólido, moderno, cañero y que presenta ciertos destellos que suman a la evolución de una banda, que a diferencia de otras, ha sabido como crecer, madurar y no perder calidad en el intento, a estas alturas, esto es mucho decir.


Los alemanes Future Palace publicaron el pasado 31 de Julio su álbum más reciente “Resurgence”. Material que acaba de perfilar el sonido que venían consiguiendo con “Run” (2024) pero que han llevado un paso más allá.
En esta ocasión, podemos disfrutar de una Maria Lessing en una variedad de registros de los que teníamos constancia pero no con esta contundencia. Se nota una gran mejoría sobretodo en el apartado gutural. Musicalmente, la banda ha apostado por mantener su esencia post-hardcore mezclada con pop pero aportando. Podemos notar una notable mejoría en cuanto a letras se refiere también, buscando jugar más con la poesía y las metáforas en lugar de tirar de clásicos clichés dentro del género.
Como canciones más destacadas encontramos:
“Resurge”: La canción homónima al álbum. Un tema nos habla sobre tocar fondo, resurgir de las cenizas y que define a la banda a la perfección con esa mezcla de estrofas más pesadas y esos guturales de María y un estribillo memorable.
“Deep Blue”: para mi, el tema más completo del álbum y que encontramos como primera canción del mismo. Una vez más, mezclando elementos del metal, del pop y de la música electrónica a partes iguales con María a un nivel estelar haciendo gala de la mejoría que comentamos más arriba
“Thorns”: una canción que “huye” un poco de la típica estructura estrofa/estrofa/estribillo que encontramos a lo largo de todo el disco. Encontramos un tema que empieza de manera tranquila y va construyendo el camino hacia un estribillo memorable.
En resumen, un álbum que no inventa la rueda pero si asenta a los alemanes como uno de los referentes del Metal Moderno y eleva un par de escalones a María. Muy agradable de escuchar y con un dinamismo que te hace fluir entre varias emociones durante toda la escucha.


Después de varios años construyendo una nueva identidad sonora y dejando atrás el Thrash Metal que marcó sus primeros trabajos, los italianos Ultra-Violence regresan con All My Life. El grupo ya había iniciado este cambio con el EP Beyond en 2021, apostando desde entonces por un sonido más cercano al metal moderno y al metalcore.
El EP comienza con “All My Life”, tema que da nombre al lanzamiento y que sirve para presentar las principales armas actuales de Ultra-Violence: melodías accesibles, riffs contundentes y una producción moderna. Le sigue “No One’s Listening”, junto a Wake Up Hate, una colaboración que mantiene la intensidad y refuerza esa nueva dirección musical que los italianos llevan explorando durante los últimos años.
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En la parte central encontramos “Nightmares”, acompañado por The Machine Universe, antes de llegar a “Through The Static”, donde participa Thorn In Side y la banda endurece ligeramente su propuesta con un sonido más pesado. Las cinco canciones funcionan como una muestra de la evolución que Ultra-Violence ha desarrollado desde su anterior etapa.
El cierre llega con “Good Enough”, junto a los estadounidenses Villain of the Story, completando un EP breve y directo en el que las colaboraciones tienen un peso importante. All My Life reúne canciones que la banda fue publicando de forma individual durante los últimos años y las presenta ahora bajo un mismo lanzamiento, consolidando definitivamente su distancia respecto al Thrash Metal de sus primeros discos.


Tras foguearse en la escena danesa con una agenda de conciertos en vivo que fue puliendo su presencia en el escenario, Solipsy entrega su primer álbum de larga duración con la ambición de quien ya no quiere sonar prometedor, sino definitivo. En los próximos días de septiembre, la banda estará realizando conciertos de presentación y ahí podremos ver en vivo lo que se plasma en el álbum.
El disco se estructura en apenas cinco canciones, pero ahí está la primera declaración de intenciones: nada de temas de tres minutos y estribillo fácil. Cada corte se mueve entre los cinco y los diez minutos, un formato que exige paciencia tanto a la banda como al oyente, y que Solipsy aprovecha para desplegar composiciones de largo aliento en lugar de simples canciones. Es una apuesta arriesgada para un debut, pero funciona precisamente porque el grupo no rellena esos minutos: los usa para construir, tensar y finalmente liberar.
