


La vuelta de Booze & Glory a la península no era nostalgia de bar barato ni un ejercicio de memoria para veteranos. Era una cita con la calle. Una reafirmación. El recordatorio de que el Oi! sigue latiendo fuerte, con los dientes apretados y la mirada al frente. Y si hay alguien liderando esa embestida en pleno siglo XXI, son ellos.
La noche arrancó sin rodeos, ALL CRÜ con puntualidad quirúrgica y ambiente cargado de electricidad. Nada de artificios: cerveza en mano, chaquetas Harrington y ganas de guerra. fueron los primeros en saltar al ruedo, y lo hicieron como se hacen las cosas en serio: sin pedir permiso.
Lo suyo fue un impacto frontal. Punk directo, sin maquillaje, con mala leche y nervio. “Malparits” abrió la veda y convirtió la sala en un hervidero en cuestión de segundos. Cuerpos chocando, sudor prematuro y una sensación clara: esto iba en serio.
“Mort o Glòria” mantuvo la presión sin aflojar, y “L’Odi” terminó de encender la mecha con una descarga de rabia sin filtrar.
El punto de inflexión llegó con “Community Goebbels”, donde la crítica afilada se clavó en la sala como un cuchillo oxidado. Ahí el mensaje dejó de ser música para convertirse en declaración.
En la recta final, “Per tornar-se boig” desató el caos absoluto: pogos descontrolados, empujones, gritos y pura catarsis colectiva. El cierre con “Un Dels Nostres” fue un himno coreado como si fuera un juramento de pertenencia. Crudo, honesto, necesario.
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Sin tiempo para respirar, 13 Bats tomaron el escenario y elevaron la temperatura a otro nivel. Lo suyo es una anomalía bendita: punk, rock & roll y psychobilly mezclados en una coctelera que huele a gasolina y serie B. La sala se transformó en un escenario oscuro y vibrante, donde cada nota parecía sacada de un garito de carretera. Dani Bats lideraba la formación con autoridad salvaje, domando su contrabajo con un slap que marcaba el pulso como un latido desbocado.
A su lado, Diego Serrano aportaba guitarras afiladas y coros con actitud, mientras que José Luis Badalt sostenía la maquinaria con una batería precisa y contundente.
Con “Abre los ojos” y “Skeleton Girl” encendieron los primeros pogos y se desató el caos seguidos por la intensidad de “Tragic Night”, pero el momento clave llegó cuando Dani decidió romper cualquier barrera: se lanzó al público con el contrabajo.
El instrumento navegó sobre las cabeza sen éxtasis, mientras sonaban trallazos como “El Diablo en Persona” y “Once a Punk”. Tras la furiosa descarga de “Virus 187” y “Cecil”, la banda no bajo el ritmo del show gracias a “Thug Life” y “Good Fellas”.
La recta final fue un delirio absoluto pasando por cortes como la frenética “The Man with the Toilet Made of Gold”, un guiño al heavy metal con el cover de “Run to the Hills” y ya encarando el cierre con una declaración de intenciones combinando el espíritu combativo de Eskorbuto en “Ratas de Vizcaya” con el estruendoso final en “Feel the Noise”.
Fue un instante de caos perfectamente orgánico, de esos que define el rock de carretera en su estado más puro.
Con la sala ya convertida en un hervidero de sudor, llegó el turno de Booze & Glory. Sin introducciones grandilocuentes, tomaron posiciones y golpearon primero con “The Day I’m in My Grave”. La reacción fue inmediata: pogo instantáneo y conexión total.
Al frente, Mark ejercía de líder natural, con esa voz rasposa que arrastra historias de calle y resistencia. No hacía falta artificio: bastaba su presencia para unificar a toda la sala.
La banda sonó como un bloque sólido. Kahan dibujaba melodías precisas, Manny aportaba una base rítmica agresiva y eléctrica, Hervé sostenía el conjunto con elegancia firme y Frank marcaba el pulso con una pegada implacable.
El repertorio fue un equilibrio entre clásicos y material reciente. “Days, Months & Years” y “Down and Out” se corearon con intensidad, mientras “Leave the Kids Alone” y “Ticking Bombs” transformaron la sala en un solo grito.
Los momentos de mayor conexión llegaron con “Carry On” y “Swingin’ Hammers”, donde el público y la banda dejaron de ser entidades separadas. Brazos en alto, voces rotas y una sensación compartida de pertenencia.
El clímax llegó con “London Skinhead Crew”. La sala entera cantando al unísono, empujada por luces rojas y blancas, en un instante que trascendía lo musical. Más que un tema, un símbolo.
La recta final mantuvo la intensidad. “Three Points” conectó con la cultura de grada, mientras “The Streets I Call My Own” aportó un respiro cargado de emoción antes del cierre.
“Only Fools Get Caught” puso el punto final a una noche que fue mucho más que un concierto. Fue una reafirmación colectiva.
Booze & Glory no solo demostraron su solidez como banda, sino su capacidad para mantener vivo un mensaje basado en unidad, identidad y rechazo frontal al odio.
El punk, lejos de ser un recuerdo, sigue presente. Y noches como esta lo dejan claro: sigue siendo necesario.



