


Hay noches en las que Barcelona deja de parecer Barcelona. Al acercarme a la sala, la ciudad parecía transformarse en algo más cercano a un callejón industrial de París o al Berlín gris de los años ochenta que al Mediterráneo luminoso de siempre. El aire estaba cargado de esa electricidad que solo se siente cuando algo importante está a punto de ocurrir dentro de una escena. Antes de entrar comenzaron los inevitables reencuentros: los habituales del Undead Club, chaquetas de cuero curtidas por demasiadas noches, viejos punks, góticos veteranos, algún skinhead y jóvenes curiosos que querían comprobar si las historias eran ciertas. Entre la multitud también aparecieron las auténticas criaturas de la noche: vampiresas de terciopelo negro y maquillaje pálido junto a lords nocturnos de abrigo largo y elegancia decadente. No eran disfraces, sino parte real de la fauna nocturna barcelonesa, guardianes silenciosos de una estética que se resiste a desaparecer. Durante unos minutos, la entrada de la sala pareció una pequeña corte de la oscuridad, una reunión de tribus unidas por la misma liturgia musical. Aquella noche en la ciudad había una expectativa particular entre los presentes para ver el ritual.
Cuando Malefixio apareció entre las sombras quedó claro que su papel iba mucho más allá del de simple telonero. En esta ocasión la banda se presentó en formato de trío, con Pau Malefixio a la voz, Jordi al bajo y Xavi a la guitarra, prescindiendo de batería en directo y apoyándose en bases programadas que reforzaban el carácter mecánico y ritual de su sonido. Lejos de restar intensidad, esta configuración aportó una atmósfera más fría e hipnótica que encajó perfectamente con la estética oscura del grupo. Desde los primeros compases de “La montaña de Qaf”, el bajo de Jordi marcó el pulso magnético que actúa como columna vertebral de la música siniestra, mientras las guitarras de Xavi dibujaban líneas afiladas heredadas del post-punk más gélido. Sobre esa base rítmica programada, la voz profunda y ceremoniosa de Pau Malefixio condujo al público a través de un paisaje sonoro cargado de misticismo y simbolismo.
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La intensidad fue creciendo con temas como “Demonio-Aves” y “Chak chak”, donde la combinación entre las bases rítmicas y el bajo hipnótico generó una cadencia casi ritual que envolvió rápidamente a la sala. En “Éter” y “Todos somos uno”, el concierto adquirió un carácter casi litúrgico, con atmósferas densas y pasajes que parecían suspender el tiempo dentro de la Wolf. Uno de los momentos más celebrados llegó con “Estoy dentro”, su sencillo más reciente, que confirmó el excelente momento creativo que atraviesa la banda y evidenció que buena parte del público ya conocía y coreaba sus pasajes más sombríos. El repertorio —que también incluyó “Futuros olvidados”, “La sombra”, “La maldad” y “Ritval”— funcionó como un recorrido coherente por el universo sonoro que Malefixio viene desarrollando desde su álbum Culto a lo Invisible, considerado ya una de las piezas clave del deathrock español contemporáneo.
Cuando el set llegó a su tramo final, con “La sombra” y “La maldad”, la sensación era clara: Malefixio no solo había cumplido con su papel de apertura, sino que había logrado convertir su actuación en uno de los momentos más intensos de la noche. Con una puesta en escena sobria, una estética impecablemente oscura y un sonido compacto que combinó bases electrónicas con la crudeza del bajo y la guitarra, el trío reafirmó su posición como uno de los proyectos más sólidos de la escena siniestra barcelonesa actual. Aquella noche, antes incluso de que Frustration pisara el escenario, ya habían abierto la puerta al abismo.