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Musicalmente, Dissolution combina riffs pesados y contundentes con pasajes marcadamente melódicos, un contraste que ya era seña de identidad de Solipsy en sus primeros lanzamientos y que aquí se lleva a su máxima expresión. Los growls y los grandes estribillos se van turnando el protagonismo de Magnus, generando una dinámica de tensión y desahogo que evita que las canciones, pese a su duración, se sientan estáticas. Hay algo de la crudeza del death metal más tradicional, pero también líneas de guitarra con un aroma melódico que recuerda a ciertas corrientes del black metal moderno, con mucho blast beat y estructuras complejas de progressive metal, todo ello sostenido por una producción que le da al conjunto un empaque sólido sin restarle aspereza.
Pero si algo distingue a Dissolution no es solo su arquitectura sonora, sino su vocación de fondo. Las letras son densas, trabajadas, y rehúyen la anécdota fácil: el disco se plantea como un ejercicio introspectivo que, sin embargo, no se queda en lo personal. Late en él una lectura crítica de lo social, un señalamiento hacia dinámicas heredadas: ansiedad, pertenencia, el peso de lo que se arrastra generacionalmente, que convierten al álbum en algo más que un ejercicio técnico.
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Solipsy no canta sobre monstruos ni ficciones: apunta hacia dentro y, desde ahí, hacia fuera, hacia las estructuras que moldean al individuo. Es un disco que quiere decir algo, y ese es quizás su mayor logro: la ambición conceptual está a la altura de la ambición musical.
El resultado es un debut serio, exigente y con personalidad propia dentro de una escena danesa de metal moderno que últimamente no deja de dar sorpresas. Dissolution no busca la inmediatez ni el golpe de efecto fácil; busca sostener una idea musical a lo largo de cinco piezas que se sienten más como capítulos de un mismo relato que como canciones sueltas. Es un disco que pide ser escuchado de principio a fin, sin atajos, tal como está construido.
Con este primer disco largo (aunque tenga cinco canciones), Solipsy deja claro que no llegó para hacer ruido de paso, sino para quedarse. Si el resto de su carrera mantiene esta ambición, Dissolution bien podría recordarse como el punto de partida de algo mayor.


Tranquilos. No se agarren la cabeza. Ni entren en pánico. Porque sé que más de uno lo habrá hecho al ver la portada. O al haber escuchado la noticia. Y que seguro se imaginaron lo peor. ¿Left To Die sacando un disco? ¿Un álbum nuevo? ¿En medio del 2026? ¿Pero si no se trataba de un grupo homenaje a la memoria y legado de Chuck Schuldiner y el material de su primera etapa en Death?
Pues sí. Y justamente la respuesta a por qué vemos el nombre de esta agrupación en la sección de reseñas, se debe a que tanto Rick Rozz como Terry Butler decidieron llevar este tributo directamente hacia los cimientos, Hacia las ruinas perdidas y olvidadas en el tiempo. Y rescatar de la mismísima tumba aquellas composiciones de Chuck que nunca llegaron a aparecer en un material discográfico oficial. Es decir, aquellas demos que se editaron bajo el nombre de Mantas y aquellas en las que participo el mismo Rozz entre 1984 y 1986.
De esta manera, en pleno 2026 y por medio de Relapse Records, sale a la luz este conjunto de regrabaciones que reúne piezas y temas de la primera era de Death titulado Initium Mortis, una obra que apenas llega a los 27 minutos de duración. Pero que contiene años de historia y una parte sustancial del origen del death metal.
Y acá podemos empezar a afirmar lo acertada que fue la decisión de seleccionar estas canciones que no tienen ni de cerca, el mismo impacto musical que tuvo todo lo que grabó Schuldiner del Scream Bloody Gore (1987) en adelante. Ya que muchas, se tratan de composiciones pocas conocidas o directamente, desconocidas por parte del público general.
De este modo, Initium Mortis se comprende de 10 tracks que nos muestra y actualiza con una producción más pulida y profesional, cómo fueron los inicios de Death. Con piezas que evidentemente, se alejan del tecnicismo y virtuosismo de un Human (1991) o Symbolic (1995), pero que también, presentan sus diferencias con respecto al sonido que haría representativo al Death Metal. Y es que al tratarse de demos grabadas a mitad de los años 80’, el estilo compositivo se asemeja más al de un thrash extremo, que se asemeja a un Bestial Devastation (1986) de Sepultura o un In The Sign Of Evil (1984) de Sodom. Con riffs rápidos, voces rasposas y estribillos directos al palo. Nada rebuscado ni ambicioso. Solo música que documenta los comienzos de un género.
Y es que eso pretende Left To Die con este lanzamiento. Registrar de forma oficial y con un sonido más prolijo, un testimonio de época. Un prototipo de Death Metal de la vieja escuela. Con una producción que permite identificar los instrumentos, apreciar las composiciones pero que a su vez, rescata el espíritu juvenil y primigenio de aquellas grabaciones originales. Sin adornos ni retoques. Si no, respetando la forma en la que fueron concebidas.