La vuelta de Booze & Glory a la península no era nostalgia de bar barato ni un ejercicio de memoria para veteranos. Era una cita con la calle. Una reafirmación. El recordatorio de que el Oi! sigue latiendo fuerte, con los dientes apretados y la mirada al frente. Y si hay alguien liderando esa embestida en pleno siglo XXI, son ellos.
La noche arrancó sin rodeos, ALL CRÜ con puntualidad quirúrgica y ambiente cargado de electricidad. Nada de artificios: cerveza en mano, chaquetas Harrington y ganas de guerra. fueron los primeros en saltar al ruedo, y lo hicieron como se hacen las cosas en serio: sin pedir permiso.
Lo suyo fue un impacto frontal. Punk directo, sin maquillaje, con mala leche y nervio. “Malparits” abrió la veda y convirtió la sala en un hervidero en cuestión de segundos. Cuerpos chocando, sudor prematuro y una sensación clara: esto iba en serio.
“Mort o Glòria” mantuvo la presión sin aflojar, y “L’Odi” terminó de encender la mecha con una descarga de rabia sin filtrar.
El punto de inflexión llegó con “Community Goebbels”, donde la crítica afilada se clavó en la sala como un cuchillo oxidado. Ahí el mensaje dejó de ser música para convertirse en declaración.
En la recta final, “Per tornar-se boig” desató el caos absoluto: pogos descontrolados, empujones, gritos y pura catarsis colectiva. El cierre con “Un Dels Nostres” fue un himno coreado como si fuera un juramento de pertenencia. Crudo, honesto, necesario.
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Sin tiempo para respirar, 13 Bats tomaron el escenario y elevaron la temperatura a otro nivel. Lo suyo es una anomalía bendita: punk, rock & roll y psychobilly mezclados en una coctelera que huele a gasolina y serie B. La sala se transformó en un escenario oscuro y vibrante, donde cada nota parecía sacada de un garito de carretera. Dani Bats lideraba la formación con autoridad salvaje, domando su contrabajo con un slap que marcaba el pulso como un latido desbocado.
A su lado, Diego Serrano aportaba guitarras afiladas y coros con actitud, mientras que José Luis Badalt sostenía la maquinaria con una batería precisa y contundente.
Con “Abre los ojos” y “Skeleton Girl” encendieron los primeros pogos y se desató el caos seguidos por la intensidad de “Tragic Night”, pero el momento clave llegó cuando Dani decidió romper cualquier barrera: se lanzó al público con el contrabajo.
El instrumento navegó sobre las cabeza sen éxtasis, mientras sonaban trallazos como “El Diablo en Persona” y “Once a Punk”. Tras la furiosa descarga de “Virus 187” y “Cecil”, la banda no bajo el ritmo del show gracias a “Thug Life” y “Good Fellas”.
La recta final fue un delirio absoluto pasando por cortes como la frenética “The Man with the Toilet Made of Gold”, un guiño al heavy metal con el cover de “Run to the Hills” y ya encarando el cierre con una declaración de intenciones combinando el espíritu combativo de Eskorbuto en “Ratas de Vizcaya” con el estruendoso final en “Feel the Noise”.
Fue un instante de caos perfectamente orgánico, de esos que define el rock de carretera en su estado más puro.
Con la sala ya convertida en un hervidero de sudor, llegó el turno de Booze & Glory. Sin introducciones grandilocuentes, tomaron posiciones y golpearon primero con “The Day I’m in My Grave”. La reacción fue inmediata: pogo instantáneo y conexión total.
Al frente, Mark ejercía de líder natural, con esa voz rasposa que arrastra historias de calle y resistencia. No hacía falta artificio: bastaba su presencia para unificar a toda la sala.
La banda sonó como un bloque sólido. Kahan dibujaba melodías precisas, Manny aportaba una base rítmica agresiva y eléctrica, Hervé sostenía el conjunto con elegancia firme y Frank marcaba el pulso con una pegada implacable.
El repertorio fue un equilibrio entre clásicos y material reciente. “Days, Months & Years” y “Down and Out” se corearon con intensidad, mientras “Leave the Kids Alone” y “Ticking Bombs” transformaron la sala en un solo grito.
Los momentos de mayor conexión llegaron con “Carry On” y “Swingin’ Hammers”, donde el público y la banda dejaron de ser entidades separadas. Brazos en alto, voces rotas y una sensación compartida de pertenencia.
El clímax llegó con “London Skinhead Crew”. La sala entera cantando al unísono, empujada por luces rojas y blancas, en un instante que trascendía lo musical. Más que un tema, un símbolo.
La recta final mantuvo la intensidad. “Three Points” conectó con la cultura de grada, mientras “The Streets I Call My Own” aportó un respiro cargado de emoción antes del cierre.
“Only Fools Get Caught” puso el punto final a una noche que fue mucho más que un concierto. Fue una reafirmación colectiva.
Booze & Glory no solo demostraron su solidez como banda, sino su capacidad para mantener vivo un mensaje basado en unidad, identidad y rechazo frontal al odio.
El punk, lejos de ser un recuerdo, sigue presente. Y noches como esta lo dejan claro: sigue siendo necesario.

