Cuando las luces se apagaron, la sala se contrajo como si alguien hubiera apretado el aire con las manos. Hubo ese silencio breve, expectante, que apenas dura unos segundos pero que parece suspender el tiempo. Entonces Marc Collin se sentó detrás de la batería y bastó el primer golpe para entender que aquello iba a ser serio. No es fácil explicar lo que hace Collin: no se limita a marcar el ritmo, construye una maquinaria. Su batería funciona como un engranaje preciso, casi industrial, empujando el sonido hacia adelante con una frialdad milimétrica que recuerda tanto al pulso hipnótico del motorik alemán como a la disciplina mecánica que alguna vez definió a Neu! o a la elegancia robótica de Kraftwerk. Arrancaron con “Path of Extinction” y “State of Alert”, y en cuestión de segundos la sala quedó atrapada dentro de ese universo tenso y eléctrico donde cada nota parece diseñada para tensar los nervios. En esa arquitectura sonora también flotaba una sombra familiar: la herencia emocional y sombría de Joy Division, esa forma de convertir la repetición en trance y la oscuridad en belleza.
La guitarra de Markus de Cosson entraba como un bisturí oxidado: riffs afilados, secos, sin adornos innecesarios. No había postureo ni exhibición; había ataque. Cada rasgueo parecía tallado en acero frío, dejando espacio para que el resto del mecanismo respirara y avanzara con una precisión casi obsesiva. Debajo de todo, sosteniendo la arquitectura del ruido, estaba el bajo de Pat G, profundo y contundente, de esos que no solo se escuchan sino que se sienten directamente en el pecho, vibrando contra el esternón como una segunda pulsación del corazón.
En medio de esa tormenta estaba Fabrice Gilbert, que no es simplemente un cantante: es un detonador humano. Gilbert no interpreta las canciones, las escupe. Camina por el escenario como si estuviera midiendo el territorio, clavando la mirada en la primera fila con una intensidad que obliga a devolverla. No hay poses teatrales ni gestos estudiados: hay electricidad. Durante “It’s Gonna Be the Same” y la abrasiva “Pepper Spray” el concierto dejó de ser un simple directo para convertirse en lo que muchos habían venido a buscar: una tormenta eléctrica en estado puro. A mi alrededor, las vampiresas de la noche se movían lentamente al ritmo del bajo, como si aquel sonido fuera la banda sonora de un baile oscuro que lleva décadas repitiéndose en sótanos y clubes clandestinos, mientras los lords nocturnos asentían con una sonrisa apenas visible, reconociendo en Frustration la autenticidad que solo las bandas verdaderas poseen.
Y entonces estaban los teclados de Fred Kaporal, que en un grupo menor podrían ser un simple relleno atmosférico, pero aquí funcionan como el clima entero del paisaje sonoro. Sus sintetizadores eran el viento frío que atraviesa las ciudades muertas que aparecen en las letras de Frustration. En “Le grand soir” y en la frenética “When Does a Banknote Start to Burn”, los teclados creaban esa capa de cold wave elegante y brutal que convierte el sonido de la banda en algo hipnótico. No es nostalgia de los ochenta: es la prueba de que ese espíritu sigue vivo.
El bloque central del concierto fue directamente un descenso al trance. “Excess” y “Catching Your Eye” mantuvieron a la sala flotando dentro de un motor rítmico constante, mientras “Consumes” y “Riptide” recordaban por qué Frustration es uno de los pilares del post-punk europeo contemporáneo. Miré alrededor y vi algo que no ocurre en cualquier concierto: veteranos de la noche barcelonesa cantando con la misma intensidad que alguien que acaba de descubrir el género. Las vampiresas levantaban los brazos como si invocaran algo antiguo, y los lords nocturnos golpeaban el suelo con sus botas al ritmo de la batería.
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Hubo un pequeño respiro con “The Drawback”, que cayó sobre la sala como una sombra elegante, seguido por la sensualidad oscura de “Your Body”, uno de esos temas donde la tensión se vuelve casi física. Durante unos segundos parecía que el concierto bajaba la intensidad… pero era solo una pausa antes de la embestida final.
La banda desapareció del escenario entre aplausos que ya sabían a encore inevitable. Cuando volvieron, lo hicieron con esa calma que solo tienen los grupos que saben exactamente lo que van a provocar. Y lo que vino después fue pura demolición.