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Ya metiéndonos de lleno en el contenido, uno puede entender porque ciertos temas no llegaron a figurar dentro de un trabajo de larga duración. No se tratan precisamente de las mejores composiciones e ideas que manejaba Chuck en aquellos años. En términos de ingenio, ninguna resulta precisamente sorprendente o llamativa. Pero eso no quita que haya piezas interesantes con momentos. En especial, al principio, ya que tanto “Legions Of Doom” como “Archangel” resultan ser dos gemas con cierto brillo, que quizás con un poco más de pulido pudieran haber llegado a instancias de bonus track en un Scream Bloody Gore (1987). Pero se ve que a ojos y oídos de Schuldiner, no lo estaban. Aunque resulta innegable que parte del riff de “Legions Of Doom” se recicló y apareció más adelante en forma de “Spiritual Healing”.
“Power Of Darkness”, como su nombre lo indica, es una tormenta de oscuridad y maldad, donde se nota la pluma y aporte de Rick Rozz en los solos, ya que contiene buena parte del ADN compositivo que el guitarrista dejaría patentado en Leprosy (1988).
Por su parte, “Witch Of Hell” no se aleja mucho de lo que sus contemporáneos como Slayer y Sodom hacían, por ejemplo, en “Chemical Warfare” o “Witching Metal” respectivamente. Con ese riff clásico y pegadizo propio del thrash/death.
En buena medida, se tratan de canciones simpáticas, sencillas pero entretenidas, que fluyen como el agua, y se disfrutan en un abrir y cerrar de ojos.
En términos de innovación, uno no va a encontrar nada nuevo en esta regrabación. No al menos algo impactante en pleno 2026. Tampoco en lo compositivo, resulta algo impresionante viendo que se trata de material viejo de Death. Pero no vamos a quitarle el mérito de haber sido parte fundacional en sus inicios. Y haber marcado el camino de un género y estilo, que encontraría su forma definitiva, en los años venideros. Para los amantes de los baúles de los recuerdos, esto es un regalo caído del cielo. O mejor dicho, traído de la misma tumba de la portada.
Etiquetas: Death Metal, Left to Die, Thrash Death


Los ochentas habrán terminado hace más de tres décadas y media, pero el glam metal sigue vivo, no sólo en los recuerdos de quienes vivieron los años de gloria de aquella escena sino también en los músicos que se han visto influenciados por aquellas bandas, sobre todo a partir del revival que tuvo el estilo en los 2000 y que sigue al día de hoy. En las dos últimas décadas muchos de los lanzamientos más celebrados han venido de Escandinavia, particularmente de Suecia con gente como Hardcore Superstar y Crashdïet demostrando que el glam del Sunset Strip sigue vivo incluso a casi 9000 kilómetros. Pero Estados Unidos no va a quedarse atrás en un estilo con un espíritu tan suyo: es así que nos llega Anthems From The Underground, lo nuevo de Kickin’ Valentina.
Incluso estando también a miles de kilómetros del centro de origen de esta onda, viniendo desde la ciudad de Atlanta en el estado de Georgia, este cuarteto arrancó su carrera allá por 2013 dispuesto a comenzar una fiesta donde sea que estuviera tocando, fuera frente a miles de personas o en el bar más sucio que uno se pueda imaginar, de la clase donde los vasos no se suelen lavar entre bebida y bebida y hay un olor raro en todos los muebles. Y con su cuarto álbum, editado por el sello danés Mighty Music (OK sí, volvemos a Europa aunque sea por un detalle), digamos que las cosas no se han movido ni un milímetro en la propuesta de Kickin’ Valentina: misma idea de fiesta, mismo bar.
Es imposible pasar por alto que Anthems From The Underground es un disco profundamente descerebrado, incluso para la clase de banda que supuestamente decidió bautizarse en homenaje a una actriz porno europea que pateaba en los testículos a los tipos en sus videos. Hablamos de la clase de álbum que tiene una canción que dice: “Ella quiere el bang bang boom boom / Que le lamas su cuchara sucia”. Que tiene el tributo más cliché del cliché a “los buenos tiempos cuando el rock’n’roll reinaba”, combinado con unos coros que dicen “uooo OH uooo OH”. Y que está repleto hasta el cuello de riffs tan de manual que tal vez me tomaría quince minutos encontrar copiados nota por nota en muchos otros éxitos glam. Es un disco repetitivo en extremo en su postura de “rock drogas rock nena rock rock rock”, y que en muchos casos podría llegar a ser indistinguible de alguna de las tantas parodias que se han hecho del estilo en los últimos cuarenta años.