“Dreams, Laws, Rights and Duties” cayó como un martillo. “Too Many Questions” devolvió el protagonismo absoluto a la batería de Collin, que volvió a demostrar por qué su forma de tocar es una lección de disciplina y violencia controlada. Para entonces la sala estaba completamente entregada.
El cierre tenía que ser “Blind”, y lo fue. Un himno final, seco y contundente, una descarga eléctrica que cayó sobre la sala como el último latigazo de la noche. Cuando terminó, el público quedó exhausto, sudoroso, con ese sabor metálico del ADN post-punk más auténtico todavía pegado al paladar, como si el eco de las guitarras y la batería siguiera vibrando en el pecho. Durante unos segundos nadie parecía dispuesto a romper el hechizo. Luego llegaron los aplausos largos, sinceros, de esos que no se dan por inercia sino por gratitud.
Pero la historia no terminó con el último acorde. Cuando las luces volvieron lentamente a su brillo habitual y la sala empezó a vaciarse, Pat G y Fabrice Gilbert reaparecieron cerca del puesto de merchandising. Allí, sin distancia ni ceremonias, se mezclaron con la gente: firmando vinilos, posando para fotos improvisadas y vendiendo camisetas de la banda mientras intercambiaban algunas palabras con quienes todavía flotábamos en la resaca eléctrica del concierto. Fue un gesto sencillo, casi doméstico, pero profundamente coherente con el espíritu del underground: ninguna barrera entre escenario y público, solo músicos y cómplices compartiendo el mismo ritual nocturno. Muchos abandonaron la sala con un vinilo bajo el brazo, una camiseta recién comprada y la sensación de haber participado en algo más que un simple concierto: una pequeña comunión eléctrica entre banda y audiencia.
Aquella noche fue, en cierto modo, un pequeño ritual oscuro para la escena de la ciudad, una confirmación de que el underground sigue vivo, respirando en sótanos, clubes y salas pequeñas. Y mientras existan bandas con ese corazón helado y esa electricidad en las venas, la llama del post-punk seguirá ardiendo en la oscuridad.



Hay noches en las que Barcelona deja de parecer Barcelona. Al acercarme a la sala, la ciudad parecía transformarse en algo más cercano a un callejón industrial de París o al Berlín gris de los años ochenta que al Mediterráneo luminoso de siempre. El aire estaba cargado de esa electricidad que solo se siente cuando algo importante está a punto de ocurrir dentro de una escena. Antes de entrar comenzaron los inevitables reencuentros: los habituales del Undead Club, chaquetas de cuero curtidas por demasiadas noches, viejos punks, góticos veteranos, algún skinhead y jóvenes curiosos que querían comprobar si las historias eran ciertas. Entre la multitud también aparecieron las auténticas criaturas de la noche: vampiresas de terciopelo negro y maquillaje pálido junto a lords nocturnos de abrigo largo y elegancia decadente. No eran disfraces, sino parte real de la fauna nocturna barcelonesa, guardianes silenciosos de una estética que se resiste a desaparecer. Durante unos minutos, la entrada de la sala pareció una pequeña corte de la oscuridad, una reunión de tribus unidas por la misma liturgia musical. Aquella noche en la ciudad había una expectativa particular entre los presentes para ver el ritual.
Cuando Malefixio apareció entre las sombras quedó claro que su papel iba mucho más allá del de simple telonero. En esta ocasión la banda se presentó en formato de trío, con Pau Malefixio a la voz, Jordi al bajo y Xavi a la guitarra, prescindiendo de batería en directo y apoyándose en bases programadas que reforzaban el carácter mecánico y ritual de su sonido. Lejos de restar intensidad, esta configuración aportó una atmósfera más fría e hipnótica que encajó perfectamente con la estética oscura del grupo. Desde los primeros compases de “La montaña de Qaf”, el bajo de Jordi marcó el pulso magnético que actúa como columna vertebral de la música siniestra, mientras las guitarras de Xavi dibujaban líneas afiladas heredadas del post-punk más gélido. Sobre esa base rítmica programada, la voz profunda y ceremoniosa de Pau Malefixio condujo al público a través de un paisaje sonoro cargado de misticismo y simbolismo.
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La intensidad fue creciendo con temas como “Demonio-Aves” y “Chak chak”, donde la combinación entre las bases rítmicas y el bajo hipnótico generó una cadencia casi ritual que envolvió rápidamente a la sala. En “Éter” y “Todos somos uno”, el concierto adquirió un carácter casi litúrgico, con atmósferas densas y pasajes que parecían suspender el tiempo dentro de la Wolf. Uno de los momentos más celebrados llegó con “Estoy dentro”, su sencillo más reciente, que confirmó el excelente momento creativo que atraviesa la banda y evidenció que buena parte del público ya conocía y coreaba sus pasajes más sombríos. El repertorio —que también incluyó “Futuros olvidados”, “La sombra”, “La maldad” y “Ritval”— funcionó como un recorrido coherente por el universo sonoro que Malefixio viene desarrollando desde su álbum Culto a lo Invisible, considerado ya una de las piezas clave del deathrock español contemporáneo.
Cuando el set llegó a su tramo final, con “La sombra” y “La maldad”, la sensación era clara: Malefixio no solo había cumplido con su papel de apertura, sino que había logrado convertir su actuación en uno de los momentos más intensos de la noche. Con una puesta en escena sobria, una estética impecablemente oscura y un sonido compacto que combinó bases electrónicas con la crudeza del bajo y la guitarra, el trío reafirmó su posición como uno de los proyectos más sólidos de la escena siniestra barcelonesa actual. Aquella noche, antes incluso de que Frustration pisara el escenario, ya habían abierto la puerta al abismo.
Cuando las luces se apagaron, la sala se contrajo como si alguien hubiera apretado el aire con las manos. Hubo ese silencio breve, expectante, que apenas dura unos segundos pero que parece suspender el tiempo. Entonces Marc Collin se sentó detrás de la batería y bastó el primer golpe para entender que aquello iba a ser serio. No es fácil explicar lo que hace Collin: no se limita a marcar el ritmo, construye una maquinaria. Su batería funciona como un engranaje preciso, casi industrial, empujando el sonido hacia adelante con una frialdad milimétrica que recuerda tanto al pulso hipnótico del motorik alemán como a la disciplina mecánica que alguna vez definió a Neu! o a la elegancia robótica de Kraftwerk. Arrancaron con “Path of Extinction” y “State of Alert”, y en cuestión de segundos la sala quedó atrapada dentro de ese universo tenso y eléctrico donde cada nota parece diseñada para tensar los nervios. En esa arquitectura sonora también flotaba una sombra familiar: la herencia emocional y sombría de Joy Division, esa forma de convertir la repetición en trance y la oscuridad en belleza.
La guitarra de Markus de Cosson entraba como un bisturí oxidado: riffs afilados, secos, sin adornos innecesarios. No había postureo ni exhibición; había ataque. Cada rasgueo parecía tallado en acero frío, dejando espacio para que el resto del mecanismo respirara y avanzara con una precisión casi obsesiva. Debajo de todo, sosteniendo la arquitectura del ruido, estaba el bajo de Pat G, profundo y contundente, de esos que no solo se escuchan sino que se sienten directamente en el pecho, vibrando contra el esternón como una segunda pulsación del corazón.
En medio de esa tormenta estaba Fabrice Gilbert, que no es simplemente un cantante: es un detonador humano. Gilbert no interpreta las canciones, las escupe. Camina por el escenario como si estuviera midiendo el territorio, clavando la mirada en la primera fila con una intensidad que obliga a devolverla. No hay poses teatrales ni gestos estudiados: hay electricidad. Durante “It’s Gonna Be the Same” y la abrasiva “Pepper Spray” el concierto dejó de ser un simple directo para convertirse en lo que muchos habían venido a buscar: una tormenta eléctrica en estado puro. A mi alrededor, las vampiresas de la noche se movían lentamente al ritmo del bajo, como si aquel sonido fuera la banda sonora de un baile oscuro que lleva décadas repitiéndose en sótanos y clubes clandestinos, mientras los lords nocturnos asentían con una sonrisa apenas visible, reconociendo en Frustration la autenticidad que solo las bandas verdaderas poseen.