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Con esto quiero decir que me encanta. Bueno, “encanta” es un término un tanto fuerte, hasta exagerado. Anthems From The Underground no es un lanzamiento que vaya a estar en algún Top 10/20/50 del año, y lo de “repetitivo” no es un simple relleno en el texto. Sumado a ello, Kickin’ Valentina no es la clase de banda que lleve bien en alto ningún estandarte, ni que uno pueda en serio calificar como “la voz de una generación” ni esos términos que muchos críticos se sacan de lo más profundo de donde no les da el sol. Pero yo no le voy a estar pidiendo peras al olmo y la tarea de andar buscando “música seria” se la dejo a otra gente, porque lo mismo podría decir de un montón de discos que me gustan en estos días y de estilos más “respetados”. Lo de Kickin’ Valentina es la fiesta, y no mucho más.
¿Qué? ¿Eso es todo lo que se necesita? Y bueno, el glam metal mismo no es un estilo que requiera mucho más que unos riffs divertidos, unos solos entretenidos, una actitud chabacana, y no tenerle miedo al spray para el pelo y los pantalones apretados hasta que corten la circulación. Ah, y las canciones, eso no debe falta y ciertamente hay de sobra en Anthems From The Underground: las guitarras llenas de energía yendo a toda velocidad en “Dance of Destruction”, la atmósfera de callejón sucio de zona roja de “Silver Moon”, la bailable y motoquera “Rock’n’roll Casualty”, y toda la onda rock star que plaga cada milímetro del álbum. Siguiendo con la premisa de la final “Just Like a Movie”, todo esto es como la sangre falsa y los efectos de carne despedazada en una película de Lucio Fulci: mientras entretenga de principio a fin, no pido más. Y el cuarto de Kickin’ Valentina es ciertamente entretenido durante sus 38 minutos de rock sin descanso: muchas de las estrellas más grandes del Sunset Strip se habrán pasado las siguientes décadas fallando al momento de adaptarse fuera a las corrientes musicales o directamente a todo cambio de los tiempos, pero no es difícil encontrarse bandas actuales tomando ese sonido y dándonos una razón para sacar los pantalones de cuero y la bandana del placard.
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Hablar de Behemoth es hacerlo de una de las bandas más reconocibles y consolidadas del metal extremo contemporáneo. Con I, Scvlptor, los polacos presentan un EP de unos 40 minutos que reúne ocho piezas, aunque únicamente la mitad corresponde a material nuevo. El resto lo completan revisiones, grabaciones en directo y dos versiones que sirven para ampliar el contenido de una edición que, pese a su formato, tiene suficiente material para resultar interesante. Además, personalmente me parece un lanzamiento más acertado que The Shit ov God, un video y canción que me generó cierta sensación de cringe en algunos momentos.
El EP arranca con “I, Scvlptor”, un tema que ya conocíamos como adelanto y que funciona especialmente bien por su combinación de oscuridad, tensión y contundencia. “Lord ov the Horizons” cambia el registro con un desarrollo más pausado, voces limpias y unos acordes que van creando espacio antes de que los riffs y las voces más agresivas entren en escena. Behemoth no necesita acelerar constantemente para mantener la intensidad y aquí demuestra que también sabe trabajar el peso desde el medio tiempo. “Begotten”, descartada durante las sesiones de su anterior álbum, recupera una atmósfera inquietante que termina explotando en riffs más violentos y agresivos.
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A partir de aquí, I, Scvlptor mira también hacia diferentes etapas de la carrera de Behemoth. “Rise of the Blackstorm of Evil” recupera una composición de 1993, mientras que “In Thy Pandemaeternvm” nos lleva directamente a la época de Pandemonic Incantations, uno de los trabajos fundamentales de la formación. El tramo final apuesta por las versiones: “In League with Satan” revisa a Venom con la participación de Shagrath de Dimmu Borgir, mientras que “The Return of Darkness and Evil” recupera a Bathory en una interpretación en directo junto a Sakis Tolis de Rotting Christ.
El carácter de lanzamiento complementario hace que I, Scvlptor no pueda medirse exactamente con un álbum de estudio convencional, pero sí permite encontrar diferentes caras de Behemoth en un mismo recorrido. Entre material reciente, composiciones recuperadas, directos y homenajes a algunas de las bandas que forman parte del ADN de los polacos, el EP ofrece bastante más variedad que una simple colección de extras.