Y entonces estaban los teclados de Fred Kaporal, que en un grupo menor podrían ser un simple relleno atmosférico, pero aquí funcionan como el clima entero del paisaje sonoro. Sus sintetizadores eran el viento frío que atraviesa las ciudades muertas que aparecen en las letras de Frustration. En “Le grand soir” y en la frenética “When Does a Banknote Start to Burn”, los teclados creaban esa capa de cold wave elegante y brutal que convierte el sonido de la banda en algo hipnótico. No es nostalgia de los ochenta: es la prueba de que ese espíritu sigue vivo.
El bloque central del concierto fue directamente un descenso al trance. “Excess” y “Catching Your Eye” mantuvieron a la sala flotando dentro de un motor rítmico constante, mientras “Consumes” y “Riptide” recordaban por qué Frustration es uno de los pilares del post-punk europeo contemporáneo. Miré alrededor y vi algo que no ocurre en cualquier concierto: veteranos de la noche barcelonesa cantando con la misma intensidad que alguien que acaba de descubrir el género. Las vampiresas levantaban los brazos como si invocaran algo antiguo, y los lords nocturnos golpeaban el suelo con sus botas al ritmo de la batería.
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Hubo un pequeño respiro con “The Drawback”, que cayó sobre la sala como una sombra elegante, seguido por la sensualidad oscura de “Your Body”, uno de esos temas donde la tensión se vuelve casi física. Durante unos segundos parecía que el concierto bajaba la intensidad… pero era solo una pausa antes de la embestida final.
La banda desapareció del escenario entre aplausos que ya sabían a encore inevitable. Cuando volvieron, lo hicieron con esa calma que solo tienen los grupos que saben exactamente lo que van a provocar. Y lo que vino después fue pura demolición.
“Dreams, Laws, Rights and Duties” cayó como un martillo. “Too Many Questions” devolvió el protagonismo absoluto a la batería de Collin, que volvió a demostrar por qué su forma de tocar es una lección de disciplina y violencia controlada. Para entonces la sala estaba completamente entregada.
El cierre tenía que ser “Blind”, y lo fue. Un himno final, seco y contundente, una descarga eléctrica que cayó sobre la sala como el último latigazo de la noche. Cuando terminó, el público quedó exhausto, sudoroso, con ese sabor metálico del ADN post-punk más auténtico todavía pegado al paladar, como si el eco de las guitarras y la batería siguiera vibrando en el pecho. Durante unos segundos nadie parecía dispuesto a romper el hechizo. Luego llegaron los aplausos largos, sinceros, de esos que no se dan por inercia sino por gratitud.
Pero la historia no terminó con el último acorde. Cuando las luces volvieron lentamente a su brillo habitual y la sala empezó a vaciarse, Pat G y Fabrice Gilbert reaparecieron cerca del puesto de merchandising. Allí, sin distancia ni ceremonias, se mezclaron con la gente: firmando vinilos, posando para fotos improvisadas y vendiendo camisetas de la banda mientras intercambiaban algunas palabras con quienes todavía flotábamos en la resaca eléctrica del concierto. Fue un gesto sencillo, casi doméstico, pero profundamente coherente con el espíritu del underground: ninguna barrera entre escenario y público, solo músicos y cómplices compartiendo el mismo ritual nocturno. Muchos abandonaron la sala con un vinilo bajo el brazo, una camiseta recién comprada y la sensación de haber participado en algo más que un simple concierto: una pequeña comunión eléctrica entre banda y audiencia.
Aquella noche fue, en cierto modo, un pequeño ritual oscuro para la escena de la ciudad, una confirmación de que el underground sigue vivo, respirando en sótanos, clubes y salas pequeñas. Y mientras existan bandas con ese corazón helado y esa electricidad en las venas, la llama del post-punk seguirá ardiendo en la oscuridad.













